...Para
la ordenada comprensión de este sagrado cántico, es
preciso tener en cuenta que la bienaventurada virgen María
habla en fuerza de una experiencia peculiar por la que el Espíritu
santo la ha iluminado y adoctrinado. Porque es imposible entender
correctamente la palabra de Dios, si no es por mediación
del Espíritu santo. Ahora bien, nadie puede poseer esta gracia
del Espíritu santo, si no es quien la experimenta, la prueba,
la siente. Y es en esta experiencia en la que el Espíritu
santo enseña, como en su escuela más adecuada; fuera
de ella, nada se aprende que no sea apariencia, palabra hueca y
charlatanería. Pues bien, precisamente porque la santa Virgen
ha experimentado en sí misma que Dios le ha hecho maravillas,
a pesar de ser ella tan poca cosa, tan insignificante, tan pobre
y despreciada, ha recibido del Espíritu santo el don precioso
y la sabiduría de que Dios es un señor que no hace
más que ensalzar al que está bajado, bajar al encumbrado
y, en pocas palabras, quebrar lo que está hecho y hacer lo
que está roto. Porque lo mismo que al comienzo de la creación
hizo el mundo de la nada (por eso se llama creador y omnipotente),
de la misma forma seguirá actuando hasta el final de los
tiempos de tal suerte, que lo inexistente, lo insignificante, los
menospreciado, lo miserable y lo que está muerto lo trueca
él en algo precioso, honorable, dichoso y viviente. Y por
el contrario, todo lo precioso, honrado, dichoso y viviente lo trasforma
en nonada, pequeñez, en despreciado, miserable y perecedero.
Ninguna criatura puede obrar de esta suerte, le resulta imposible
crear algo de la nada. Por eso, la mirada de sus ojos se dirige
sólo hacia abajo, no se eleva hacia arriba, como dice Daniel:
«Estás sentado sobre los querubines, y miras hacia
lo profundo del abismo»; y el Salmo 137: «Dios es el
más excelso, mira hacia abajo y se fija en los pequeños,
a los elevados los conoce de lejos» [2]; lo mismo en el Salmo
111: «¿Dónde hay un Dios semejante al nuestro,
que se está sentado en las alturas y que, sin embargo, mira
hacia abajo, sobre los humildes del cielo y de la tierra?»
[3]. Y es que el Altísimo no tiene nada por encima de sí
mismo: por eso no puede mirar hacia arriba; como nadie hay que sea
igual a él, tampoco puede mirar en torno suyo. Por eso sólo
puede dirigir sus ojos o hacia sí o hacia abajo, y cuanto
más bajo se encuentre uno en relación con él,
tanto mejor lo ve.
...A pesar de todo, el mundo y los ojos
humanos obran absurdamente; sólo miran hacia arriba, quieren
subir más y más, como está escrito en los Proverbios
(cap. 30): «Es éste un pueblo de ojos altivos, cuyos
párpados se dirigen hacia arriba» [4]. Esto puede ser
comprobado a base de la experiencia de todos los días: cómo
lucha todo el mundo por ascender, por el honor, por el poder, la
riqueza, el arte, el bienvivir y por cuanto hay de grande y elevado.
Todo el mundo se empeña en estar pendiente de las personas
de este estilo, se las busca, se las sirve con gusto, porque todos
quieren participar de su rango; no en vano la sagrada Escritura
reserva el título de piadosos a tan escasos reyes y príncipes.
Por el contrario, nadie quiere mirar hacia abajo, todos apartan
los ojos de donde hay pobreza, oprobio, indigencia, miseria y angustia;
se evita a las gentes así, se las huye, se escapa uno de
ellas, y a nadie se le ocurre ayudarlas, asistirlas, echarles una
mano para que se tornen en algo: así se ven obligadas a seguir
abajo, entre los pequeños y menospreciados. Entre los humanos
no hay ningún creador que esté dispuesto a hacer algo
de la nada, a pesar de que san Pablo (Rom 12) escriba y enseñe:
«Queridos hermanos, no hagáis caso de las cosas elevadas
sino de las humildes» [5].
...Dios es el único en mirar
hacia lo de abajo, hacia lo menesteroso y mísero, y está
cerca de los que se encuentran en lo profundo, como dice Pedro:
«Resiste a los altivos y se muestra gracioso con los humildes»
[6]. De aquí es de donde surge el amor y la alabanza de Dios.
Nadie podría alabar a Dios si antes no le hubiere amado,
ni nadie le puede amar si no le conoce de la forma mejor y más
suave; la única forma de conocerle así es a través
de las obras que manifiesta en nosotros y que sentimos y experimentamos.
Donde se ha llegado a experimentar cómo hay un Dios que dirige
su mirada hacia abajo y que ayuda sólo a los pobres, a los
despreciados, a los miserables, a los desventurados, a los abandonados
y a los que no son nada, allí es donde se le ama de corazón,
donde el corazón sobreabunda de gozo, exulta y salta en vista
de la complacencia con que Dios le ha regalado, y donde el Espíritu
santo en un instante y por experiencia ha enseñado esta ciencia,
este deleite sobreabundante.
...Por eso nos ha sometido Dios a todos
a la muerte y ha regalado a sus amadísimos hijos y cristianos
la cruz de Cristo, juntamente con innumerables sufrimientos y necesidades;
permite a veces hasta que se caiga en el pecado para tener que mirar
él con frecuencia a los abismos, para ayudar a muchos, para
obrar incontables cosas, para manifestarse como creador verdadero;
para que se le pueda conocer, amar y alabar precisamente en lo que
el mundo, por desgracia y por su altanera mirada, le resiste sin
cesar, estorbando su visión, su obrar, su ayuda, reconocimiento,
amor y alabanza. Al arrebatar a Dios honor tal, se está robando
uno a sí mismo la alegría, el gozo y la felicidad
que acarrea.
...Este es el motivo por el que ha arrojado
incluso a su único, queridísimo hijo, Cristo, a las
simas de la miseria y por el que muestra en él maravillosamente
su mirar, su hacer, su ayuda, su forma de ser, su consejo, su voluntad,
así como la finalidad que todo esto entraña. Por eso
la vida de Cristo es una eterna pletórica experiencia de
esta confesión, de este amor y de esta alabanza de Dios,
como dice el Salmo 15: «Le has colmado de alegría delante
de tu rostro» [7]; es decir, que él te ve y te conoce.
Sobre lo mismo dice también el Salmo 44 que lo único
que tienen que hacer todos los santos en el cielo es alabar a Dios,
porque se ha fijado en su bajeza y así se ha tornado visible,
amable y loable para todos [8].
...Bien, pues esto mismo es lo que hace
la dulce madre de Dios: por el ejemplo de su experiencia y por medio
de su palabra nos dice la forma en que se tiene que reconocer, amar
y alabar a Dios. El hecho de que aquí se gloríe con
alegre y exultante espíritu de gozo y alabe a Dios por haberse
dignado mirarla, a pesar de su insignificancia y de su nada, nos
obliga a creer que sus padres fueron pobres, menospreciados, de
baja condición. Tratemos de imaginarnos esto en gracia a
los sencillos: es indudable que tanto en Jerusalén, como
en otras muchas ciudades, los sacerdotes encumbrados y los consejeros
tenían hijas ricas, encantadoras, jóvenes, instruidas,
honorables y consideradas por todo el país (como sucede en
nuestros días con las hijas de los reyes, de los príncipes
y de la gente acaudalada). Incluso en Nazaret, su ciudad, no era
ella la hija de los dirigentes superiores, sino la de un ciudadano
corriente y pobre, en la que nadie se había fijado y que
no llamaba la atención. Entre sus vecinos y los jóvenes
se la veía sólo como una simple muchacha encargada
del ganado y de la casa, indudablemente igual a una criada doméstica
de ahora que hace las tareas que se le ordena.
...Isaías (cap. 11) profetizó:
«Brotará una rama del tronco de Jesé y nacerá
de su raíz una flor sobre la que se posará el Espíritu
santo» [9]. Este tronco y esta raíz son la familia
de Jesé o de David, en concreto la virgen María, y
la rama y la flor es Cristo. Ahora bien, así como no es probable,
incluso ni creíble, que de un tronco y una raíz secos
y podridos broten ramas y flores hermosas, tampoco se puede concebir
que María, la virgen, se tornase en la madre de un hijo así.
Porque ya creo que no se la denomina tronco y raíz únicamente
por haber sido una madre que de forma sobrenatural concibió
virginalmente (como resulta sobrenatural que una rama brote de una
cepa muerta), sino también porque la rama y la familia de
David, en sus tiempos y en los de Salomón, verdearon y florecieron
en honor grande, en potencia, riqueza y prosperidad, y fueron tenidas
en gran estima ante los ojos del mundo incluso. Pero al final, cuando
Cristo tenía que llegar, los sacerdotes se habían
apropiado tal honor, eran los únicos que gobernaban, y la
casa real de David se había visto reducida a la pobreza y
al desprecio. Justamente como una cepa muerta, que no dejaba sospechar
ni esperar que de ella pudiera brotar un nuevo rey de tan elevado
rango. Y precisamente entonces, cuando esta falta de vistosidad
había tocado su punto máximo, llega Cristo para nacer
de esta menospreciada estirpe, de esta insignificante y pobre mozuela;
el renuevo y la flor brotan de una persona a la que las hijas de
los señores Anás y Caifás no hubieran creído
digna de ser su más humilde criada. De esta suerte las obras
y mirada de Dios tienden hacia la bajura, las de los hombres sólo
hacia las alturas.
...Y éste es el motivo de su
cántico de alabanza que ahora vamos a escuchar palabra por
palabra.
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