Charlas de
sobremesa
1. Recuerdos autobiográficos
Curriculum vitae
1. Yo, Martín Luther, nací en el año 1483. Mi padre
fue Juan, mi madre Ana y mi patria Mansfeld. Mi padre murió en el año 30 y mi
madre en el 31. En el año 1516 comencé a escribir contra el papa. En el año
1518 el doctor Staupitz me liberó de la obediencia de la orden y me dejó solo
en Augsburg, donde había sido citado para comparecer ante el emperador
Maximiliano y el legado pontificio, que estaba allí por aquel entonces. En el
año 1519 me excomulgó de la iglesia el papa León, lo cual constituyó una
segunda liberación. En el 1521 me proscribió el emperador Carlos, en una
tercera «absolución». Pero el Señor me acogió. El doctor Staupitz me dijo: «Te
exonero de mi obediencia y te encomiendo a Dios».
Costumbres de niños y
bondad de Dios
2. Le resulta muy difícil a uno convencerse de que,
a pesar de ser un gran pecador, Dios le ha concedido su gracia por Cristo.
¡Ay, qué pequeño es el corazón humano al no querer convencerse de esta verdad
ni aceptarla!
En mi juventud me sucedió en cierta ocasión, en
Eisleben, el día del Corpus Christi, cuando ministraba con ornamentos
sacerdotales en la procesión: me asusté de tal forma ante el Santísimo que
portaba el doctor Staupitz, que rompí a sudar, y hasta pensé que iba a fenecer
a causa de la enorme angustia. Después de la procesión me confesé con el
doctor Staupitz, quien, al ver mis lamentos, me respondió: «¡Ay, que vuestras
cuitas no son precisamente de Cristo!». Acepté estas palabras con gozo y me
consolaron sobremanera.
¿No es para dar lástima que seamos tan medrosos y de
tan poca fe? Se nos entrega el propio Cristo con todo lo que es y tiene; nos
ofrece sus bienes eternos y celestes, la gracia, el perdón de los pecados, la
justificación y bienaventuranza eterna; nos llama sus hermanos y coherederos
[Rom 8, 17]. Y, no obstante, nos arredra el peligro, huimos incluso de él, de
forma tal, que casi siempre andamos precisados de su ayuda y de su consuelo.
Se parece esto a lo que me sucedió en un martes de
carnaval en mi pueblo, cuando otro muchacho y yo andábamos cantando a las
puertas de las casas a cambio de salchichas, tal como se acostumbraba hacer. Un
ciudadano quiso gastarnos una broma y nos increpó a gritos: «¿Qué hacéis,
pareja de granujas? Que os suceda esto y lo de más allá». Y vino hacia nosotros
con un par de salchichas que nos quería dar. Mi camarada y yo, asustados por
los gritos, nos escapamos de aquel buen hombre que no deseaba perjudicarnos,
sino hacernos bien. Después nos volvió a llamar y se nos dirigió con bondad
tal, que regresamos y aceptamos las salchichas que nos daba.
Así nos comportamos con Dios, «que no ha perdonado
ni a su propio unigénito, sino que nos le ha entregado como regalo». No
obstante, huimos de él, creyendo que no se trata de nuestro misericordioso
Dios, sino de nuestro juez riguroso.
Primera misa
3. Cuando celebré mi primera misa en Erfurt, al leer
las palabras «Te ofrezco a ti, Dios vivo y verdadero», me asusté tanto, que a
punto estuve de abandonar el altar; y lo hubiera hecho de no haberme retenido
mi preceptor. Y es que pensaba: «¿quién es con el que estás hablando?». Desde
entonces siempre celebré la misa con terror estremecido, y agradezco a Dios que
me haya librado de todo eso .
4. Entró en el convento contra la voluntad de su
padre. Cuando celebró la primera misa preguntó a su padre por la razón de
haberle molestado lo hecho. Su padre le respondió durante la comida: «¿Es que
ignoras la Escritura, que dice "honra a tu padre y a tu madre"?». Se
excusó, y dijo que la tempestad le había llenado de tal pánico, que le obligó a
hacerse fraile. Su padre le repuso: «¿No crees que pudo tratarse de un
fantasma?». Después, el padre sería el autor de la boda.
Angustias del fraile
5. No fui un monje a quien acuciase demasiado la
libídine. Tuve poluciones, pero por necesidades fisiológicas. A las
mujercillas, ni las miraba cuando se estaban confesando. No quería ver la cara
de las penitentes. En Erfurt no oí a ninguna en confesión; en Wittenberg sólo a
tres.
6. Muchas
veces confesé al doctor Staupitz no problemas de mujeres, sino dificultades de
verdad, y él me decía: «No lo entiendo». ¡Bonito consuelo! Lo mismo me sucedía
al acudir a los demás. En resumen, que ningún confesor quería hacerse cargo.
Pensaba entonces: «eres el único que tiene estas tentaciones». Y andaba como si
fuese un cadáver inerte. Hasta que, en vista de mi tristeza y abatimiento, me
comenzó a decir: «¿Por qué estás tan triste, fray Martin?». Le repuse: «¿Y
cómo queréis que esté?». Me contestó: «¿Ignoras que esta tentación te
beneficia, puesto que de otra forma Dios no sacaría nada bueno de vos?». Esto
no lo entendía ni él mismo, porque se imaginaba que yo era un sabio muy expuesto
a la soberbia y a la altanería, de no verme sacudido por estas tentaciones. No
obstante, lo acepté en el sentido paulino: «Se me ha puesto en mi carne un
aguijón» [2 Cor 12, 7]. Por eso lo tomé como palabra y voz del Espíritu santo.
5.Cuando fraile, era también muy piadoso en mis
tiempos papistas; a pesar de todo, me encontraba tan triste y acongojado, que
llegué a pensar que Dios me había retirado su gracia. Decía misa y rezaba; no
veía entonces ni tenía a mujer alguna, cosa natural al ser fraile y pertenecer
a una orden religiosa. Ahora, el diablo me fustiga con otros pensamientos.
Muchas veces me recrimina: «A cuántas personas has seducido con tu doctrina».
En ocasiones hallo consuelo, pero en otras circunstancias cualquier palabra
basta para conturbar mi corazón. Una vez me dijo mi confesor, puesto que
siempre acudía a él con pecados estultos: «Eres un necio; Dios no se enfada
contigo, eres tú quien está enfadado con él; no está enojado contigo, sino tú
con él». Palabras preciosas, grandes, estupendas, que pronunció iluminado por el
evangelio.
Por eso, quien se viere aquejado por el espíritu de
tristeza, que se defienda contra él pensando que no está solo. Porque Dios ha
creado la comunidad de la iglesia, y esta hermandad ruega para que sus miembros
se sostengan unos a otros, como dice la Escritura: «¡Ay de aquel que está solo,
porque si llegare a caer, no habrá quien le ayude» [Ecl 4, 10]. Tampoco le
resulta grata a Dios la tristeza del corazón, aunque la permita en el mundo; ni
desea que me atormente por su causa, puesto que dice: «No quiero la muerte del
pecador, etc.», «alégrense vuestros corazones». No quiere servidores que no
confíen en é] de buena gana. Pues bien, a pesar de que soy consciente de esto,
cien veces al día me veo sacudido por pensamientos contrarios. No obstante,
resisto al diablo [...].
7. A Erasmo no le debo nada; todo lo que tengo se lo
debo al doctor Staupitz. El fue quien me dio la gran oportunidad.
Viaje a Roma
8. El doctor estuvo en Roma en e] año 1510. Dijo a
este propósito: « Fui a Roma por un designio admirable: para que viese la
cabeza de los crímenes y la sede del diablo; porque el diablo ha puesto su
asiento en Roma. En Constantinopla tiene a su bajá, pero el papa es peor que el
turco».
Lutero ante Cayetano
9. Cuando en 1518 tuve que
ir a Augsburg estaba lleno de miedo, ya que me encontraba solo. Estaba citado
para comparecer en Roma, pero el duque Federico acudió a Cayetano con el ruego
de que se me oyese en Augsburg, tal como sucedió.
10. Narraba el doctor
Martín Lutero cómo había acudido a Augsburg en 1518, cómo el propio legado
pontificio había conversado con él y la forma en que se había comportado. En
primer lugar, dijo, acudí allí porque se me había citado y requerido, pero con
una importante custodia y protección del elector, que me había recomendado a
los de Augsburg. Estos andaban siempre pendientes de mí y no dejaban de
advertirme que no entrase en tratos con italianos, que no me fiase de ellos,
porque no sabía yo bien lo que era un italiano.
Tres días enteros pasé en
Augsburg sin salvoconducto del emperador. Durante este tiempo reiteró sus
visitas un italiano (Urbano de Serralonga), que me recomendaba
presenciarme ante el cardenal y empeñado en conseguir mi retractación. «Basta
con que digas "me retracto", para que el cardenal interceda por ti
ante el papa y podrás así regresar con todo el honor a tu príncipe».
Pasados tres días, llegó
el obispo de Trento (Bernhard Cles), y, en nombre del
emperador, mostró al cardenal mi salvoconducto. Me presenté entonces ante el
cardenal humildemente; me arrodillé primero, después cai en tierra y por último
me postré cuan largo era. Después de mandarme el cardenal por tres veces que me
levantase, me incorporé, lo que le plugo sobremanera y le hizo creer en la victoria.
Cuando al día siguiente se dio cuenta de que yo no estaba decidido a
retractarme en nada, me dijo: «¿Por qué crees que el papa se preocupa de
Alemania? ¿Crees que los príncipes llegarían a las armas por tu causa?». «No».
«¿Dónde quieres vivir el resto de tus días?». «Bajo el cielo». Que tanta fue la
altanería del papa. Por eso le es más amargo que la muerte ver menospreciada su
dignidad y majestad, de lo que ya no puede librarse.
Después se
humilló algo el papa, y escribió al elector, a Spalatino y a Pfeffinger,
solicitando que me entregasen y ejecutaran su mandato. Al elector le escribió
en los términos siguientes: «Aunque no te conozca personalmente, vi sin embargo
en Roma a tu padre, el duque Ernesto, que era hijo obedientísimo de la iglesia,
gran devoto de nuestra religión; por eso, desearía que vuestra serenidad
siguiese sus mismos pasos». Pero el elector, que sospechó de esta
desacostumbrada humildad papal y se percibió de las malas intenciones de
asustarle, conoció la fuerza de la sagrada Escritura, porque en muy pocos días
mis Resoluciones corrían ya por toda Europa.
Esto le confirmó en su decisión de no ejecutar aquel mandato y de someterse al
juicio de la sagrada Escritura.
Si el cardenal se hubiese
comportado con más modestia en Augsburg y me hubiera hecho caso cuando me
postré rendido a sus pies, nunca se habría llegado a la situación presente, ya
que por aquel entonces no estaba yo al tanto sino de escasos errores del papa.
De haberlo hecho él, también me hubiera callado yo sin ninguna dificultad. Pero
el estilo de Roma en una causa oscura e inexplicable era el de decir el papa: «Por pontificia autoridad nos reservamos esta causa para su
solución definitiva». Y entonces, ambas partes se veían obligadas al silencio.
Yo creo que el papa estaría dispuesto ahora a entregar tres cardenales con tal
de que las cosas hubieran quedado como entonces se encontraban .
Eck, debelador de
Lutero
11. No nos damos cuenta del beneficio que nos
reporta el tener contrincantes y el que los herejes se enfurezcan y se
enfrenten con nosotros. Si Cerinto hubiera callado, nunca habría escrito Juan
su evangelio; pero como se empeñó en atacar a la divinidad de Cristo, Juan se
vio espoleado a escribir y decir: «En el principio era el Verbo» [Jn 1, 1], e hizo
una distinión clara de las tres personas, como nadie lo hubiera podido
conseguir. De la misma forma, cuando yo comencé a escribir contra las
indulgencias y contra el papa, se enfrentó conmigo el doctor Eck,
que fue el que me despertó y me desperezó. Deseaba yo de corazón que este
hombre se convirtiera y retornara al camino recto. Como se empeñó en seguir
igual, le deseé entonces que llegara a ser papa, puesto que se lo había ganado
bien, ya que hasta la fecha ha sido él solo quien ha tenido que soportar todo
el peso, toda la molestia y el trabajo entero del papado por combatirme (si
bien es cierto que le ha valido la pena, porque tiene él solito unos ingresos
de setecientos florines de la parroquia de Ingolstadt). Pero muy bien podría
ser papa, dado que no cuentan con otro que pueda combatirme. Fue él quien
inspiró mis primeros pensamientos contra el papa, el que me empujó hasta donde
yo nunca hubiera llegado de otra forma. Por eso, cuando los herejes y demás
antagonistas piensan que nos causan grandes perjuicios, en realidad lo que
hacen es servirnos de mucha utilidad.
El profeta y su
conciencia de tal
12. Si al
principio, cuando comencé a escribir, hubiera sabido lo que después experimenté
y vi, y en concreto la oposición y resistencia que se hace a la palabra de
Dios, es seguro que hubiera permanecido en un tranquilo silencio, pues no
habría tenido la osadía de atacar y enojar al papa y a casi todos los demás.
Creía yo entonces que pecaban sólo en fuerza de la ignorancia y de la fragilidad
humanas y que no se atreverían a reprimir deliberadamente a la palabra de Dios.
Pero Dios me ha lanzado, como se lanza un corcel al que se le vendan los ojos
para que no vea hacia dónde galopa. A propósito de esto, dijo el doctor que
raramente acomete una obra buena a sabiendas o con premeditación, sino que
sucede todo dentro del error o de la ignorancia. «Por eso, he sido lanzado a la
enseñanza y la predicación agarrado por los pelos. Si hubiera sabido lo que
ahora sé, ni diez caballos hubieran podido arrastrarme. Que por eso mismo se
quejaban también Moisés y Jeremías de haber sido engañados [...]».
13. Lo primero que tenemos que saber es si nuestra
doctrina, tal como la proclamamos, es la palabra de Dios. Sólo con esta
seguridad podremos tener la firme confianza de que la empresa ha de perdurar,
tiene que perdurar, y que ni el diablo ni el mundo con toda su canalla podrán
echarla por tierra, por más que griten y rabien contra ella. Yo, a Dios
gracias, tengo la convicción de que mi doctrina responde a la palabra divina,
y he arrojado de mi corazón cualquier otra creencia, llámese como se llame. He
vencido casi del todo los pensamientos y tentaciones con los que se acongojaba
mi interior cuando me decía: «¿Es que vas a ser tú el único en detentar la
palabra verdadera? ¿no la poseen también los demás?». De esta forma nos combate
Satanás, se abalanza sobre nosotros, amparándose en el nombre de la iglesia.
Nos echa en cara: «Estás destruyendo lo que hasta ahora ha mantenido la iglesia
como cierto durante tanto tiempo; con tu doctrina estás minando el orden
espiritual y el temporal».
Esta misma argumentación la encuentro esgrimida en
el caso de todos los profetas, cuando los principales del gobierno espiritual
y civil les decían: «El pueblo de Dios somos nosotros, puesto que estamos
dentro del régimen fundado y establecido por Dios. Hay que mantener como
verdadero lo que nosotros, la mayor y más sana parte, decidimos y reconocemos
por tal. ¿Quiénes sois vosotros, puñado de locos, para pretender enseñarnos a
nosotros?». Porque no sólo hay que poseer la palabra de Dios y armarse de ella,
sino que también hay que estar seguros de la doctrina para poder ganar la
batalla. Hay que saber decir: «Tengo la certidumbre de que lo que enseño y creo
es la misma palabra de Dios, majestad suprema del cielo, de que es su voluntad
y la eterna incambiable verdad; todo lo demás, lo que no esté de acuerdo con
esto o a ello se oponga, es una presuntuosa mentira diabólica, es falso, equivocado».
Y esta convicción es la única que capacita para
acometer una empresa, para mantenerse sin desmayo en ella y para poder
proclamar: Los equivocados y los que no tienen razón sois todos vosotros; mi
doctrina es la única recta y la segura verdad de Dios, en ella permaneceré aunque
todo el mundo opine lo contrario. Porque Dios no puede engañar, y yo poseo su
palabra que no ha de fallar y prevalecerá contra todas las puertas del infierno
[Mt 16, 18]. El mismo me alienta al decir: «Yo pondré en tu camino oyentes
que acepten tu enseñanza; déjame a mí este cuidado, que yo velaré por ti. Lo
único que tienes que hacer por tu parte es permanecer asido a mi palabra».
Hay que tener la convicción de que la doctrina es
recta, de que responde a la eterna verdad, y no hacer cuestión de cómo la
aceptarán los demás. Esta certidumbre es la victoria contra el demonio; pero no
conviene discutir con él cuando no se está seguro de la doctrina. Si quieres
ser bienaventurado, tienes que estar tan seguro de la palabra de Dios, que
aunque todos los humanos opinaren de otra forma, incluso aunque todos los
ángeles dijeran lo contrario, tú, sin embargo, puedas mantenerte firme y
proclamar: «Y, no obstante, sé muy bien que esta palabra es la verdadera». Lo
único que anhelo es poseer la palabra de Dios. Me tienen sin cuidado los milagros,
no me preocupan las visiones extraordinarias. Tampoco haría caso a un ángel que
quisiera enseñarme algo que no fuera la palabra de Dios. Yo sólo creo en la
palabra de Dios y en sus obras, porque la palabra de Dios ha resultado verdadera
desde el principio del mundo y a nadie ha defraudado. Bien, pues esto mismo es
lo que estoy experimentando en la realidad, porque todo va sucediendo conforme
a la palabra de Dios.
Lutero, Kethe y su
familia
14. Hablaba el doctor Martín de su compromiso
matrimonial y decía: Si hace trece años me hubiera decidido a casarme, habría
tomado por esposa a Ave Schónfeldin, que ahora lo es del doctor Basilio, médico
en Prusia. No estaba en aquel entonces enamorado de mi Kethe, porque me daba la
sensación de ser orgullosa y engreída. Plugo a Dios que me apiadase de ella, y
gracias a él, la cosa ha salido bien, porque tengo una mujer piadosa y fiel, en
la que puede descansar el corazón del marido, como dice Salomón [Prov 31, 11].
¡Ay, Dios mío querido! Que el matrimonio no es sólo
algo natural, sino un don divino que proporciona la más dulce, grata y honesta
de las vidas, incluso más que el celibato y la soltería, cuando el matrimonio
sale bien; que cuando fracasa, se torna en un infierno. Porque, aunque por lo
general todas las mujeres dominan a la perfección el arte de cazar al marido a
base de lágrimas, mentiras e insistencia, pueden torcerlo con buenas palabras.
Sin embargo, cuando en el estado matrimonial perduran las tres piedras preciosas
de la fidelidad y la fe, el fruto de los hijos y el sacramento que santifica y
diviniza, entonces hay que decir que el matrimonio es un estado bienaventurado.
¡Qué ansiedad tan cordial sentí por mi mujer cuando
en Schmalkalda estuve enfermo y a punto de morir!
Creí que no podría volver a ver aquí abajo a mi esposa ni a mis hijos. ¡Cómo me
atormentaba la idea de tal separación! Ahora me doy cuenta de lo enorme
que es en los moribundos esta afición y este amor naturales del esposo para
con la esposa, de los padres hacia los hijos. Cuando, por la gracia de Dios,
recuperé la salud, se acrecentó aún más el amor a mi mujer y a mis hijos. No
hay nadie tan espiritual que no sienta este amor, esta afición natural e
innata, puesto que es algo estupendo para afianzar la unión y la convivencia
entre marido y mujer .
15. En el primer año de casados se tiene unas
ocurrencias extrañas. Cuando uno está a la mesa, piensa: «Antes estaba solo,
ahora estoy acompañado». En la cama, cuando se está desvelado, ve un par de
trenzas junto a él que antes no veía. Bien, pues en mi primer año de
matrimonio, mientras yo estudiaba, se sentaba a mi vera mi buena Kethe, y como
no sabía de qué hablar, me espetaba: «Señor doctor, ¿es cierto que en Prusia el
mayordomo de la corte es hermano del Margrave?».
16. La doctora: «El señor Felipe recibió mucho
dinero del rey inglés: 500 florines (nosotros sólo 50), del elector 400 y 80
táleros de no sé quién». Repuso el doctor: «Y también gasta muchísimo con los
suyos y con los ajenos; reparte todo el dinero. Además, sería digno de recibir
un reino entero un hombre tan significado y que tantos méritos ha contraído con
el imperio romano y con la iglesia de toda Alemania y de otras regiones»
(WA 4.957).
17.Un inglés, hombre docto, estaba sentado a la
mesa, pero no entendía alemán. Dijo Lutero: «Te propongo a mi mujer como
preceptora de alemán; es muy habladora, y tan dispuesta, que en esto me supera
a mí con mucho. Pero no es la elocuencia loable en las mujeres; mejor sería que
fuesen balbucientes y premiosas».
18. Estaba su mujer dando de mamar a un niño y otra
vez embarazada. Dijo (Lutero): «Es difícil mantener a dos huéspedes, a uno que
está en casa y a otro llamando a la puerta».
19. El doctor Martín Lutero había castigado a su
hijo N. a no comparecer en su presencia en tres días, y no quería concederle su
gracia hasta que el niño no se humillara y lo suplicase. Como su madre, el
doctor Jonás y el doctor Teutenleben intercediesen por él, dijo: «Prefiero un
hijo muerto a uno impertinente. No en vano dijo san Pablo que un obispo ha de
saber presidir dignamente su casa y tener unos hijos bien educados [1 Tim 3,
4]. Nosotros, los predicadores, hemos sido elevados a tan alto rango, que estamos
obligados a dar buen ejemplo a los demás. Nuestros descastados hijos, sin
embargo, molestan a los demás; quieren estos bellacos aprovecharse de nuestros
privilegios. Sí, incluso aunque falten con frecuencia, aunque cometan toda
clase de travesuras sin yo advertirlas, porque no se me denuncian, se me
ocultan, en concordancia con el proverbio vulgar: "somos los últimos en enterarnos
de lo que sucede en nuestras casas; sólo llega a nuestra noticia cuando ha sido
ya divulgado por todas las callejuelas". Por eso hay que castigarlos, no se puede hacer la
vista gorda ni dejarles pasar nada por alto».
20. Lutero: «Me parezco a Abrahán, porque soy el
abuelo de todos los hijos de los frailes, sacerdotes y monjas, que engendraron
con generosidad. Soy el padre de un gran pueblo».
21. Las mujeres se velan, como dijo el apóstol, a
causa de los ángeles [1 Cor 11, 10], y yo tengo que ponerme los pantalones a
causa de las vírgenes.
Ocupaciones
22. Soy un hombre muy ocupado; tengo que desempeñar
cuatro trabajos, cada uno de los cuales necesitaría para su cumplimiento la
dedicación exclusiva de una persona: tengo que predicar en público cuatro veces
por semana, dictar dos veces lecciones, oír las causas, escribir cartas y, además,
escribir libros para el público. No obstante, Dios me ha provisto bien al
darme una mujer excelente que cuida de todos los asuntos familiares, para que
yo no me tenga que ocupar además de este meneste.
2. El predicador
La misión del predicador
23. Decía el doctor Martín Lutero que Dios había
obrado maravillas al encomendarnos a nosotros, pobres pecadores, el quehacer
de predicar su palabra y de dirigir los corazones que no conocemos. Pero es una
misión de Dios, nuestro señor, que nos dice: «Oye, tú tienes que predicar, que
de que fructifique ya me encargaré yo» [1 Cor 3, 6], «yo conozco los corazones
de los hombres». Esto tiene que servirnos de consuelo a los predicadores; deja
que el mundo se ría y ridiculice tu oficio, y ríete tú también.
Se cuenta del emperador Maximiliano que en cierta
ocasión rompió a reír con todas sus ganas. Cuando se le preguntó por el motivo
de reírse tan destempladamente, su cesárea majestad respondió al día
siguiente: «Me río, porque pienso en lo bien que Dios ha provisto sus dos
gobiernos, al encomendar el espiritual a un mierda borracho y clerical, es
decir al papa Julio (II),
y el civil a un cazagamuzas como yo».
El predicador ideal
24. Un buen predicador ha de estar adornado de los
atributos siguientes: 1) que pueda enseñar de forma correcta y ordenada una
materia sutil; 2) que tenga una cabeza muy clara; 3) que sea muy elocuente; 4)
que tenga buena voz; 5) ha de disfrutar de muy buena memoria; 6) que sepa
acabar a tiempo; 7) tiene que dominar la materia y entregarse con diligencia a
su estudio; 8) tiene que arriesgar cuerpo y vida, bienes y honor; 9) que esté
dispuesto a que todo el mundo se ría de él .
25. Dijo el doctor a Cordato: El predicador, que
suba al púlpito, que abra la boca y que se calle; es decir, que sea llamado,
que instruya con dedicación y claridad, y que no canse a los oyentes con exceso
de palabrería.
26. Un predicador es como un carpintero: su
instrumental es la palabra de Dios; y como los sujetos con los que tiene que
trabajar son tan distintos, no debe cantar siempre la misma canción,
impartiendo la enseñanza uniformemente, sino que, a tenor de los oyentes
variados, a ratos tendrá que amenazar, asustar, castigar, increpar, consolar,
expiar, etc. ¡Ay, con qué facilidad se inclina y se dispone uno a enseñar a los
demás, pero no a sí mismo!
27. El
catecismo es la mejor y más completa doctrina. Por eso hay que predicarlo sin
cesar y no olvidarlo, de manera que las predicaciones públicas partan de él
como base y hacia él se dirijan. Me gustaría que diariamente se predicase y se
leyese este sencillo libro. Pero nuestros predicadores y oyentes lo conocen con
tal perfección, se lo han aprendido tan de memoria, que les da vergüenza
ceñirse a esta insignificancia doctrinal, y prefieren lucirse hablando de
materias más sublimes. El noble, los campesinos, dicen: «¡Bah, nuestro párroco
nos toca siempre la misma cantinela! Predica sólo el catecismo, los diez
mandamientos y el credo, el padrenuestro, y habla sobre el bautismo y la cena;
todo esto nos lo sabemos ya al dedillo». Así, los predicadores se fijan en
cosas más subidas, y, guiados por las preferencias de los oyentes, predican
lo que a éstos les agrada, a costa del fundamento y de los cimientos sobre los
que hay que edificar .
28. El doctor Erasmo Alber, al ir a predicar al
Margraviato,
rogó al doctor Martín Lutero le indicase la manera de predicar a los príncipes.
Dijole el doctor: Todos tus sermones tienen que apoyarse en la mayor sencillez;
y no te fijes en los príncipes, sino en los simples, en los necios, en los
toscos e ignorantes, y así alimentarás también a los príncipes. Si en mi
sermón tuviera que fijarme en Felipe o en los otros doctores, obraría muy mal;
pero predico sencillamente a los no instruidos, y esto gusta a todos. Sé
griego, hebreo; pues bien, prescindo de todo eso cuando estamos reunidos los
muy letrados. Y es que a veces rizamos tanto el rizo, que Dios nuestro señor
debe quedarse perplejo allá arriba.
29. Muchas veces, al bajar del púlpito, me he
reprochado a mí mismo: «¡Puf, vaya sermón que te ha salido! En realidad, no lo
habías orientado mal, pero no te has atenido a nada de lo que habías planeado».
E inmediatamente me han alabado este mismo sermón con enorme entusiasmo, como
el mejor, el más hermoso de cuantos en mucho tiempo hubiera predicado. Abajo
ya, he reflexionado y comprobado que en mi sermón no he dicho nada, o muy poco,
de lo que había proyectado decir. De ello he deducido con certeza que muchas
veces se predica algo muy distinto de lo que queremos, porque Dios nuestro
Señor inspira otras cosas. Así que, llegada la ocasión, predíquese de distinta
manera a como se había preparado con antelación. Todo es bueno, con tal de que
se predique sólo lo que concuerda con el credo y está regulado por la sagrada
Escritura .
30. Echaba en cara el doctor Martín Lutero a Mayor su pusilanimidad, y le advertía que no debía fijarse sólo en los doctores y en los muy sabios, sino que debía prestar atención asimismo al hombre corriente, precisado de ser instruido en la verdad. «En el púlpito hay que sacar los pechos y dar de mamar al pueblo sencillo, porque se está criando a diario una iglesia nueva que necesita se le enseñe con toda sencillez la doctrina de los niños. Por este motivo, hay que acudir sin cesar al catecismo y dar de beber leche; las ideas elevadas, sutiles y agudas, el vino fuerte, hay que reservarlo para los sabios»
Los malos
predicadores
31. Decía al doctor Lutero su mujer que había oído predicar en la parroquia a su pariente, Juan Polner (al que esperaba el doctor), y que le había entendido mucho mejor que al doctor Pommer, que se desviaba mucho del tema y mezclaba otros asuntos en sus sermones. A lo que respondió el doctor Lutero: «Pommer predica tal como habláis las mujeres, que decís cuanto se os ocurre». Y añadió: «El doctor Jonás solía decir que no hay que interesarse por todos los mercenarios con los que uno se encuentra. Y es cierto que el doctor Pommer enrola a veces a algunos que le salen al paso. Es insensato el predicador que está convencido de que puede decir cuanto se le ocurra. Un predicador tiene que mantenerse fiel al tema y esforzarse para hacerse entender a la perfección. Esos predicadores que se empeñan en decir cuanto se les viene a la mente, me parece que se comportan igual que las criadas cuando van a la plaza: se encuentran con otra muchacha; pues echan con ella una parrafada o engarzan una conversación; que les encuentra otra criada, pues otra parrafada, y así con la tercera y con la cuarta, que por eso van tan despacio al mercado. Lo mismo exactamente hacen los predicadores que se apartan demasiado del tema y quieren decir todo de una vez. Y esto es lo que no se puede hacer»
El predicador
mundano
32. Lo que se requiere para que
un predicador sea apreciado por el mundo. Seis cualidades han de adornar a un
predicador para ser como la gente le quiere: 1) que tenga muy buena
pronunciación; 2) que sea muy letrado; 3) que sea elocuente; 4) que tenga una
presencia tan agradable, que puedan enamorarse de él las muchachas y las
jovencitas; 5) que no reciba dinero, sino que lo reparta; 6) que hable de temas
gratos de escuchar.
El predicador y la política
33. El predicador no debe meterse en política.
Cristo era el único señor, y, sin embargo, dijo a Pilato: «Tú eres mi señor»
[Jn 19,11].
34. Preguntaron al doctor Martín si un párroco o predicador tenía también potestad para reprender a las autoridades. Respondió: «Sí, por supuesto; porque si todo va conforme al orden establecido por Dios, éste les ha confiado su derecho de castigar el vicio y la injusticia. Por tanto, hay que reprender a los dirigentes civiles si dejan que se avasallen los bienes de los súbditos y permiten se les esquilme con usuras y mal gobierno. Sin embargo, no es conveniente que un predicador se ponga a establecer el orden que se ha de observar, ni a tasar el precio del pan, de la carne, etcétera. Lo que tiene que hacer en público es enseñar que cada uno, según su condición, ha de ajustarse fiel y diligentemente a lo prescrito por Dios: que no robe, no cometa adulterio, que no maltrate ni veje, no engañe a los demás ni se aproveche de ellos, etc.»
3.
Teología de Lutero
Actitud humilde del teólogo
35. Las sagradas letras exigen que el lector sea
humilde, que reverencie y tema la palabra de Dios, y que esté siempre dispuesto
a decir: «Enséñame, enséñame, enséñame». El Espíritu resiste a los soberbios.
Si se ensoberbecen, se verán excluidos de la iglesia de Dios; que no en vano
todo soberbio es hereje, si no de hecho, sí de derecho. Es muy difícil,
por otra parte, que quien esté excepcionalmente dotado se vea libre de la
arrogancia; pero Dios permite que sean probados con rigor quienes han sido
adornados con grandes dones, para que se den cuenta de que no son nada. Pablo
llevó «el aguijón» [2 Cor 12, 7] para contrarrestar la insolencia. Y si Felipe
no fuese afligido como sabemos, saldría sabe Dios por dónde. Temo por Jacob y
por Agrícola, como les dé por ensoberbecerse y por despreciar a sus maestros.
Yo conocía el espíritu de Müntzer, de Zwinglio y de Karlstadt.
La soberbia, que arrojó a los ángeles del cielo, echará a perder al predicador.
Por eso, en el estudio de la teología, lo que cuenta es la humildad.
Dios, bueno y alegre
36. A1 contemplar el doctor Martín los rebaños que
se dirigían a pastar, dijo: «Ahí van nuestros predicadores, nuestros lecheros,
mantequilleros, queseros, laneros, que todos los días nos predican la fe en
Dios, que debemos confiar en él como en un padre que cuida de nosotros y que
quiere alimentarnos».
37. A eso del atardecer, llegaban dos pajarillos que andaban construyendo un nido en el jardín del doctor, pero que no hacían más que revolotear, espantados de cuantos por allí pasaban. Dijo entonces el doctor: «No huyas, querido pajarillo; si pudieras creerme, verías que te deseo todo bien. Así nos comportamos nosotros con Dios nuestro señor, en el que no acabamos de creer y de confiar, a pesar de que nos desee y nos demuestre lo mejor. No nos va a hacer mal alguno quien nos entregó a su propio hijo»
38. La tristeza procede sólo de Satanás: has de
concluir que todo lo que suene a tristeza y a muerte es diabólico. Dios no
entristece, no asusta ni mata. Es Dios de vivos [Mt 22, 32]. Para eso envió a
su Hijo, para que vivamos. Y murió para dominar a la muerte. Por ello, estad
alegres, tened confianza. El mejor fármaco contra las tentaciones espirituales
es la oración y la palabra .
Cristo, el
reconciliador
39. Sé muy bien que no me faltan motivos para
exhortar con tanta vehemencia al conocimiento del Cristo verdadero y auténtico.
No, que no es Cristo una persona que nos exija algo de lo nuestro; es, con
mucha más propiedad, un mediador que reconcilia a los pecadores del mundo
entero con Dios. Por eso, y ya que eres un pecador, como en la realidad lo
somos todos, no te lo imagines como un juez sentado en el arco iris, puesto que
eso te llenará de terror y de desesperación; es mucho mejor que lo imagines
como hay que representarle, es decir, tal como le ves y le conoces: como el
hijo de Dios y de la virgen María. Personificado de esta manera, no puede
asustar a nadie, no martiriza ni tortura, no nos desprecia a nosotros, pobres
pecadores, no nos pide que le rindamos cuenta de nuestra vida, de esta vida que
tan mal hemos llevado; sino que es una persona que ha quitado los pecados del
mundo entero, que ha querido ser crucificado y aniquilado por propia voluntad.
De esta forma es como tienes que irte acostumbrando
a ver a Cristo, a conocer quién y qué es. De mucha utilidad te resultará
aprender el significado de la palabra «nuestros»; es decir, que has de tener la
certidumbre de que Cristo ha quitado no sólo algunos, sino todos los pecados de
todo el mundo. Porque por todo el mundo se ha entregado cierta y
verdaderamente, aunque no todo el mundo lo crea. Por eso, no tienes que
limitarte a reconocer que los tuyos son pecados verdaderos, sino que has de
reconocer también que son pecados tuyos y de nadie más. Quiero decir que tienes
que comprender y creer que Cristo no se ha entregado sólo por los demás
hombres, sino que lo ha hecho también por tus pecados.
A esto me acojo yo sin vacilar, y tú no te desvíes
nunca de esta figura de Cristo, que constituye también el deleite de los
ángeles en el cielo. Porque Cristo, según su retrato vivo, no es un Moisés, un
carcelero o un verdugo; es un mediador que nos reconcilia a nosotros, pobres
pecadores, con Dios; que nos regala su gracia, vida y justificación; que se ha
entregado a sí mismo, no por nuestro mérito, por nuestra santidad o justicia,
ni por nuestra honra o nuestras buenas obras, sino por nuestros pecados. Pues,
aunque Cristo en ocasiones interprete la ley, no es éste su ministerio propio
ni para eso ha sido enviado por el Padre.
40. Dios es incomprensible e invisible; lo que pueda
abarcarse y verse no es Dios. Dicho de otra manera: Dios es visible o
invisible. Es visible en su palabra y en sus obras; no se le puede poseer si faltan
estas dos cosas, porque sólo se deja encontrar allí donde se ha manifestado.
Ellos creen que le han aprehendido en fuerza de sus especulaciones, cuando con ellas lo que
aprehenden es al diablo que se hace pasar por Dios. Quiero advertir a todos que
no es conveniente lanzarse a los altos vuelos de la especulación, y que en este
mundo es mucho mejor arrimarse al pesebre y a los pañales, donde yace la
plenitud de la divinidad en persona, como dice san Pablo a los Colesenses (cap.
2). Ahí sí que no puede engañarnos Dios, ahí se le halla con toda seguridad.
Quisiera que no se olvidase esta norma después de mi muerte.
41. A base de razón es imposible aprehender y
entender lo que es Dios el creador. Por este motivo pensó «esto es inútil; la
razón humana no puede alcanzarme, porque le resulto demasiado grande y elevado.
Voy a hacerme pequeño para que le sea posible llegar a mí; voy a darles a mi
hijo, y que se torne en víctima, en pecado, en maldición, y para que me
obedezca a mí, el padre, hasta la muerte en la cruz». Y esto es lo mismo que
empequeñecerse y hacerse inteligible. Pero ¿dónde encontrar a los que lo crean
y lo acepten? «¿Dónde están los otros nueve?» [Le 17, 17].
42. En otra ocasión, afirmaba el doctor Martín
Lutero que no podía conocer a Dios sino en Cristo, y dijo: « Me quejaba una vez
al doctor Staupitz de lo terriblemente que me atormentaba la predestinación».
Entonces me contestó: «En las llagas de Cristo, y no en otra parte, puede
comprenderse y encontrarse la predestinación, porque está escrito: a él tenéis
que escuchar» [Mt 17, 5]. El Padre está demasiado arriba y por eso pensó:
«Quiero construir un camino por el que se pueda llegar hasta mí. Ese camino es
Cristo; creed en él, estad pendientes de él, y así podréis dar conmigo en el
tiempo oportuno». Pero nosotros no lo cumplimos, y ahí está el motivo de que no
podamos alcanzar ni comprender a Dios. No podemos ni imaginarnos lo que es,
mucho menos lo que piensa. No será comprendido. Quiere ser asequible sólo a
través de Cristo. ¿Deseas saber el motivo de la condenación de tanta gente?
Radica, ni más ni menos, en que no hacen caso de lo que Cristo dice y enseña.
En Cristo es donde debéis dar con lo que soy y con lo que quiero; sólo en él ‑no
en lugar ninguno del cielo o de la tierra‑ lo encontraréis .
El cristiano, pecador y confiado
43. Decía el doctor Martín Lutero al doctor Jonas,
cuando un barbero le estaba cortando el cabello y rasurando la barba en
Eisleben: «El pecado original es igual que la barba del hombre; a pesar de que
se la afeite hoy y quede la cara totalmente lisa, al día siguiente vuelve a
aparecer. Y este crecer del cabello y de la barba no cesa durante toda la vida;
sólo acaba con la tumba. Pues de la misma manera permanece y actúa el pecado
original a lo largo de la existencia humana. Pero hay que combatirle y cortar
esta especie de cabello sin desmayo»
44. Propiamente, la pena del pecado original
consiste en no reconocer a Dios, en no saber nada de él, lo cual es una
maldición. Después, en no conocer a los demás, en no tenerlos en cuenta; es
decir, en hacerles daño, matarlos, asesinarlos. Y, en tercer lugar, en no
conocerse uno a sí mismo, o sea, en estar preocupado sólo por sí mismo, en
buscar el bien propio aunque sea con perjuicio de los demás.
45. A Dios no se le puede comprender; sin embargo,
se le puede percibir. Permite que se le vea y se le sienta en todo, se revela
como un bondadoso hacedor que realiza y nos da todo lo bueno, según vemos
demostrado en el sol y en la luna, con el cielo y la tierra, con los frutos
todos que maduran. El fallo de no reconocer a Dios en esas obras suyas y en los
innumerables beneficios, no hay que imputárselo al creador, como si quisiera
que todo esto nos lo velase; no, el fallo no está en él, sino en nosotros.
Porque la humana naturaleza quedó tan corrompida y envenenada por el pecado
original, que nos resulta imposible darnos cuenta de todo esto, reconocerlo y
comprenderlo.
46. El cristiano ha de ser un hombre alegre.
Aunque tengas que sufrir tantas calamidades como te acosan desde fuera y desde
dentro, del mundo y del demonio, déjalo que pase. Consuélate, acude a Dios y
ten paciencia; el que es tu salvador no permitirá que te quedes sin consuelo ni
ayuda, ni que las tentaciones te venzan y te pierdan. Estas tentaciones nos son
necesarias y buenas, para que la potencia de Dios se realice en nuestra
debilidad. Si los santos patriarcas, los profetas, los apóstoles, fueron tan
pusilánimes, ¿cómo no lo vamos a ser nosotros, pobres, miserables y débiles
gusanillos, ahora, cuando la impiedad se ha apoderado de todo, enfriando la fe
y la caridad y haciendo que desaparezcan casi por completo de la faz de la
tierra? Pues, a pesar de todo, ved de qué forma tan admirable sigue Dios manteniendo
a su iglesia.
47. Dios goza con que comamos, bebamos, estemos alegres y disfrutemos de todas las creaturas, porque para eso las ha creado. No quiere él, contra lo que solemos hacer, que nos quejemos de no habernos provisto suficientemente ni de que no pueda alimentar y saciar nuestros cuerpos corruptibles. Y sólo para que le reconozcamos como Dios nuestro y le agradezcamos sus dones. Después de la comida se habían servido uvas,
nueces, melocotones y otras cosas; al ver las ganas con que todos lo comían,
dijo: ¿qué pensará Dios nuestro señor allá arriba, al contemplar cómo nosotros,
sentados aquí, estamos comiendo sus dones? Pues para eso los ha creado, para
que los aprovechemos. Sólo nos pide a cambio que reconozcamos que estos bienes
son suyos y que los disfrutemos con agradecimiento.
48. Dios quiere que estemos alegres, aborrece la
tristeza; porque si deseara que estuviéramos tristes, no nos regalaría el sol,
la luna y los frutos de la tierra, dones que nos tiende para nuestra alegría;
al contrario, habría hecho todo tenebroso y no permitiría más salidas de sol
ni retornos del verano.
49. El niño pequeño del doctor Martín, que se llama como su padre, tenía un perrito con el que estaba jugando. Al observarlo, dijo su padre: «Este muchacho está predicando la palabra de Dios con sus obras; porque Dios dice: "Dominad sobre los peces del mar y los animales de la tierra" [Gén 1, 26], y el perro aguanta cuanto el niño le hace»
50. Si lo quisiera, Dios podría ser riquísimo.
Bastaría con acercarse al papa, al emperador, a los reyes, príncipes, obispos,
doctores, acaudalados, comerciantes, burgueses y campesinos, y decirles:
«Ahora mismo morirás si no me das cien mil florines», para que todos le contestasen:
«Lo haré con mil amores, con tal de poder seguir con vida». Pero somos unos
puercos tan ingratos, que no le entonamos un «Deo gracias» por tantos y tan
grandes beneficios como a diario recibimos por su pura bondad y misericordia.
¿No es esto vergonzoso? El, padre generoso, no se deja arredrar por esta
actitud, y continúa otorgándonos toda clase de bienes. Más agradecidos le
estaríamos si distribuyese los bienes con más mezquindad. Si permitiera que los
hombres viniesen al mundo con una pierna o un pie, y a los siete años les diese
la otra pierna, a los catorce los adornase con una mano y a los veinte con la
otra, entonces reconoceríamos mucho mejor los beneficios y los dones divinos,
los agradeceríamos más, los valoraríamos más, al habernos visto privados de
ellos durante ese transcurso de tiempo. Ahora bien, Dios sigue colmándonos de
beneficios y nos los otorga casi todos de golpe.
En estos tiempos nos ha regalado el mar rebosante de
su palabra; nos permite conocer varios idiomas, por doquier florecen las artes,
y hoy día en cualquier sitio se compran libros excelentes por una nonada. Nos
facilita, además, hombres instruidos que pueden impartir la enseñanza tan recta
y ordenadamente, que cualquier muchacho que no sea un perfecto majadero está
capacitado para en un año estudiar y aprender lo que antes costaba tanto. El
arte resulta ahora tan barato, que debe costar poco más que el pan. Y nosotros
¡tan indolentes, tan desatentos, negligentes e ingratos! Que cierre Dios un
poquito su mano suave y su misericordia, nos dé con menos abundancia y con más
cicatería, que enseguida comenzaremos a mimar y adorar a las hordas herejes de
los anabaptistas, a las sectas, a los falsos predicadores, a los que se burlan
de Dios, pues con tanto descaro menospreciamos hoy día su palabra y a sus
servidores .
4. La sagrada Escritura
Libro abierto a los sencillos
51. Ruego y exhorto con lealtad a todos los
cristianos que no se apuren, que no se escandalicen por las palabras e
historias tan simples que se contienen en la Biblia, ni desconfíen de ella por
este motivo. Aunque a nuestro modo de ver se trata siempre de algo necio y
simple, sin embargo ahí está palpitante la pura palabra, la obra, historia y
relación de la majestad, poder y sabiduría del Dios altísimo. Porque es éste un
libro que entontece a los sabios y cuerdos, y sólo se deja comprender por los
sencillos y mentecatos, como dice Jesucristo en Mateo [11, 25]. Por lo tanto,
prescinde de tu petulancia y de tu engreimiento, y considera a este libro como el
más sublime de todos, el más noble reconfortante, como el más rico, insondable
e inagotable de los filones. Dentro de él podrás encontrar la divina sabiduría:
esa sabiduría que en la Biblia muestra Dios tan llana y sencillamente, que
rebaja y avergüenza a los sabios encumbrados. En este libro encuentras el
pesebre y los pañales que ocultan a Cristo, también ángeles y pastores. Son
pañales sencillos e insignificantes, pero es muy preciado el tesoro Cristo que
en ellos yace (WA 6.524).
52. Decía una vez el honorable señor doctor Martín
Lutero al señor Felipe Melanchthon, al doctor Justo Jonas y a otros, a
propósito de la sagrada Escritura, que se parecía ésta a un bosque inmenso con
toda suerte de árboles, de los cuales se podía coger las frutas más variadas;
que en la Biblia se podía encontrar todo consuelo, doctrina, enseñanza,
advertencia, promesa, amenaza, etc. ; y que no había ningún árbol en este
bosque al que no hubiera sacudido y del que no hubiera cortado un par de peras
o manzanas.
Ley y evangelio
53. El antiguo testamento es un libro,
fundamentalmente legal, que enseña lo que hay que hacer y lo que hay que
evitar. Para ello, acude a ejemplos y sucesos que comprueban cómo se han
cumplido o transgredido estas leyes. Pero, junto a las leyes, se contienen
también algunas promesas y pasajes relacionados con la gracia, para que los
padres santos y los profetas se mantuviesen, como nosotros en la fe en Cristo.
Por el contrario, el nuevo testamento es un libro en
el que está escrito el evangelio y la promesa de Dios. Junto a ello, algunas
historias también, y ambas cosas para los que creen y para los que no creen. No
es más que una pública predicación y revelación de Cristo, pronunciada en el
antiguo testamento y llevada a la plenitud por Cristo.
En el nuevo testamento, la enseñanza capital es la
gracia y la paz por el perdón de los pecados revelado en Cristo; en el antiguo
testamento, la doctrina más importante se centra en las leyes, en mostrar los
pecados y en exigir el bien obrar.
El nuevo testamento y el evangelio no son otra cosa
que un sermón de Cristo, hijo de Dios y de David, verdadero Dios y verdadero
hombre, que por su muerte y resurrección ha vencido al infierno, a la muerte y
los pecados de todos los que creen en él; pero por pura gracia y misericordia,
sin necesidad de mérito, dignidad, buenas obras o virtudes.
Por eso, guárdate muy bien de convertir a Cristo en
un Moisés, y al evangelio en una ley o en un código doctrinal, como hasta ahora
ha sucedido. El evangelio no exige nuestras obras para ser justificados y
salvados (incluso condena estas obras), lo que exige es la fe en Cristo, la
confianza en que ha vencido por nosotros al pecado, a la muerte y al infierno,
y, en consecuencia, nos justifica, santifica y salva por su propia obra, por su
muerte y sus sufrimientos, no por las obras nuestras, a fin de que aceptemos su
muerte y su victoria como si de nuestra propia victoria se tratara.
El hecho de que en el evangelio, tanto Cristo como
Pedro y Pablo, den también múltiples preceptos y enseñanzas, que aclaren la
ley, hay que verlo como otra de tantas obras, otro de tantos beneficios de
Cristo. Y de la misma manera que el conocimiento de sus obras y de su historia
no equivale al del evangelio (puesto que en fuerza de aquello aún no has llegado
al conocimiento de su victoria sobre los pecados, la muerte y el diablo),
tampoco es lo mismo tener perfecta noticia de estas leyes, de estos
mandamientos, que tenerla del evangelio; éste llega sólo cuando se percibe la
voz que dice: «La única garantía, el poder verdadero, es Cristo con su vida, su
enseñanza, sus obras, su muerte, su resurrección y cuanto es, tiene y puede».
Por eso puede verse con toda claridad que Cristo no
presiona, sino que enseña amicalmente, y dice: "Bienaventurados los pobres,
etc." [Mt 5, 3]; "acudid a mí todos los que estéis cansados y cargados" [Mt
11, 28]. Y los apóstoles recurren a las expresiones de «exhorto, ruego, pido».
Por todo ello, podéis ver que el evangelio no es un código legal, sino
únicamente un sermón de los beneficios de Cristo, que se nos dirige y se nos da
para que creamos en él, y sólo para esto. Por el contrario, Moisés en sus
libros impele, obliga, grita, golpea y castiga, para amedrentar, ya que él es
un legislador y un conductor.
La Biblia, no la glosa
54. Se lamentaba en cierta ocasión el doctor Lutero por la multitud de libros que había, de forma que daba la sensación de que el escribir no conocía mesura ni límites, que todo el mundo estaba ansioso |