Biblioteca Luterana

Charlas de sobremesa

 

1. Recuerdos autobiográficos

 

Curriculum vitae

 

1. Yo, Martín Luther, nací en el año 1483. Mi padre fue Juan, mi madre Ana y mi patria Mansfeld. Mi padre murió en el año 30 y mi madre en el 31. En el año 1516 comencé a escribir contra el papa. En el año 1518 el doctor Staupitz me liberó de la obediencia de la orden y me dejó solo en Augsburg, donde había sido citado para comparecer ante el emperador Maximiliano y el legado pontificio, que estaba allí por aquel entonces. En el año 1519 me excomulgó de la iglesia el papa León, lo cual constituyó una segunda liberación. En el 1521 me proscribió el emperador Carlos, en una tercera «absolución». Pero el Señor me acogió. El doctor Staupitz me dijo: «Te exonero de mi obediencia y te encomiendo a Dios».

 

Costumbres de niños y bondad de Dios

 

2. Le resulta muy difícil a uno convencerse de que, a pesar de ser un gran pecador, Dios le ha concedido su gracia por Cristo. ¡Ay, qué pequeño es el corazón humano al no querer convencerse de esta verdad ni aceptarla!

En mi juventud me sucedió en cierta ocasión, en Eisleben, el día del Corpus Christi, cuando ministraba con ornamentos sacerdotales en la procesión: me asusté de tal forma ante el Santísimo que portaba el doctor Staupitz, que rompí a sudar, y hasta pensé que iba a fenecer a causa de la enorme angustia. Después de la procesión me confesé con el doctor Staupitz, quien, al ver mis lamentos, me respondió: «¡Ay, que vuestras cuitas no son precisamente de Cristo!». Acepté estas palabras con gozo y me consolaron sobremanera.

¿No es para dar lástima que seamos tan medrosos y de tan poca fe? Se nos entrega el propio Cristo con todo lo que es y tiene; nos ofrece sus bienes eternos y celestes, la gracia, el perdón de los pecados, la justificación y bienaventuranza eterna; nos llama sus hermanos y coherederos [Rom 8, 17]. Y, no obstante, nos arredra el peligro, huimos incluso de él, de forma tal, que casi siempre andamos precisados de su ayuda y de su consuelo.

Se parece esto a lo que me sucedió en un martes de carnaval en mi pueblo, cuando otro muchacho y yo andábamos cantando a las puertas de las casas a cambio de salchichas, tal como se acostumbraba hacer. Un ciudadano quiso gastarnos una broma y nos increpó a gritos: «¿Qué hacéis, pareja de granujas? Que os suceda esto y lo de más allá». Y vino hacia nosotros con un par de salchichas que nos quería dar. Mi camarada y yo, asustados por los gritos, nos escapamos de aquel buen hombre que no deseaba perjudicarnos, sino hacernos bien. Después nos volvió a llamar y se nos dirigió con bondad tal, que regresamos y aceptamos las salchichas que nos daba.

Así nos comportamos con Dios, «que no ha perdonado ni a su propio unigénito, sino que nos le ha entregado como regalo». No obstante, huimos de él, creyendo que no se trata de nuestro misericordioso Dios, sino de nuestro juez riguroso.

 

Primera misa

 

3. Cuando celebré mi primera misa en Erfurt, al leer las palabras «Te ofrezco a ti, Dios vivo y verdadero», me asusté tanto, que a punto estuve de abandonar el altar; y lo hubiera hecho de no haberme retenido mi preceptor. Y es que pensaba: «¿quién es con el que estás hablando?». Desde entonces siempre celebré la misa con terror estremecido, y agradezco a Dios que me haya librado de todo eso .

 

4. Entró en el convento contra la voluntad de su padre. Cuando celebró la primera misa preguntó a su padre por la razón de haberle molestado lo hecho. Su padre le respondió durante la comida: «¿Es que ignoras la Escritura, que dice "honra a tu padre y a tu madre"?». Se excusó, y dijo que la tempestad le había llenado de tal pánico, que le obligó a hacerse fraile. Su padre le repuso: «¿No crees que pudo tratarse de un fantasma?». Después, el padre sería el autor de la boda.

 

Angustias del fraile

 

5. No fui un monje a quien acuciase demasiado la libídine. Tuve poluciones, pero por necesidades fisiológicas. A las mujercillas, ni las miraba cuando se estaban confesando. No quería ver la cara de las penitentes. En Erfurt no oí a ninguna en confesión; en Wittenberg sólo a tres.

 

6. Muchas veces confesé al doctor Staupitz no problemas de mujeres, sino dificultades de verdad, y él me decía: «No lo entiendo». ¡Bonito consuelo! Lo mismo me sucedía al acudir a los demás. En resumen, que ningún confesor quería hacerse cargo. Pensaba entonces: «eres el único que tiene estas tentaciones». Y andaba como si fuese un cadáver inerte. Hasta que, en vista de mi tristeza y abatimiento, me co­menzó a decir: «¿Por qué estás tan triste, fray Martin?». Le repuse: «¿Y cómo queréis que esté?». Me contestó: «¿Ignoras que esta tentación te beneficia, puesto que de otra forma Dios no sacaría nada bueno de vos?». Esto no lo entendía ni él mismo, porque se imaginaba que yo era un sabio muy expuesto a la soberbia y a la altanería, de no verme sacudido por estas tentaciones. No obstante, lo acepté en el sentido paulino: «Se me ha puesto en mi carne un aguijón» [2 Cor 12, 7]. Por eso lo tomé como palabra y voz del Espíritu santo.

 

5.Cuando fraile, era también muy piadoso en mis tiempos papistas; a pesar de todo, me encontraba tan triste y acongojado, que llegué a pensar que Dios me había retirado su gracia. Decía misa y rezaba; no veía entonces ni tenía a mujer alguna, cosa natural al ser fraile y pertenecer a una orden religiosa. Ahora, el diablo me fustiga con otros pensamientos. Muchas veces me recrimina: «A cuántas personas has seducido con tu doctrina». En ocasiones hallo consuelo, pero en otras circunstancias cualquier palabra basta para conturbar mi corazón. Una vez me dijo mi confesor, puesto que siempre acudía a él con pecados estultos: «Eres un necio; Dios no se enfada contigo, eres tú quien está enfadado con él; no está enojado contigo, sino tú con él». Palabras preciosas, grandes, estupendas, que pronunció iluminado por el evangelio.

Por eso, quien se viere aquejado por el espíritu de tristeza, que se defienda con­tra él pensando que no está solo. Porque Dios ha creado la comunidad de la iglesia, y esta hermandad ruega para que sus miembros se sostengan unos a otros, como dice la Escritura: «¡Ay de aquel que está solo, porque si llegare a caer, no habrá quien le ayude» [Ecl 4, 10]. Tampoco le resulta grata a Dios la tristeza del corazón, aunque la permita en el mundo; ni desea que me atormente por su causa, puesto que dice: «No quiero la muerte del pecador, etc.», «alégrense vuestros corazones». No quiere servidores que no confíen en é] de buena gana. Pues bien, a pesar de que soy consciente de esto, cien veces al día me veo sacudido por pensamientos contrarios. No obstante, resisto al diablo [...].

 

7. A Erasmo no le debo nada; todo lo que tengo se lo debo al doctor Staupitz. El fue quien me dio la gran oportunidad.

 

Viaje a Roma

 

8. El doctor estuvo en Roma en e] año 1510. Dijo a este propósito: « Fui a Roma por un designio admirable: para que viese la cabeza de los crímenes y la sede del diablo; porque el diablo ha puesto su asiento en Roma. En Constantinopla tiene a su bajá, pero el papa es peor que el turco».

 

Lutero ante Cayetano

 

9. Cuando en 1518 tuve que ir a Augsburg estaba lleno de miedo, ya que me encontraba solo. Estaba citado para comparecer en Roma, pero el duque Federico acudió a Cayetano con el ruego de que se me oyese en Augsburg, tal como sucedió.

 

10. Narraba el doctor Martín Lutero cómo había acudido a Augsburg en 1518, cómo el propio legado pontificio había conversado con él y la forma en que se había comportado. En primer lugar, dijo, acudí allí porque se me había citado y requerido, pero con una importante custodia y protección del elector, que me había recomendado a los de Augsburg. Estos andaban siempre pendientes de mí y no dejaban de advertirme que no entrase en tratos con italianos, que no me fiase de ellos, porque no sabía yo bien lo que era un italiano.

Tres días enteros pasé en Augsburg sin salvoconducto del emperador. Durante este tiempo reiteró sus visitas un italiano (Urbano de Serralonga), que me recomendaba presenciarme ante el cardenal y empeñado en conseguir mi retractación. «Basta con que digas "me retracto", para que el cardenal interceda por ti ante el papa y podrás así regresar con todo el honor a tu príncipe».

Pasados tres días, llegó el obispo de Trento (Bernhard Cles), y, en nombre del emperador, mostró al cardenal mi salvoconducto. Me presenté entonces ante el cardenal humildemente; me arrodillé primero, después cai en tierra y por último me postré cuan largo era. Después de mandarme el cardenal por tres veces que me levantase, me incorporé, lo que le plugo sobremanera y le hizo creer en la victoria. Cuando al día siguiente se dio cuenta de que yo no estaba decidido a retractarme en nada, me dijo: «¿Por qué crees que el papa se preocupa de Alemania? ¿Crees que los príncipes llegarían a las armas por tu causa?». «No». «¿Dónde quieres vivir el resto de tus días?». «Bajo el cielo». Que tanta fue la altanería del papa. Por eso le es más amargo que la muerte ver menospreciada su dignidad y majestad, de lo que ya no puede librarse.

Después se humilló algo el papa, y escribió al elector, a Spalatino y a Pfeffinger, solicitando que me entregasen y ejecutaran su mandato. Al elector le escribió en los términos siguientes: «Aunque no te conozca personalmente, vi sin embargo en Roma a tu padre, el duque Ernesto, que era hijo obedientísimo de la iglesia, gran devoto de nuestra religión; por eso, desearía que vuestra serenidad siguiese sus mismos pasos». Pero el elector, que sospechó de esta desacostumbrada humildad papal y se percibió de las malas intenciones de asustarle, conoció la fuerza de la sagrada Escritura, porque en muy pocos días mis Resoluciones corrían ya por toda Europa. Esto le confirmó en su decisión de no ejecutar aquel mandato y de someterse al juicio de la sagrada Escritura.

Si el cardenal se hubiese comportado con más modestia en Augsburg y me hubiera hecho caso cuando me postré rendido a sus pies, nunca se habría llegado a la situación presente, ya que por aquel entonces no estaba yo al tanto sino de escasos errores del papa. De haberlo hecho él, también me hubiera callado yo sin ninguna dificultad. Pero el estilo de Roma en una causa oscura e inexplicable era el de decir el papa: «Por pontificia autoridad nos reservamos esta causa para su solución defi­nitiva». Y entonces, ambas partes se veían obligadas al silencio. Yo creo que el papa estaría dispuesto ahora a entregar tres cardenales con tal de que las cosas hubieran quedado como entonces se encontraban .

 

Eck, debelador de Lutero

 

11. No nos damos cuenta del beneficio que nos reporta el tener contrincantes y el que los herejes se enfurezcan y se enfrenten con nosotros. Si Cerinto hubiera callado, nunca habría escrito Juan su evangelio; pero como se empeñó en atacar a la divinidad de Cristo, Juan se vio espoleado a escribir y decir: «En el principio era el Verbo» [Jn 1, 1], e hizo una distinión clara de las tres personas, como nadie lo hubiera podido conseguir. De la misma forma, cuando yo comencé a escribir contra las indulgencias y contra el papa, se enfrentó conmigo el doctor Eck, que fue el que me despertó y me desperezó. Deseaba yo de corazón que este hombre se con­virtiera y retornara al camino recto. Como se empeñó en seguir igual, le deseé entonces que llegara a ser papa, puesto que se lo había ganado bien, ya que hasta la fecha ha sido él solo quien ha tenido que soportar todo el peso, toda la molestia y el trabajo entero del papado por combatirme (si bien es cierto que le ha valido la pena, porque tiene él solito unos ingresos de setecientos florines de la parroquia de Ingolstadt). Pero muy bien podría ser papa, dado que no cuentan con otro que pueda combatirme. Fue él quien inspiró mis primeros pensamientos contra el papa, el que me empujó hasta donde yo nunca hubiera llegado de otra forma. Por eso, cuando los herejes y demás antagonistas piensan que nos causan grandes perjuicios, en realidad lo que hacen es servirnos de mucha utilidad.

 

El profeta y su conciencia de tal

 

12. Si al principio, cuando comencé a escribir, hubiera sabido lo que después experimenté y vi, y en concreto la oposición y resistencia que se hace a la palabra de Dios, es seguro que hubiera permanecido en un tranquilo silencio, pues no habría tenido la osadía de atacar y enojar al papa y a casi todos los demás. Creía yo entonces que pecaban sólo en fuerza de la ignorancia y de la fragilidad humanas y que no se atreverían a reprimir deliberadamente a la palabra de Dios. Pero Dios me ha lanzado, como se lanza un corcel al que se le vendan los ojos para que no vea hacia dónde galopa. A propósito de esto, dijo el doctor que raramente acomete una obra buena a sabiendas o con premeditación, sino que sucede todo dentro del error o de la ignorancia. «Por eso, he sido lanzado a la enseñanza y la predicación agarrado por los pelos. Si hubiera sabido lo que ahora sé, ni diez caballos hubieran podido arrastrarme. Que por eso mismo se quejaban también Moisés y Jeremías de haber sido engañados [...]».

 

13. Lo primero que tenemos que saber es si nuestra doctrina, tal como la proclamamos, es la palabra de Dios. Sólo con esta seguridad podremos tener la firme confianza de que la empresa ha de perdurar, tiene que perdurar, y que ni el diablo ni el mundo con toda su canalla podrán echarla por tierra, por más que griten y rabien contra ella. Yo, a Dios gracias, tengo la convicción de que mi doctrina responde a la palabra divina, y he arrojado de mi corazón cualquier otra creencia, llámese como se llame. He vencido casi del todo los pensamientos y tentaciones con los que se acongojaba mi interior cuando me decía: «¿Es que vas a ser tú el único en detentar la palabra verdadera? ¿no la poseen también los demás?». De esta forma nos combate Satanás, se abalanza sobre nosotros, amparándose en el nombre de la iglesia. Nos echa en cara: «Estás destruyendo lo que hasta ahora ha mantenido la iglesia como cierto durante tanto tiempo; con tu doctrina estás minando el orden espiritual y el temporal».

Esta misma argumentación la encuentro esgrimida en el caso de todos los profetas, cuando los principales del gobierno espiritual y civil les decían: «El pueblo de Dios somos nosotros, puesto que estamos dentro del régimen fundado y establecido por Dios. Hay que mantener como verdadero lo que nosotros, la mayor y más sana parte, decidimos y reconocemos por tal. ¿Quiénes sois vosotros, puñado de locos, para pretender enseñarnos a nosotros?». Porque no sólo hay que poseer la palabra de Dios y armarse de ella, sino que también hay que estar seguros de la doctrina para poder ganar la batalla. Hay que saber decir: «Tengo la certidumbre de que lo que enseño y creo es la misma palabra de Dios, majestad suprema del cielo, de que es su voluntad y la eterna incambiable verdad; todo lo demás, lo que no esté de acuer­do con esto o a ello se oponga, es una presuntuosa mentira diabólica, es falso, equivocado».

Y esta convicción es la única que capacita para acometer una empresa, para mantenerse sin desmayo en ella y para poder proclamar: Los equivocados y los que no tienen razón sois todos vosotros; mi doctrina es la única recta y la segura verdad de Dios, en ella permaneceré aunque todo el mundo opine lo contrario. Porque Dios no puede engañar, y yo poseo su palabra que no ha de fallar y prevalecerá contra todas las puertas del infierno [Mt 16, 18]. El mismo me alienta al decir: «Yo pondré en tu camino oyentes que acepten tu enseñanza; déjame a mí este cuidado, que yo velaré por ti. Lo único que tienes que hacer por tu parte es permanecer asido a mi palabra».

Hay que tener la convicción de que la doctrina es recta, de que responde a la eterna verdad, y no hacer cuestión de cómo la aceptarán los demás. Esta certidumbre es la victoria contra el demonio; pero no conviene discutir con él cuando no se está seguro de la doctrina. Si quieres ser bienaventurado, tienes que estar tan seguro de la palabra de Dios, que aunque todos los humanos opinaren de otra forma, incluso aunque todos los ángeles dijeran lo contrario, tú, sin embargo, puedas mantenerte firme y proclamar: «Y, no obstante, sé muy bien que esta palabra es la verdadera». Lo único que anhelo es poseer la palabra de Dios. Me tienen sin cuidado los milagros, no me preocupan las visiones extraordinarias. Tampoco haría caso a un ángel que quisiera enseñarme algo que no fuera la palabra de Dios. Yo sólo creo en la palabra de Dios y en sus obras, porque la palabra de Dios ha resultado ver­dadera desde el principio del mundo y a nadie ha defraudado. Bien, pues esto mismo es lo que estoy experimentando en la realidad, porque todo va sucediendo conforme a la palabra de Dios.

 

Lutero, Kethe y su familia

 

14. Hablaba el doctor Martín de su compromiso matrimonial y decía: Si hace trece años me hubiera decidido a casarme, habría tomado por esposa a Ave Schónfeldin, que ahora lo es del doctor Basilio, médico en Prusia. No estaba en aquel entonces enamorado de mi Kethe, porque me daba la sensación de ser orgullosa y engreída. Plugo a Dios que me apiadase de ella, y gracias a él, la cosa ha salido bien, porque tengo una mujer piadosa y fiel, en la que puede descansar el corazón del marido, como dice Salomón [Prov 31, 11].

¡Ay, Dios mío querido! Que el matrimonio no es sólo algo natural, sino un don divino que proporciona la más dulce, grata y honesta de las vidas, incluso más que el celibato y la soltería, cuando el matrimonio sale bien; que cuando fracasa, se torna en un infierno. Porque, aunque por lo general todas las mujeres dominan a la perfección el arte de cazar al marido a base de lágrimas, mentiras e insistencia, pueden torcerlo con buenas palabras. Sin embargo, cuando en el estado matrimonial perduran las tres piedras preciosas de la fidelidad y la fe, el fruto de los hijos y el sacramento que santifica y diviniza, entonces hay que decir que el matrimonio es un estado bienaventurado.

¡Qué ansiedad tan cordial sentí por mi mujer cuando en Schmalkalda estuve enfermo y a punto de morir! Creí que no podría volver a ver aquí abajo a mi esposa ni a mis hijos. ¡Cómo me atormentaba la idea de tal separación! Ahora me doy cuenta de lo enorme que es en los moribundos esta afición y este amor naturales del esposo para con la esposa, de los padres hacia los hijos. Cuando, por la gracia de Dios, recuperé la salud, se acrecentó aún más el amor a mi mujer y a mis hijos. No hay nadie tan espiritual que no sienta este amor, esta afición natural e innata, puesto que es algo estupendo para afianzar la unión y la convivencia entre marido y mujer .

 

15. En el primer año de casados se tiene unas ocurrencias extrañas. Cuando uno está a la mesa, piensa: «Antes estaba solo, ahora estoy acompañado». En la cama, cuando se está desvelado, ve un par de trenzas junto a él que antes no veía. Bien, pues en mi primer año de matrimonio, mientras yo estudiaba, se sentaba a mi vera mi buena Kethe, y como no sabía de qué hablar, me espetaba: «Señor doctor, ¿es cierto que en Prusia el mayordomo de la corte es hermano del Margrave?».

 

16. La doctora: «El señor Felipe recibió mucho dinero del rey inglés: 500 florines (nosotros sólo 50), del elector 400 y 80 táleros de no sé quién». Repuso el doctor: «Y también gasta muchísimo con los suyos y con los ajenos; reparte todo el dinero. Además, sería digno de recibir un reino entero un hombre tan significado y que tantos méritos ha contraído con el imperio romano y con la iglesia de toda Alemania y de otras regiones» (WA 4.957).

 

17.Un inglés, hombre docto, estaba sentado a la mesa, pero no entendía alemán. Dijo Lutero: «Te propongo a mi mujer como preceptora de alemán; es muy habladora, y tan dispuesta, que en esto me supera a mí con mucho. Pero no es la elocuencia loable en las mujeres; mejor sería que fuesen balbucientes y premiosas».

 

18. Estaba su mujer dando de mamar a un niño y otra vez embarazada. Dijo (Lutero): «Es difícil mantener a dos huéspedes, a uno que está en casa y a otro llamando a la puerta».

 

19. El doctor Martín Lutero había castigado a su hijo N. a no comparecer en su presencia en tres días, y no quería concederle su gracia hasta que el niño no se humillara y lo suplicase. Como su madre, el doctor Jonás y el doctor Teutenleben intercediesen por él, dijo: «Prefiero un hijo muerto a uno impertinente. No en vano dijo san Pablo que un obispo ha de saber presidir dignamente su casa y tener unos hijos bien educados [1 Tim 3, 4]. Nosotros, los predicadores, hemos sido elevados a tan alto rango, que estamos obligados a dar buen ejemplo a los demás. Nuestros descastados hijos, sin embargo, molestan a los demás; quieren estos bellacos aprovecharse de nuestros privilegios. Sí, incluso aunque falten con frecuencia, aunque cometan toda clase de travesuras sin yo advertirlas, porque no se me denuncian, se me ocultan, en concordancia con el proverbio vulgar: "somos los últimos en enterarnos de lo que sucede en nuestras casas; sólo llega a nuestra noticia cuando ha sido ya divulgado por todas las callejuelas". Por eso hay que castigarlos, no se puede hacer la vista gorda ni dejarles pasar nada por alto».

 

20. Lutero: «Me parezco a Abrahán, porque soy el abuelo de todos los hijos de los frailes, sacerdotes y monjas, que engendraron con generosidad. Soy el padre de un gran pueblo».

 

21. Las mujeres se velan, como dijo el apóstol, a causa de los ángeles [1 Cor 11, 10], y yo tengo que ponerme los pantalones a causa de las vírgenes.

 

Ocupaciones

 

22. Soy un hombre muy ocupado; tengo que desempeñar cuatro trabajos, cada uno de los cuales necesitaría para su cumplimiento la dedicación exclusiva de una persona: tengo que predicar en público cuatro veces por semana, dictar dos veces lecciones, oír las causas, escribir cartas y, además, escribir libros para el público. No obstante, Dios me ha provisto bien al darme una mujer excelente que cuida de todos los asuntos familiares, para que yo no me tenga que ocupar además de este meneste.

 

2. El predicador

 

La misión del predicador

 

23. Decía el doctor Martín Lutero que Dios había obrado maravillas al encomendarnos a nosotros, pobres pecadores, el quehacer de predicar su palabra y de dirigir los corazones que no conocemos. Pero es una misión de Dios, nuestro señor, que nos dice: «Oye, tú tienes que predicar, que de que fructifique ya me encargaré yo» [1 Cor 3, 6], «yo conozco los corazones de los hombres». Esto tiene que servirnos de consuelo a los predicadores; deja que el mundo se ría y ridiculice tu oficio, y ríete tú también.

 

Se cuenta del emperador Maximiliano que en cierta ocasión rompió a reír con todas sus ganas. Cuando se le preguntó por el motivo de reírse tan destempladamente, su cesárea majestad respondió al día siguiente: «Me río, porque pienso en lo bien que Dios ha provisto sus dos gobiernos, al encomendar el espiritual a un mierda borracho y clerical, es decir al papa Julio (II), y el civil a un cazagamuzas como yo».

 

El predicador ideal

 

24. Un buen predicador ha de estar adornado de los atributos siguientes: 1) que pueda enseñar de forma correcta y ordenada una materia sutil; 2) que tenga una cabeza muy clara; 3) que sea muy elocuente; 4) que tenga buena voz; 5) ha de disfrutar de muy buena memoria; 6) que sepa acabar a tiempo; 7) tiene que dominar la materia y entregarse con diligencia a su estudio; 8) tiene que arriesgar cuerpo y vida, bienes y honor; 9) que esté dispuesto a que todo el mundo se ría de él .

 

25. Dijo el doctor a Cordato: El predicador, que suba al púlpito, que abra la boca y que se calle; es decir, que sea llamado, que instruya con dedicación y claridad, y que no canse a los oyentes con exceso de palabrería.

 

26. Un predicador es como un carpintero: su instrumental es la palabra de Dios; y como los sujetos con los que tiene que trabajar son tan distintos, no debe cantar siempre la misma canción, impartiendo la enseñanza uniformemente, sino que, a tenor de los oyentes variados, a ratos tendrá que amenazar, asustar, castigar, increpar, consolar, expiar, etc. ¡Ay, con qué facilidad se inclina y se dispone uno a enseñar a los demás, pero no a sí mismo!

 

27. El catecismo es la mejor y más completa doctrina. Por eso hay que predicarlo sin cesar y no olvidarlo, de manera que las predicaciones públicas partan de él como base y hacia él se dirijan. Me gustaría que diariamente se predicase y se leyese este sencillo libro. Pero nuestros predicadores y oyentes lo conocen con tal perfección, se lo han aprendido tan de memoria, que les da vergüenza ceñirse a esta insignificancia doctrinal, y prefieren lucirse hablando de materias más sublimes. El noble, los campesinos, dicen: «¡Bah, nuestro párroco nos toca siempre la misma cantinela! Predica sólo el catecismo, los diez mandamientos y el credo, el padrenuestro, y habla sobre el bautismo y la cena; todo esto nos lo sabemos ya al dedillo». Así, los predicadores se fijan en cosas más subidas, y, guiados por las preferencias de los oyentes, predican lo que a éstos les agrada, a costa del fundamento y de los cimientos sobre los que hay que edificar .

 

28. El doctor Erasmo Alber, al ir a predicar al Margraviato, rogó al doctor Martín Lutero le indicase la manera de predicar a los príncipes. Dijole el doctor: Todos tus sermones tienen que apoyarse en la mayor sencillez; y no te fijes en los príncipes, sino en los simples, en los necios, en los toscos e ignorantes, y así alimentarás también a los príncipes. Si en mi sermón tuviera que fijarme en Felipe o en los otros doctores, obraría muy mal; pero predico sencillamente a los no instruidos, y esto gusta a todos. Sé griego, hebreo; pues bien, prescindo de todo eso cuando estamos reunidos los muy letrados. Y es que a veces rizamos tanto el rizo, que Dios nuestro señor debe quedarse perplejo allá arriba.

 

29. Muchas veces, al bajar del púlpito, me he reprochado a mí mismo: «¡Puf, vaya sermón que te ha salido! En realidad, no lo habías orientado mal, pero no te has atenido a nada de lo que habías planeado». E inmediatamente me han alabado este mismo sermón con enorme entusiasmo, como el mejor, el más hermoso de cuantos en mucho tiempo hubiera predicado. Abajo ya, he reflexionado y comprobado que en mi sermón no he dicho nada, o muy poco, de lo que había proyectado decir. De ello he deducido con certeza que muchas veces se predica algo muy distinto de lo que queremos, porque Dios nuestro Señor inspira otras cosas. Así que, llegada la ocasión, predíquese de distinta manera a como se había preparado con antelación. Todo es bueno, con tal de que se predique sólo lo que concuerda con el credo y está regulado por la sagrada Escritura .

 

30. Echaba en cara el doctor Martín Lutero a Mayor su pusilanimidad, y le advertía que no debía fijarse sólo en los doctores y en los muy sabios, sino que debía prestar atención asimismo al hombre corriente, precisado de ser instruido en la verdad. «En el púlpito hay que sacar los pechos y dar de mamar al pueblo sencillo, porque se está criando a diario una iglesia nueva que necesita se le enseñe con toda sencillez la doctrina de los niños. Por este motivo, hay que acudir sin cesar al catecismo y dar de beber leche; las ideas elevadas, sutiles y agudas, el vino fuerte, hay que reservarlo para los sabios»

 

Los malos predicadores

 

31. Decía al doctor Lutero su mujer que había oído predicar en la parroquia a su pariente, Juan Polner (al que esperaba el doctor), y que le había entendido mucho mejor que al doctor Pommer, que se desviaba mucho del tema y mezclaba otros asuntos en sus sermones. A lo que respondió el doctor Lutero: «Pommer predica tal como habláis las mujeres, que decís cuanto se os ocurre». Y añadió: «El doctor Jonás solía decir que no hay que interesarse por todos los mercenarios con los que uno se encuentra. Y es cierto que el doctor Pommer enrola a veces a algunos que le salen al paso. Es insensato el predicador que está convencido de que puede decir cuanto se le ocurra. Un predicador tiene que mantenerse fiel al tema y esforzarse para hacerse entender a la perfección. Esos predicadores que se empeñan en decir cuanto se les viene a la mente, me parece que se comportan igual que las criadas cuando van a la plaza: se encuentran con otra muchacha; pues echan con ella una parrafada o engarzan una conversación; que les encuentra otra criada, pues otra parrafada, y así con la tercera y con la cuarta, que por eso van tan despacio al mer­cado. Lo mismo exactamente hacen los predicadores que se apartan demasiado del tema y quieren decir todo de una vez. Y esto es lo que no se puede hacer»

 

El predicador mundano

 

32. Lo que se requiere para que un predicador sea apreciado por el mundo. Seis cualidades han de adornar a un predicador para ser como la gente le quiere: 1) que tenga muy buena pronunciación; 2) que sea muy letrado; 3) que sea elocuente; 4) que tenga una presencia tan agradable, que puedan enamorarse de él las muchachas y las jovencitas; 5) que no reciba dinero, sino que lo reparta; 6) que hable de temas gratos de escuchar.

 

El predicador y la política

 

33. El predicador no debe meterse en política. Cristo era el único señor, y, sin embargo, dijo a Pilato: «Tú eres mi señor» [Jn 19,11].

 

34. Preguntaron al doctor Martín si un párroco o predicador tenía también potestad para reprender a las autoridades. Respondió: «Sí, por supuesto; porque si todo va conforme al orden establecido por Dios, éste les ha confiado su derecho de castigar el vicio y la injusticia. Por tanto, hay que reprender a los dirigentes civiles si dejan que se avasallen los bienes de los súbditos y permiten se les esquilme con usuras y mal gobierno. Sin embargo, no es conveniente que un predicador se ponga a establecer el orden que se ha de observar, ni a tasar el precio del pan, de la carne, etcétera. Lo que tiene que hacer en público es enseñar que cada uno, según su condición, ha de ajustarse fiel y diligentemente a lo prescrito por Dios: que no robe, no cometa adulterio, que no maltrate ni veje, no engañe a los demás ni se aproveche de ellos, etc.»

 

3. Teología de Lutero

 

Actitud humilde del teólogo

 

35. Las sagradas letras exigen que el lector sea humilde, que reverencie y tema la palabra de Dios, y que esté siempre dispuesto a decir: «Enséñame, enséñame, enséñame». El Espíritu resiste a los soberbios. Si se ensoberbecen, se verán excluidos de la iglesia de Dios; que no en vano todo soberbio es hereje, si no de hecho, sí de derecho. Es muy difícil, por otra parte, que quien esté excepcionalmente dotado se vea libre de la arrogancia; pero Dios permite que sean probados con rigor quienes han sido adornados con grandes dones, para que se den cuenta de que no son nada. Pablo llevó «el aguijón» [2 Cor 12, 7] para contrarrestar la insolencia. Y si Felipe no fuese afligido como sabemos, saldría sabe Dios por dónde. Temo por Jacob y por Agrícola, como les dé por ensoberbecerse y por despreciar a sus maestros. Yo conocía el espíritu de Müntzer, de Zwinglio y de Karlstadt. La soberbia, que arrojó a los ángeles del cielo, echará a perder al predicador. Por eso, en el estudio de la teología, lo que cuenta es la humildad.

 

Dios, bueno y alegre

 

36. A1 contemplar el doctor Martín los rebaños que se dirigían a pastar, dijo: «Ahí van nuestros predicadores, nuestros lecheros, mantequilleros, queseros, laneros, que todos los días nos predican la fe en Dios, que debemos confiar en él como en un padre que cuida de nosotros y que quiere alimentarnos».

 

37. A eso del atardecer, llegaban dos pajarillos que andaban construyendo un nido en el jardín del doctor, pero que no hacían más que revolotear, espantados de cuantos por allí pasaban. Dijo entonces el doctor: «No huyas, querido pajarillo; si pudieras creerme, verías que te deseo todo bien. Así nos comportamos nosotros con Dios nuestro señor, en el que no acabamos de creer y de confiar, a pesar de que nos desee y nos demuestre lo mejor. No nos va a hacer mal alguno quien nos entregó a su propio hijo»

 

38. La tristeza procede sólo de Satanás: has de concluir que todo lo que suene a tristeza y a muerte es diabólico. Dios no entristece, no asusta ni mata. Es Dios de vivos [Mt 22, 32]. Para eso envió a su Hijo, para que vivamos. Y murió para dominar a la muerte. Por ello, estad alegres, tened confianza. El mejor fármaco contra las tentaciones espirituales es la oración y la palabra .

 

Cristo, el reconciliador

 

39. Sé muy bien que no me faltan motivos para exhortar con tanta vehemencia al conocimiento del Cristo verdadero y auténtico. No, que no es Cristo una persona que nos exija algo de lo nuestro; es, con mucha más propiedad, un mediador que reconcilia a los pecadores del mundo entero con Dios. Por eso, y ya que eres un pecador, como en la realidad lo somos todos, no te lo imagines como un juez sentado en el arco iris, puesto que eso te llenará de terror y de desesperación; es mucho mejor que lo imagines como hay que representarle, es decir, tal como le ves y le conoces: como el hijo de Dios y de la virgen María. Personificado de esta manera, no puede asustar a nadie, no martiriza ni tortura, no nos desprecia a nosotros, pobres pecadores, no nos pide que le rindamos cuenta de nuestra vida, de esta vida que tan mal hemos llevado; sino que es una persona que ha quitado los pecados del mundo entero, que ha querido ser crucificado y aniquilado por propia voluntad.

De esta forma es como tienes que irte acostumbrando a ver a Cristo, a conocer quién y qué es. De mucha utilidad te resultará aprender el significado de la palabra «nuestros»; es decir, que has de tener la certidumbre de que Cristo ha quitado no sólo algunos, sino todos los pecados de todo el mundo. Porque por todo el mundo se ha entregado cierta y verdaderamente, aunque no todo el mundo lo crea. Por eso, no tienes que limitarte a reconocer que los tuyos son pecados verdaderos, sino que has de reconocer también que son pecados tuyos y de nadie más. Quiero decir que tienes que comprender y creer que Cristo no se ha entregado sólo por los demás hombres, sino que lo ha hecho también por tus pecados.

A esto me acojo yo sin vacilar, y tú no te desvíes nunca de esta figura de Cristo, que constituye también el deleite de los ángeles en el cielo. Porque Cristo, según su retrato vivo, no es un Moisés, un carcelero o un verdugo; es un mediador que nos reconcilia a nosotros, pobres pecadores, con Dios; que nos regala su gracia, vida y justificación; que se ha entregado a sí mismo, no por nuestro mérito, por nuestra santidad o justicia, ni por nuestra honra o nuestras buenas obras, sino por nuestros pecados. Pues, aunque Cristo en ocasiones interprete la ley, no es éste su ministerio propio ni para eso ha sido enviado por el Padre.

 

40. Dios es incomprensible e invisible; lo que pueda abarcarse y verse no es Dios. Dicho de otra manera: Dios es visible o invisible. Es visible en su palabra y en sus obras; no se le puede poseer si faltan estas dos cosas, porque sólo se deja encontrar allí donde se ha manifestado. Ellos creen que le han aprehendido en fuerza de sus especulaciones, cuando con ellas lo que aprehenden es al diablo que se hace pasar por Dios. Quiero advertir a todos que no es conveniente lanzarse a los altos vuelos de la especulación, y que en este mundo es mucho mejor arrimarse al pesebre y a los pañales, donde yace la plenitud de la divinidad en persona, como dice san Pablo a los Colesenses (cap. 2). Ahí sí que no puede engañarnos Dios, ahí se le halla con toda seguridad. Quisiera que no se olvidase esta norma después de mi muerte.

 

41. A base de razón es imposible aprehender y entender lo que es Dios el creador. Por este motivo pensó «esto es inútil; la razón humana no puede alcanzarme, porque le resulto demasiado grande y elevado. Voy a hacerme pequeño para que le sea posible llegar a mí; voy a darles a mi hijo, y que se torne en víctima, en pecado, en maldición, y para que me obedezca a mí, el padre, hasta la muerte en la cruz». Y esto es lo mismo que empequeñecerse y hacerse inteligible. Pero ¿dónde encontrar a los que lo crean y lo acepten? «¿Dónde están los otros nueve?» [Le 17, 17].

 

42. En otra ocasión, afirmaba el doctor Martín Lutero que no podía conocer a Dios sino en Cristo, y dijo: « Me quejaba una vez al doctor Staupitz de lo terriblemente que me atormentaba la predestinación». Entonces me contestó: «En las llagas de Cristo, y no en otra parte, puede comprenderse y encontrarse la predestinación, porque está escrito: a él tenéis que escuchar» [Mt 17, 5]. El Padre está demasiado arriba y por eso pensó: «Quiero construir un camino por el que se pueda llegar hasta mí. Ese camino es Cristo; creed en él, estad pendientes de él, y así podréis dar conmigo en el tiempo oportuno». Pero nosotros no lo cumplimos, y ahí está el motivo de que no podamos alcanzar ni comprender a Dios. No podemos ni imaginarnos lo que es, mucho menos lo que piensa. No será comprendido. Quiere ser asequible sólo a través de Cristo. ¿Deseas saber el motivo de la condenación de tanta gente? Radica, ni más ni menos, en que no hacen caso de lo que Cristo dice y enseña. En Cristo es donde debéis dar con lo que soy y con lo que quiero; sólo en él ‑no en lugar ninguno del cielo o de la tierra‑ lo encontraréis .

 

El cristiano, pecador y confiado

 

43. Decía el doctor Martín Lutero al doctor Jonas, cuando un barbero le estaba cortando el cabello y rasurando la barba en Eisleben: «El pecado original es igual que la barba del hombre; a pesar de que se la afeite hoy y quede la cara totalmente lisa, al día siguiente vuelve a aparecer. Y este crecer del cabello y de la barba no cesa durante toda la vida; sólo acaba con la tumba. Pues de la misma manera permanece y actúa el pecado original a lo largo de la existencia humana. Pero hay que combatirle y cortar esta especie de cabello sin desmayo»

 

44. Propiamente, la pena del pecado original consiste en no reconocer a Dios, en no saber nada de él, lo cual es una maldición. Después, en no conocer a los demás, en no tenerlos en cuenta; es decir, en hacerles daño, matarlos, asesinarlos. Y, en tercer lugar, en no conocerse uno a sí mismo, o sea, en estar preocupado sólo por sí mismo, en buscar el bien propio aunque sea con perjuicio de los demás.

 

45. A Dios no se le puede comprender; sin embargo, se le puede percibir. Permite que se le vea y se le sienta en todo, se revela como un bondadoso hacedor que realiza y nos da todo lo bueno, según vemos demostrado en el sol y en la luna, con el cielo y la tierra, con los frutos todos que maduran. El fallo de no reconocer a Dios en esas obras suyas y en los innumerables beneficios, no hay que imputárselo al creador, como si quisiera que todo esto nos lo velase; no, el fallo no está en él, sino en nosotros. Porque la humana naturaleza quedó tan corrompida y envenenada por el pecado original, que nos resulta imposible darnos cuenta de todo esto, reconocerlo y comprenderlo.

 

46. El cristiano ha de ser un hombre alegre. Aunque tengas que sufrir tantas calamidades como te acosan desde fuera y desde dentro, del mundo y del demonio, déjalo que pase. Consuélate, acude a Dios y ten paciencia; el que es tu salvador no permitirá que te quedes sin consuelo ni ayuda, ni que las tentaciones te venzan y te pierdan. Estas tentaciones nos son necesarias y buenas, para que la potencia de Dios se realice en nuestra debilidad. Si los santos patriarcas, los profetas, los apóstoles, fueron tan pusilánimes, ¿cómo no lo vamos a ser nosotros, pobres, miserables y débiles gusanillos, ahora, cuando la impiedad se ha apoderado de todo, enfriando la fe y la caridad y haciendo que desaparezcan casi por completo de la faz de la tierra? Pues, a pesar de todo, ved de qué forma tan admirable sigue Dios manteniendo a su iglesia.

 

47. Dios goza con que comamos, bebamos, estemos alegres y disfrutemos de todas las creaturas, porque para eso las ha creado. No quiere él, contra lo que solemos hacer, que nos quejemos de no habernos provisto suficientemente ni de que no pueda alimentar y saciar nuestros cuerpos corruptibles. Y sólo para que le reconozcamos como Dios nuestro y le agradezcamos sus dones.

Después de la comida se habían servido uvas, nueces, melocotones y otras cosas; al ver las ganas con que todos lo comían, dijo: ¿qué pensará Dios nuestro señor allá arriba, al contemplar cómo nosotros, sentados aquí, estamos comiendo sus dones? Pues para eso los ha creado, para que los aprovechemos. Sólo nos pide a cambio que reconozcamos que estos bienes son suyos y que los disfrutemos con agradecimiento.

 

48. Dios quiere que estemos alegres, aborrece la tristeza; porque si deseara que estuviéramos tristes, no nos regalaría el sol, la luna y los frutos de la tierra, dones que nos tiende para nuestra alegría; al contrario, habría hecho todo tenebroso y no permitiría más salidas de sol ni retornos del verano.

 

49. El niño pequeño del doctor Martín, que se llama como su padre, tenía un perrito con el que estaba jugando. Al observarlo, dijo su padre: «Este muchacho está predicando la palabra de Dios con sus obras; porque Dios dice: "Dominad sobre los peces del mar y los animales de la tierra" [Gén 1, 26], y el perro aguanta cuanto el niño le hace»

 

50. Si lo quisiera, Dios podría ser riquísimo. Bastaría con acercarse al papa, al emperador, a los reyes, príncipes, obispos, doctores, acaudalados, comerciantes, burgueses y campesinos, y decirles: «Ahora mismo morirás si no me das cien mil florines», para que todos le contestasen: «Lo haré con mil amores, con tal de poder seguir con vida». Pero somos unos puercos tan ingratos, que no le entonamos un «Deo gracias» por tantos y tan grandes beneficios como a diario recibimos por su pura bondad y misericordia. ¿No es esto vergonzoso? El, padre generoso, no se deja arredrar por esta actitud, y continúa otorgándonos toda clase de bienes. Más agradecidos le estaríamos si distribuyese los bienes con más mezquindad. Si permitiera que los hombres viniesen al mundo con una pierna o un pie, y a los siete años les diese la otra pierna, a los catorce los adornase con una mano y a los veinte con la otra, entonces reconoceríamos mucho mejor los beneficios y los dones divinos, los agradeceríamos más, los valoraríamos más, al habernos visto privados de ellos durante ese transcurso de tiempo. Ahora bien, Dios sigue colmándonos de beneficios y nos los otorga casi todos de golpe.

En estos tiempos nos ha regalado el mar rebosante de su palabra; nos permite conocer varios idiomas, por doquier florecen las artes, y hoy día en cualquier sitio se compran libros excelentes por una nonada. Nos facilita, además, hombres instruidos que pueden impartir la enseñanza tan recta y ordenadamente, que cualquier muchacho que no sea un perfecto majadero está capacitado para en un año estudiar y aprender lo que antes costaba tanto. El arte resulta ahora tan barato, que debe costar poco más que el pan. Y nosotros ¡tan indolentes, tan desatentos, negligentes e ingratos! Que cierre Dios un poquito su mano suave y su misericordia, nos dé con menos abundancia y con más cicatería, que enseguida comenzaremos a mimar y adorar a las hordas herejes de los anabaptistas, a las sectas, a los falsos predicadores, a los que se burlan de Dios, pues con tanto descaro menospreciamos hoy día su palabra y a sus servidores .

 

4. La sagrada Escritura

 

Libro abierto a los sencillos

51. Ruego y exhorto con lealtad a todos los cristianos que no se apuren, que no se escandalicen por las palabras e historias tan simples que se contienen en la Biblia, ni desconfíen de ella por este motivo. Aunque a nuestro modo de ver se trata siempre de algo necio y simple, sin embargo ahí está palpitante la pura palabra, la obra, historia y relación de la majestad, poder y sabiduría del Dios altísimo. Porque es éste un libro que entontece a los sabios y cuerdos, y sólo se deja comprender por los sencillos y mentecatos, como dice Jesucristo en Mateo [11, 25]. Por lo tanto, prescinde de tu petulancia y de tu engreimiento, y considera a este libro como el más sublime de todos, el más noble reconfortante, como el más rico, insondable e inagotable de los filones. Dentro de él podrás encontrar la divina sabiduría: esa sabiduría que en la Biblia muestra Dios tan llana y sencillamente, que rebaja y avergüenza a los sabios encumbrados. En este libro encuentras el pesebre y los pañales que ocultan a Cristo, también ángeles y pastores. Son pañales sencillos e insignificantes, pero es muy preciado el tesoro Cristo que en ellos yace (WA 6.524).

 

52. Decía una vez el honorable señor doctor Martín Lutero al señor Felipe Melanchthon, al doctor Justo Jonas y a otros, a propósito de la sagrada Escritura, que se parecía ésta a un bosque inmenso con toda suerte de árboles, de los cuales se podía coger las frutas más variadas; que en la Biblia se podía encontrar todo consuelo, doctrina, enseñanza, advertencia, promesa, amenaza, etc. ; y que no había ningún árbol en este bosque al que no hubiera sacudido y del que no hubiera cortado un par de peras o manzanas.

 

Ley y evangelio

 

53. El antiguo testamento es un libro, fundamentalmente legal, que enseña lo que hay que hacer y lo que hay que evitar. Para ello, acude a ejemplos y sucesos que comprueban cómo se han cumplido o transgredido estas leyes. Pero, junto a las leyes, se contienen también algunas promesas y pasajes relacionados con la gracia, para que los padres santos y los profetas se mantuviesen, como nosotros en la fe en Cristo.

Por el contrario, el nuevo testamento es un libro en el que está escrito el evangelio y la promesa de Dios. Junto a ello, algunas historias también, y ambas cosas para los que creen y para los que no creen. No es más que una pública predicación y revelación de Cristo, pronunciada en el antiguo testamento y llevada a la plenitud por Cristo.

En el nuevo testamento, la enseñanza capital es la gracia y la paz por el perdón de los pecados revelado en Cristo; en el antiguo testamento, la doctrina más importante se centra en las leyes, en mostrar los pecados y en exigir el bien obrar.

El nuevo testamento y el evangelio no son otra cosa que un sermón de Cristo, hijo de Dios y de David, verdadero Dios y verdadero hombre, que por su muerte y resurrección ha vencido al infierno, a la muerte y los pecados de todos los que creen en él; pero por pura gracia y misericordia, sin necesidad de mérito, dignidad, buenas obras o virtudes.

Por eso, guárdate muy bien de convertir a Cristo en un Moisés, y al evangelio en una ley o en un código doctrinal, como hasta ahora ha sucedido. El evangelio no exige nuestras obras para ser justificados y salvados (incluso condena estas obras), lo que exige es la fe en Cristo, la confianza en que ha vencido por nosotros al pecado, a la muerte y al infierno, y, en consecuencia, nos justifica, santifica y salva por su propia obra, por su muerte y sus sufrimientos, no por las obras nuestras, a fin de que aceptemos su muerte y su victoria como si de nuestra propia victoria se tratara.

El hecho de que en el evangelio, tanto Cristo como Pedro y Pablo, den también múltiples preceptos y enseñanzas, que aclaren la ley, hay que verlo como otra de tantas obras, otro de tantos beneficios de Cristo. Y de la misma manera que el conocimiento de sus obras y de su historia no equivale al del evangelio (puesto que en fuerza de aquello aún no has llegado al conocimiento de su victoria sobre los pecados, la muerte y el diablo), tampoco es lo mismo tener perfecta noticia de estas leyes, de estos mandamientos, que tenerla del evangelio; éste llega sólo cuando se percibe la voz que dice: «La única garantía, el poder verdadero, es Cristo con su vida, su enseñanza, sus obras, su muerte, su resurrección y cuanto es, tiene y puede».

Por eso puede verse con toda claridad que Cristo no presiona, sino que enseña amicalmente, y dice: "Bienaventurados los pobres, etc." [Mt 5, 3]; "acudid a mí todos los que estéis cansados y cargados" [Mt 11, 28]. Y los apóstoles recurren a las expresiones de «exhorto, ruego, pido». Por todo ello, podéis ver que el evangelio no es un código legal, sino únicamente un sermón de los beneficios de Cristo, que se nos dirige y se nos da para que creamos en él, y sólo para esto. Por el contrario, Moisés en sus libros impele, obliga, grita, golpea y castiga, para amedrentar, ya que él es un legislador y un conductor.

 

La Biblia, no la glosa

 

54. Se lamentaba en cierta ocasión el doctor Lutero por la multitud de libros que había, de forma que daba la sensación de que el escribir no conocía mesura ni límites, que todo el mundo estaba ansioso