Biblioteca Luterana

Cartas de Lutero

 

Ni los escritos mayores, ni muchas veces sus obras ocasionales, son válidos para trazar los sen­timientos, las reacciones, las preocupaciones profundas y las alegrías de Lutero. De ahí que ‑con las Charlas de sobremesa‑ las cartas constituyan el mejor instrumento para reconstruir su biogra­fía íntima. No sólo eso; como podrá observarse, algunas de las cartas incluidas en nuestra edición, son verdaderamente programáticas o encierran contenidos básicos de su teología y de la historia primera del «protestantismo».

El hecho de que se haya podido reunir en la edición crítica de Weimar el elevado número de unas 4500 indica lo que en realidad debió ser la actividad epistolar de Lutero, ya que, forzosamente, las pérdidas tienen que ser más que las recogidas en estos 14 volúmenes de la citada edición.

Hemos procurado ofrecer muestras de todos los tonos, cartas donde pontifica, anatematiza, donde se humilla ante Erasmo, donde brama contra él, cartas en las que expone sus convicciones, sus miserias, de invitación a fiesta de boda, donde salta la ternura ante el hijo, las llenas de humor a su Kete y las hermosas antológicas de la serie de Coburgo. Esperamos que el esfuerzo de selección haya respondido a nuestra intencionalidad.

 

-------------------------

 

A Jorge Spalatino, siervo de Cristo y sacerdote del Señor, maestro eruditísimo, su amigo sincero e íntegro hermano.

 

Jesús. Salud.

 

Lo que me extraña en el eruditísimo Erasmo, querido Spalatino, es lo siguiente: que al interpretar al apóstol entienda la justicia de las obras, de la ley o propia (que así la llama el apóstol) como la observancia de las prácticas ceremoniales, y defienda, además, que en el capítulo quinto de los Romanos, el apóstol no quiso hacer referencia al pecado original (que él, por otra parte, admite). Si leyese los libros que Agustín escribió contra los pelagianos, y en especial Del espíritu y de la letra, Del mérito y remisión de los pecados, Contra dos cartas de los pelagianos y Contra Juliano, incluidos casi en su totalidad en el tomo octavo de sus Obras, se daría cuenta de que no habla personalmente, sino apoyado en padres de tanta importancia como Cipriano, Nacianceno, Rético, Ireneo, Hilario, Olimpio, Inocencio y Ambrosio. Si lo hiciese entendería correctamente al apóstol y tendría a Agustín en mayor aprecio del que hasta ahora le ha profesado.

Estoy seguro de que mi disentir de Erasmo proviene de que a la hora de interpretar las sagradas Escrituras prefiero seguir a Agustín antes que a Jerónimo en la misma medida en que él prefiere a Jerónimo antes que a Agustín. No es que me deje llevar por predilecciones de mi profesión religiosa cuando intento revalidar a san Agustín; es que me doy cuenta de que san Jerónimo busca deliberadamente el sentido histórico y ‑lo más admirable‑ que interpreta mucho mejor las Escrituras cuando lo hace de forma incidental (por ejemplo en las Cartas) que cuando lo quiere hacer exhaustivamente como en los Opúsculos.

La justicia de la ley o de las obras no se halla sólo en las prácticas, sino también, y más exactamente, en las obras de todo el decálogo; porque si se observan fuera de la fe en Cristo, aunque sean capaces de fabricar Fabricios, Régulos y hombres integérrimos, sabrán tanto a justicia como el serbal sabe a higos. Como opina Aristóteles, no es realizando cosas justas como nos justificamos ‑a no ser que se trate de una simulación‑, sino que justificándonos (por así decir) y siendo justos es como obraremos en justicia. Es necesario que se trasforme primero la persona y después se trasformarán las obras. Agrada Abel antes que su ofrenda. Pero dejemos esto para otra ocasión.

Te ruego que te portes como amigo y cristiano y hagas saber esto a Erasmo. Porque lo mismo que espero y deseo que su autoridad llegue a ser celebérrima, me temo que muchos se escuden en su patrocinio para defender la interpretación literal, es decir muerta, de la que están repletos los Comentarios de Lira y casi todos los posteriores a Agustín. Hasta al mismo Estapulense, Dios mío, tan espiritual y tan sincero por otra parte, le falta en la interpretación de la sagrada Escritura esta inteligencia que tiene tan presente en su vida y en sus consejos.

Me creerás un temerario al ver que me paso bajo la vara de Aristarco a hombres tan eminentes, pero has de saber que lo hago por la causa teológica y por la salvación de los hermanos.

Adiós, mi querido Spalatino, y ruega por mí. Te escribo a vuelapluma, en el rincón de nuestro monasterio,

 

el día siguiente a la fiesta de san Lucas. 1516. Fr. Martinus Luther, agustino.

 

***

 

A su integérrimo Jorge Spalatino, discípulo verdadero de Cristo y hermano.

 

Jesús. Salud.

 

Hasta ahora me has preguntado cosas, óptimo Spalatino, cuya respuesta dependía de mi capacidad o de mi temeridad; ahora, al rogarme que te oriente en lo que concierne al conocimiento de la sagrada Escritura, me planteas un problema que excede con mucho todas mis fuerzas. Y es que ni yo mismo puedo encontrar quien me guíe en asunto de tanta trascendencia. Cada uno, incluso los más eruditos y mejor dotados de ingenio, opina a su aire. Ahí tienes a Erasmo: afirma públicamente que san Jerónimo es un teólogo de categoría tal, que a seguir su gusto debería ser el único que se tomase en consideración. Pues bien, si osara anteponer a san Agustín, se me tomaría por árbitro parcial y sospechoso a causa de mis simpatías de profesión y de la sentencia divulgada y ha tiempo aceptada de Erasmo, quien afirmó que sería una desvergüenza enorme el comparar a Agustín con Jerónimo. Otros abundan en otras opiniones.

Por mi parte, dada mi pobre erudición y escaso ingenio, no me atrevería a decir nada en asuntos de tanta monta y entre jueces tan calificados. A Erasmo siempre le alabo y le defiendo ante todos los que deliberadamente aborrecen la sagrada Escritura o la desconocen por ignorancia, pero a sabiendas me guardo de vomitar en lo que disiento de él para no dar pábulo con mi voz a la envidia que le tienen, y esto a pesar de que vea en Erasmo muchas cosas que me parecen tan poco atinadas para llegar al conocimiento de Cristo. Todo esto, claro está, hablando en plan de teólogo, no de gramático; porque, de otra forma, el propio Jerónimo, tan celebrado por Erasmo, no encontraría nada más erudito e ingenioso que esto.

Has de saber que violarás lo sagrado de la amistad si comunicas a alguien mi opinión sobre Erasmo. No te lo digo en vano. Bien sabes que hay muchos que deliberadamente andan a la caza de motivos para calumniar a los buenos estudios. Quede en secreto lo dicho. Es más: no me hagas caso a mí mientras tú mismo no te hayas convencido de ello por la lectura.

No obstante, si te empeñas en saber mi programa de estudio, te lo confiaré por entero en plan de amigos íntimos, pero a condición de que no me sigas sino juiciosamente. Lo primero que has de tener presente es la certeza inquebrantable de que a la sagrada Escritura es imposible penetrarla a base de estudio y de ingenio. Por tanto, tu primer quehacer será el de empezar por la oración; pero una oración por la que le pidas que por su pura misericordia te conceda la inteligencia de su palabra si le agradara servirse de ti para su gloria, no para la tuya ni para la de ningún humano. Ningún maestro de las palabras divinas podrás encontrar que sea mejor que su propio autor, en conformidad con lo que dice: «Todos serán enseñados por Dios». Por tanto, te conviene sobremanera que desesperes de tu fuerza y de tu ingenio y confíes únicamente en la acción del Espíritu. Haz caso a quien te lo dice por experiencia.

Con esta humilde desesperación como base, lee después la Biblia por orden, desde el principio hasta el final, para que aprendas primero y de memoria la narración escueta (lo que me imagino que ya habrás hecho). Para esto te será muy provechoso san Jerónimo en sus Cartas y Comentarios, mas para llegar al conocimiento de Cristo y de la gracia ‑es decir, para penetrar en la inteligencia más secreta del espíritu‑ me parecen mucho más conducentes san Agustín y Ambrosio, porque da la sensación de que san Jerónimo «origenizó» (es decir, alegorizó) demasiado. Lo digo dejando a salvo el juicio de Erasmo, puesto que no me has pedido la opinión de Erasmo sino la mía.

Si te agrada mi método, comenzarás por el Del espíritu y la letra de san Agustín, obra que nuestro Karlstadt, varón de incomparables conocimientos, ha explicado y editado ya con admirables comentarios. Lee después el libro Contra Juliano y Contra dos cartas de los pelagianos. Añade también De la vocación de todas las gentes de san Ambrosio, bien que por el estilo, por el ingenio y por la cronología deba ser atribuido a otro autor; sin embargo, está lleno de erudición. Lo demás déjalo para después, si es que resultaren de tu agrado los que te he apuntado. Y perdona la temeridad de atreverme a anteponer en asunto tan arduo mi sistema al de otros de tanto peso.

Prescindiré, por fin, de la Apología de Erasmo, pero me afecta vehementemente el duelo que ha desencadenado entre estos dos príncipes de las letras. Erasmo está muy por encima de todos y es el que mejor habla, pero también es el más amargo a pesar de sus esfuerzos por conservar la amistad.

 

Adiós, Spalatino mío. En nuestro monasterio,

día de santa Prisca, cuando he recibido tu carta. 1518. Fr. Martinus Eleutherius.

 

El P. Staupitz anda por Munich, en Baviera; desde allí acaba de escribirme.

 

***

 

A su padre y superior en Cristo.

 

Jesús. Padre mío en el Señor:

 

al andar ocupado en tantas cosas me veo forzado a comunicarte poquísimas. En primer lugar, me creo que mi nombre hiede para muchos. Desde hace tiempo muchas personas buenas me achacan haber condenado los rosarios, coronas, oficios parvos, otras oraciones y hasta cualquier buena obra. Lo mismo le ocurrió a san Pablo con quienes le imputaban haber dicho «obremos el mal para que acontezca el bien». Lo que enseño, siguiendo la teología de Tauler y del librito de Cristian Aurifaber que tú mismo editaste, es que los hombres depositen su confianza, no en oraciones ni en méritos ni en obras propias, sino sólo en Jesucristo, porque no nos salvaremos por correr sino por la misericordia de Dios. De esta mi preocupación sacan el veneno que, como puedes ver, andan esparciendo. Pero lo mismo que no lo comencé tampoco cejaré en mi empeño movido por fama o infamia. Dios lo habrá de ver.

Esos mismos doctores escolásticos atizan el odio contra mi en fuerza del hervor de su celo y están a punto de enloquecer, por la sencilla razón de que antes que a ellos prefiero a los escritores eclesiásticos y a la Biblia. Y es que leo a los escolásticos con discreción, no a ojos cerrados (como es su costumbre), puesto que el apóstol preceptuó: "Probad todo, retened lo bueno". No les rechazo todo, mas tampoco les apruebo todo. Estos parlanchines acostumbran a tomar la parte por el todo, a convertir la chispa en incendio y la mosca en elefante. Gracias a Dios no me preocupan lo más mínimo estos fantasmas. Son pura palabrería y no pasarán de eso. Si se permitió a Scoto, Gabriel y a otros parecidos disentir de santo Tomás, si a los tomistas no les está vedado contradecir a todo el que se ponga por delante ni que entre ellos existan tantas divisiones como cabezas o incluso como crines de cada cabeza, ¿por qué no me van a conceder a mí esgrimir contra ellos el mismo derecho que se arrogan contra sí? Si Dios actúa, nadie podrá frenarle; nadie le podrá levantar si está descansando.

Adiós y ruega por mí y por la verdad divina doquier se halle.

Wittenberg,

31 de marzo de 1518. Fr. M. Eleutherius, agustino.

 

***

Al reverendo y óptimo padre Johan Staupitz, vicario de los Ermitaños de san Agustín, y en el culto de Cristo su patrón y superior.

 

Jesús. Salud.

 

Reverendo padre: Aunque estés tan lejos de mí y tan callado que ni escribas las esperadísimas cartas, me atreveré a quebrar el silencio. Deseo ‑y lo desean todos‑ que te dejes ver alguna vez en esta situación afligida por las plagas del cielo. Espero te habrán llegado mis Actas, es decir, la cólera y la indignación de Roma. Dios no sólo me conduce, me arrebata, me empuja; no estoy en mis cabales: quiero estar tranquilo y me veo arrojado al fragor de los tumultos.

Carlos Miltitz se entrevistó conmigo en Altenburg; estaba quejoso de que me hubiera ganado a todos para mi causa y los hubiese alejado de papa. De la exploración que hizo en todas las hosterías había deducido que apenas dos de cada cinco hombres estaban a favor de Roma. Después, en la corte del príncipe, me enteré de que venía armado con setenta breves apostólicos a fin de conducirme preso a la Jerusalén homicida, a esa Babilonia de púrpura. Cuando desesperó de este proyecto comenzó a tratar de que yo restituyese a la iglesia romana lo que le había robado y se empeñó en que me retractase. Al rogarle me indicase en lo que tenía que retractarme convinimos por fin en remitir la causa a algunos obispos. Le propuse al arzobispo de Salzburg, al de Tréveris y al de Freising. Por la tarde fui invitado, estuvimos alegres en la comida y nos separamos después de haberme dado el ósculo. Me comporté como si no estuviese al tanto de esas italianidades y simulaciones. También convocó a Tetzel y le reprendió. En Leipzig, al fin, le convenció de que gozase de un estipendio mensual de noventa florines más tres caballeros y un coche libres de todo gasto. Tetzel ha desaparecido; nadie -a excepción quizá de sus progenitores-sabe hacia dónde se ha dirigido.

Eck, mi hombre astuto, quiere arrastrarme a nuevas disputas, como puedes ver en lo que te adjunto. De esta manera se cuida Dios de que no ande yo ocioso. Pero, si es voluntad de Cristo, de esta disputa nada bueno saldrá para los derechos y usos de Roma, que son el báculo en el que Eck se apoya.

Me gustaría vieses mis opúsculos impresos en Basilea y que confrontases lo que los eruditos opinan sobre mí, sobre Eck, sobre Silvestre y sobre los teólogos escolásticos. Equivocándose deliberadamente, con muchísima gracia, llaman a Silvestre (además de otras cosas llenas de agudeza) magiro de palacio en lugar de maestro de palacio (el magiro griego significa cocinero). Esto sentará muy mal a los próceres romanos. Te lo ruego: reza por mí. Confío con firmeza en que el Señor forzará a tu corazón a cuidarse de mí. Soy un hombre que está en peligro y empujado a la sociedad, a la crápula, al prurito, a la negligencia y a otras molestias, además de las que me oprimen por oficio.

Por fin se avinieron los de Leipzig a la disputa de Eck; me acusan de temerario por haber escrito que la rechazaba y reclaman que cante la palinodia en un escrito personal. Pero me cercioré por el duque Jorge de que ellos habían rehusado con antelación y contesté en dos ocasiones que su decano había recusado antes mi petición, como en realidad hizo. De esta manera tan baja quiere esta gente impedir tal disputa; pero el duque Jorge sigue urgiéndola.

 

Adiós, bondadosísimo padre.

20 de febrero de 1519. Fr. Martinus Lutherus, agustino.

 

 

***

 

Jesús. Salud.

 

¡Tantas veces he conversado contigo, Erasmo, nuestra gloria y nuestra esperanza, y tú conmigo, y aún no nos conocemos! ¿No resulta extraño? No, no es extraño, sino la tarea de todos los días. ¿Quién hay cuyas reconditeces más profundas no ocupe Erasmo, al que Erasmo no enseñe, en el que no reine Erasmo? Me refiero, claro está, a quienes aman debidamente a las letras. Me agrada sobremanera que entre otros regalos de Cristo pueda enumerarse también el que a muchos resultes molesto; precisamente en eso me apoyo para discernir los dones del Dios clemente de los del Dios airado. Te felicito, porque al mismo tiempo que resultas tan grato a todos los buenos, desagradas no menos a quienes anhelan ser los únicos supremos y los más gratos.

Pero, necio de mí, que con las manos sin lavar y sin el prefacio de reverencia y honor me dirijo a ti, varón de categoría tal, como un desconocido se dirige a otro desconocido. Tu humanidad sabrá achacarlo a mi amistad o a mi impericia, ya que, habiendo transcurrido mi existencia entre los sofistas, ni siquiera aprendí la forma de saludar por carta a un varón erudito. De otro modo ¡con cuántas cartas te hubiera cansado ha largos tiempos, sin poder sufrir que me estuvieses hablando perpetuamente en la soledad de mi celda!

Pero cuando a través del óptimo Fabricio Capitón me enteré de que, gracias a aquella bagatela de las indulgencias, mi nombre había llegado a tu noticia, y que no sólo habías leído sino también aceptado mis insignificantes dichos en el prólogo a la edición postrera de tu Enchiridion, sentí la obligación, aunque fuese por esta barbarísima carta, de reconocer tu espíritu egregio, filón que enriquece al mío y al de todos. Aunque soy consciente de lo poco que significará para ti que por carta me confiese devoto y agradecido (a ti, a quien le sobra con que tu ánimo hierva en el oculto agradecimiento y amor de Dios, como a nosotros nos basta, a pesar de que no nos conozcas, con poseer tus sentimientos y tus obras en los libros sin necesidad de cartas ni de conversaciones personales), sin embargo ni el pudor ni la conciencia sufren que no manifieste mi agradecimiento por escrito, y más desde que mi nombre comenzó a salir de la oscuridad, para que a nadie se le ocurra interpretar el silencio como algo malintencionado y pésimo.

Por tanto, Erasmo mío, varón amable, si te parece reconoce a este menor hermano en Cristo, devotísimo y aficionadísimo tuyo, aunque por su ignorancia no merezca otra cosa que yacer enterrado en un rincón, desconocido hasta para el sol y el cielo de todos, que es lo que siempre deseé; no por desidia, sino porque era consciente de mi limitado ajuar. Pero no me explico qué hado torció las cosas, de modo que me veo forzado a padecer con gran vergüenza que mis ignominias y mi desafortunada ignorancia se vean agitadas y ajetreadas incluso ante los doctos.

Bien está Felipe Melanchthon; apenas si podemos conseguir entre todos que no exponga su salud en aras de su excesiva pasión por las letras. El ardor de su edad le quema en deseos de hacer todo al mismo tiempo. Buen servicio prestarías si le advirtieras por carta que se guarde por amor a nosotros y a las buenas letras; nada mejor podríamos prometernos que la salvación de esta cabeza.

Te saluda Andrés Karlstadt que en ti venera del todo a Cristo. Que el mismo Jesús te guarde siempre, óptimo Erasmo, amén. Verboso he resultado, pero estarás de acuerdo en que no te conviene leer siempre cartas eruditas y que, de vez en cuando, «con los enfermos has de enfermar».

 

Wittenberg,  día quinto de las calendas de abril, 1519.

 

***

 

 

Jesús. Salud.

 

Cuando estábamos en Augsburg, reverendísimo padre, al tratar de esté asunto mío, y entre otras cosas, me decías: «No olvides, hermano, que todo lo comenzaste en nombre de nuestro señor Jesucristo». Estas palabras las recibí no como dichas por ti mismo, sino proferidas por medio tuyo, y las tengo grabadas en mi memoria. Con tus mismas palabras te suplico: «Acuérdate también tú de que lo dijiste». Este negocio ha sido como un juego hasta ahora; al presente la cosa va más en serio y, a tenor de tus palabras, si Dios no lo completa es imposible que llegue a su término. Nadie puede poner en duda que todo se halla en la mano de Dios poderosísimo. ¿Quién puede decidir aquí? ¿Qué pensarán los hombres? Es tan violento el tumulto que se ha levantado, que me parece no será posible que se aplaque hasta el día postrero, que tanta es la animosidad a que por una y otra parte se ha llegado.

Aunque lance excomuniones, queme libros y me mate a mí mismo, no se encuentra el papado hoy en la misma situación que antaño. Todos los signos dicen que un gran portento está llamando a las puertas. ¡Qué afortunado habría sido el papa si se hubiese empeñado en componer la paz con medios buenos en vez de afrontar la cuestión tratando de eliminar a Lutero por el torbellino de la violencia! He quemado los libros y la bula del papa, y al principio lo hice con miedo y rezando, pero estoy más contento por haberlo realizado que por cuanto he hecho durante mi vida. Son más pestilentes de lo que me creía.

Emser, de Leipzig, ha escrito en lengua vernácula, hostigado por el duque Jorge, que está furioso conmigo, y que «respirando amenazas y muerte», dispuso en el mismo aula de forma impiísima se tomasen medidas contra mí.

El emperador me ha convocado por carta dirigida al príncipe. Al rehusar éste, revocó aquél la primera carta con otras. Sólo Dios sabe lo que sucederá.

Nuestro vicario Wenceslao marchó a Nürnberg. Zschessius se halla en Grimma y se dice que ha partido de allí; Dios se le conserve.

Aquí todo está floreciente como antes. Hutten ha apostillado la bula con anotaciones saladísimas contra el papa y está preparando otras cosas sobre lo mismo. Mis escritos han sido quemados tres veces: en Lovaina, en Colonia y en Maguncia con gran desprecio y peligro de los quemantes. Hasta Tomás Murner ha escrito, furioso, contra mí. Ese asno descalzo de Leipzig no me inquieta.

Adiós, padre mío. Ruega por la palabra de Dios y por mí. Estoy arrebatado y envuelto en estas olas.

 

Wittenberg,

día de san Félix, 1521. Martinus Lutherus, agustino.

 

***

 

Al reverendo y óptimo Juan Staupitz, maestro en sagrada teología, agustino ermitaño, su primogénito en el Señor.

 

Salud.

 

Me admira que mis cartas y mis librillos no hayan llegado aún a tus manos como deduzco de la tuya. Predicando a los demás me estoy descalificando a mí mismo, que hasta tal extremo me enajena el trato con los humanos. Por lo que te adjunto podrás hacerte una idea del espíritu con que todavía trato la palabra de Dios. Nada se ha hecho aún en Worms contra mí, pese a que los papistas andan maquinando designios perniciosos con furor envidiable. Spalatino me escribe diciéndome que el evangelio goza allí de tal favor, que espera no se me condene sin haberme escuchado y convencido.

En Leipzig, Emser, sin vergüenza de ninguna clase, ha escrito contra mí un libelo que es un amasijo de mentiras desde el principio hasta el fin. Me veo precisado a dar respuesta a este monstruoso engendro a causa del duque Jorge, que es quien alienta la locura del autor.

No me incomoda la noticia de que también contra ti se ha dirigido León; de esta suerte podrás erigir para ejemplo del mundo la cruz que tanto predicaste. No me gustaría que el lobo ese se contentase con tu respuesta en la que le concedes más de lo que es justo; lo interpretará como si renegases de mí y de todo lo mío, al declarar que te avienes a someterte a su juicio. Por eso, si Cristo te ama, te obligará a la revocación de este escrito, puesto que en esa bula se ha condenado cuanto hasta has enseñado y gustado. Como nada de esto te es desconocido, me parece que has ofendido a Cristo, ya que aceptas como juez al que es un furioso enemigo de Cristo, a quien se desencadena contra la palabra de la gracia. Tendrías que haber afirmado esto y haberle argüido por esa impiedad. Que no es para andar con miedos, sino para vocear, este tiempo en que nuestro señor Jesucristo se ve condenado, despojado y blasfemado. En la misma medida en que me exhortas a la humildad te exhorto yo a la soberbia; tu humildad es tan excesiva como excesiva es mi soberbia.

Pero la cosa va en serio. Vemos que Cristo está sufriendo. Si antes fue preciso callar, ahora, cuando el propio buenísimo salvador que se entregó a sí mismo por nosotros padece ludibrio por todo el mundo, ¿no lucharemos por él, no arriesgaremos nuestra cerviz? Mi padre, que es mucho más grave el peligro de lo que muchos se piensan; comienza a entrar en vigor lo del evangelio: «Al que me confiese delante de los hombres le confesaré yo ante mi padre, me avergonzaré del que de mí se avergonzare».

Que me crean soberbio, avaro, adúltero, homicida, antipapa y reo de todos los vicios, con tal de que no se me pueda argüir de callar impíamente mientras el Señor sufre y dice: «No hay escapatoria para mí; no hay quien se cuide de mi espíritu; miraba a mi derecha y nadie me reconocía». Tengo la confianza de que esta confesión me perdonará todos mis pecados. Que por este motivo lancé confiado cornadas contra ese ídolo y verdadero anticristo de Roma. La palabra de Cristo no es palabra de paz sino palabra de espada.  Pero « ¿qué diré yo, puerco de mí, a Minerva?».

Te escribo esto en confianza, porque mucho me temo que te erijas en intermediario entre Cristo y el papa que ya ves lo violentamente contrarios que son. Roguemos para que con el soplo de su boca destruya sin tardar el Señor Jesús a este hijo de la perdición. Si no quieres venir en pos de mí, deja que yo marche y me arrebate. Por la gracia de Dios no dejaré en mi tarea de echar en cara sus monstruosidades a ese monstruo.

De verdad que me ha llenado de tristeza tu sumisión, que me revela a un Staupitz tan distinto de aquel pregonero de la gracia y de la cruz. No me habría apenado si hubieses actuado de esta forma antes de la promulgación de la bula y de la ignominia hecha a Cristo.

Hutten y otros muchos escriben con fuerza en mi favor y están preparando canciones que harán muy poca gracia a esa Babilonia. Nuestro príncipe actúa con tanta prudencia y fidelidad como constancia. Por mandato suyo edito esas Aserciones en latín y alemán.

Te saluda Felipe y ruega para que crezca tu ánimo. Saluda por favor al médico Ludovico que me escribió tan doctamente. No he tenido tiempo para contestarle, pues tengo tres imprentas trabajando para mí solito. Adiós en el Señor y ruega por mí.

 

Wittenberg,

día de santa Apolonia, 1521.  Tu hijo Martinus Lutherus.

 

***

 

A su carísimo y fidelísimo siervo en Cristo, Jorge Spalatino, en Altenburg.

 

Jesús. Salud.

 

Recibí tu carta, así como las de Gerbel y Sapido, en la domínica Exaudi, querido Spalatino. He retrasado deliberadamente la contestación para que el ruido reciente de mi cautiverio no diese motivo a alguien para interceptar las cartas. Por aquí corren muchos rumores sobre mí; prevalece, no obstante, la opinión de que he sido capturado por amigos enviados de Franconia. Mañana expira el plazo del salvoconducto imperial. Me causa dolor lo que me dices del rigurosísimo edicto que dará motivo para violentar hasta las conciencias; y me duele no por mí, sino porque su imprudencia acabará arrojando todo el mal sobre sus cabezas y porque se están concitando cada vez más odios. ¡Cuánto odio suscitará esta desvergonzada violencia! Pero déjalo; posiblemente esté llegando ya el tiempo de su visitación.

Sigo sin noticias acerca de los nuestros de Wittenberg y de los demás sitios. Mientras íbamos a Eisenach la juventud de Erfurt asaltó por la noche las casas de algunos sacerdotes; estaba indignada porque el decano de san Severino, gran papista, agarrándole por la casulla, había expulsado públicamente del coro al maestro Drach, so pretexto de que estaba excomulgado, por la sencilla razón de que, junto con otros, me salió a recibir a mi llegada a Erfurt. Mientras tanto se esperan sucesos mayores. El consejo anda disimulando; no tienen buena reputación allí los sacerdotes, y se dice que la juventud artesana anda conspirando con los estudiantes. Posiblemente está cerca el cumplimiento del proverbio «Erfordia Praga».

Ayer me contaron que en Gotha fue mal recibido cierto sacerdote porque había comprado no sé qué para incrementar los ingresos de la iglesia y, con la excusa de la exención eclesiástica, se había negado a pagar los impuestos y tributos. Podemos palpar que el pueblo no puede ni quiere seguir aguantando el yugo papista, como dice Erasmo en su Boulé. No cesamos de urgirlo y de darlo importancia, porque, gracias a la luz reveladora de todo, hemos prescindido de la fama, de la opinión, y la especie aquella de piedad no vale ni reina ya como reinó hasta ahora. Veremos si en adelante se puede seguir oprimiendo y aumentando todo como hasta este momento se ha hecho.

Por mi parte, aquí estoy todo el día sentado, ocioso y crapuloso. Estoy leyendo la Biblia en hebreo y en griego. Voy a escribir un sermón en alemán sobre la libertad de la confesión auricular, continuaré con los salmos y los comentarios en cuanto reciba de Wittenberg algunas cosas necesarias, entre las cuales se encuentra el Magnificat que comencé.

No puedes hacerte idea de la amabilidad con que el abad de Hersfeld nos acogió. Hizo que su canciller y su tesorero salieran a nuestro encuentro a una legua larga de distancia; después, él mismo con muchos caballeros nos recibió a la entrada de su castillo y nos acompañó a la ciudad. En ella fuimos recibidos por el consejo. Nos regaló en su monasterio y me alojó en su propia habitación. Me obligaron a predicar un sermón a las cinco de la mañana, a pesar de que les advertí que se exponían a perder sus beneficios si la noticia llegaba a los imperiales y lo interpretaban como violación de la promesa dada al mandato de no predicar en ruta. Les dije, no obstante, que no había consentido en que se atase la palabra de Dios, como era la verdad. También prediqué en Eisenach a pesar de la protesta del acobardado párroco ante notario y testigos presenciales, acusándose con humildad de verse precisado a ello por miedo a sus tiranos. Quizá en Worms digan que con ello he violado la promesa, pero no ha sido así, porque no dependía de mí la condición de atar la palabra de Dios ni lo prometí; es más, de ir contra Dios, tampoco podría observarlo aunque lo hubiera prometido. Al día siguiente nos acompañó hasta la selva y, habiéndose unido a nosotros su canciller, nos ofreció a todos la comida en Berka. Por fin, y después de haber partido todo este acompañamiento con Jerónimo, entramos por la tarde en Eisenach y fuimos recibidos por los isenacenses que a pie salieron a nuestro encuentro.

A través de la selva fui a visitar a mis parientes que están esparcidos por casi toda la región. Me despedí de ellos, y cuando nos dirigíamos a Walterhausen, un poco más allá de las cercanías del castillo de Altenstein, fui capturado. Amsdorf tenía que estar forzosamente enterado de que alguien planeaba secuestrarme, pero ignora el lugar de mi cautiverio. El hermano que iba conmigo, al divisar a tiempo a los caballeros, saltó del carro y dicen que llegó a pie por la tarde a Walterhausen sin que nadie le saludara.

Aquí me hallo, despojado de mi hábito, disfrazado de caballero, con barba y cabellos luengos; te resultaría difícil reconocerme, porque ha ya mucho tiempo que ni yo mismo me conozco. Actúo con libertad cristiana, libre de todas las leyes de ese tirano, si bien es verdad que me gustaría que el puerco de Dresden se dignase matarme por predicar en público, si es que a Dios le agrada que padezca por su palabra.

 

Adiós y ruega por mí. Saluda a toda tu corte.

En el Monte,

martes de la domínica Exaudi, 1521. Martinus Lutherus.

 

***

 

No acabáis de dar razones suficientes para medir con el mismo rasero el voto de los sacerdotes y el de los frailes. A mí lo que más me convence es que el orden sacerdotal fue establecido como libre por Dios; no así el de los monjes que espontáneamente eligieron y ofrecieron a Dios su estado. Casi me atrevería a decidir que quienes ingresaron en estas fauces antes de su pubertad pueden salir sin escrúpulo, si no fuese porque aún no me atrevo a sentenciar nada acerca de los que ya son viejos y han vivido durante largo tiempo en este estado.

Por lo demás, Pablo afirma con toda libertad que fueron los demonios quienes vedaron el matrimonio a los sacerdotes; ahora bien, como la voz de Pablo es la voz de Dios, no hay duda de que hay que fiarse de ella, de forma que aunque hubieran pactado esta prohibición diabólica al principio, ahora, cuando son conscientes de a quién se lo prometieron, hay que romper confiadamente el pacto.

Esta prohibición del diablo, expresada claramente en la sagrada Escritura, me obliga y fuerza a aprobar lo realizado por el obispo cameracense. Dios no engaña ni miente al decir que ésta es una prohibición del diablo. Por tanto, no puede ser estable el pacto firmado, ya que se ha hecho en fuerza de un error impío contra Dios y, además, después de haberlo él reprobado y condenado. Dice expresamente ser espíritus del error los autores de prohibición tal.

¿Por qué, entonces, vas a temer el aceptar esta divina sentencia, aunque se opongan todas las puertas del infierno? No se puede comparar esto con el juramento que los hijos de Israel hicieron a los gabaonitas, porque tenían el precepto de ofrecer la paz y de admitirla si les era ofrecida; por eso los admitieron en calidad de prosélitos adheridos a su rito. Todo se hizo en Gabaón: nada hubo en ello que se hiciera contra Dios ni por sugestión de los espíritus del error, y aunque al principio murmurasen, después se avinieron a ello.

Añade además que el celibato es una institución meramente humana; el hombre que lo instituyó puede rescindirlo y, por tanto, puede ejecutarlo un cristiano cualquiera. Fíjate que lo digo incluso suponiendo que no haya sido establecido por los demonios sino por un hombre bueno.

Al no contar con esta sentencia divina en lo que a los monjes se refiere, no es seguro afirmar de ellos lo mismo. Personalmente no me atrevería a hacerlo y, por lo mismo, tampoco aconsejaría a los demás que lo hicieran, ¡Ojalá nos fuese posible hacerlo para que en adelante nadie se hiciera monje o para que salieran los que lo son y se encuentran en la edad de la lujuria. Hay que evitar los escándalos, aunque fuesen lícitos, en las cosas en que la Escritura no se nos manifiesta con claridad.

En cuanto a lo que el óptimo Karlstadt cita de san Pablo, «hay que evitar las viudas jóvenes y elegir las sexagenarias», ¡ojalá fuese convincente! Porque pueden fácilmente argüir que el apóstol lo establece para las futuras, ya que de las anteriores dice estar condenadas por haber faltado al primer compromiso. Esa autoridad burlada no puede constituir un fiel apoyo para la conciencia, que es lo que andamos buscando. Y ¿qué es sino la razón la que concluye que «mejor es casarse que abra sarse» para evitar la fornicación?. Van entonces al matrimonio con el pecado de haber roto el pacto. Sólo buscamos la Escritura y el testimonio de la voluntad divina. ¿Quién sabe si al abrasarse hoy se abrasarán también mañana?

Ni yo me atrevería a conceder a los sacerdotes el matrimonio sólo por ese abrasarse, si san Pablo no dijese que tal prohibición del matrimonio es errónea, diabólica, hipócrita y condenada por Dios. O sea, que aun prescindiendo del ardor, tienen que abandonar el celibato sólo por el temor de Dios. Pero sobre este problema sería útil discutir con mayor detenimiento. Me gustaría más que nada ayudar a los frailes y a las monjas, pero me dan pena esos pobres muchachos y muchachas, atormentados por las poluciones y la comezón.

En cuanto a la comunión bajo las dos especies no argüiré por ejemplos sino a base de palabra de Cristo. No hay argumento que convenza de que peca o deje de hacerlo quien reciba una sola especie; lo que hay que tener en cuenta es que Cristo no exige ninguna de las dos, como no exige necesariamente el bautismo cuando un tirano o el mundo hacen imposible recurrir al agua. También la violencia de las persecuciones separa al marido y a la mujer que Dios prohibió se separasen, sin que el uno ni el otro consientan en la separación. De la misma manera tampoco quieren los corazones piadosos verse privados de la segunda especie, y quienes lo consienten y aprueban nadie podrá negar que son papistas, no cristianos, ni que cometan pecado.

Si no existe esta exigencia de necesidad, y puesto que hay un tirano que urge, no veo cómo pueden pecar quienes reciben sólo una especie. ¿Quién podrá eliminar por la fuerza al tirano que se opone? Por tanto, lo único que vale es la razón que dicta que no se observa lo establecido por Cristo, pero nada define la Escritura, sin la cual no podemos afirmar que constituya pecado. Es algo formado por Cristo, pero libremente permitido y no puede ser cautivado ni en el todo ni en la parte. ¿Qué hacer si, como en el caso del mártir Donato, se rompiese y derramase el cáliz y algunos no pudieran comulgar esta especie por que no hay a mano más vino o se diesen otras circunstancias? En resumen, que, ya que la Escritura no lo hace, no me atrevo a decir por mi parte que esto sea pecado. Es muy conveniente, sin embargo, que restauréis a su prístino estado esta enseñanza de Cristo, y precisamente esto era lo primero que había pensado solicitar en cuanto hubiera regresado ahí. Conocemos ya muy bien a este tirano y podemos resistirle para no vernos obligados a comulgar sólo bajo una especie.

Lo que nunca volveré a hacer es celebrar la misa privada. Ruego fervientemente a Dios que se apresure a regalarnos su espíritu en abundancia. Sospecho que no tardará Dios en visitar a Alemania por lo bien merecido que lo tiene su incredulidad, su impiedad y su odio al evangelio. Cuando ello suceda nos echarán a nosotros la culpa de este azote, por haber provocado a Dios con nuestra herejía y nos «convertiremos en el oprobio de los hombres y el desecho de la plebe»; pero ellos hallarán excusa para sus pecados, se justificarán a sí mismos comprobando que los réprobos no se han de convertir ni por la bondad ni por la ira y muchos se escandalizarán. Hágase, hágase la voluntad del Señor. Amén.

Si eres predicador de la gracia, predica la gracia verdadera, no la gracia fingida; si la gracia es verdadera, ten la seguridad de que se trata del pecado verdadero, no del fingido, porque Dios no salva a los pecadores fingidos. Sé pecador y peca fuerte, pero confía y alégrate más fuertemente aún en Cristo, vencedor del pecado, de la muerte y del mundo. Hay que pecar mientras vivamos aquí. Esta vida no es la morada de la justicia, sino que, como dice Pedro, estamos a la espera de cielos nuevos, de una tierra nueva en la que habite la justicia. Basta con que por la riqueza de la gloria hayamos conocido al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; de éste no nos apartará el pecado, incluso aunque forniquemos y matemos miles y miles de veces cada día. ¿O es que crees que tan menguado es el precio de la redención de nuestros pecados, pagado por tan grande y buen cordero?

Reza fuerte aunque seas un pecador fortísimo.

Día de san Pedro apóstol, 1521

 

 

***

 

Jesús. Salud.

 

No me preocupa lo más mínimo el juicio de Capitón ni el de Erasmo ni me cambian nada la opinión que sobre ellos tengo formada. Temí que me las tendría que ver con alguno de ellos en cuanto me di cuenta de que Erasmo estaba muy lejos del conocimiento de la gracia, puesto que en todos sus escritos no atiende a la cruz sino a la paz. Cree que todo puede ser tratado con una cierta cortesía y benevolencia; pero Behemoth no se anda con estos miramientos y con ese sistema nadie se enmienda.

Recuerdo lo que a sí mismo se aplicaba en su prólogo al nuevo testamento: "Al cristiano le resulta fácil despreciar la gloria". Yo pensaba para mis adentros: "¡Oh, Erasmo, mucho me temo que te equivoques!". Cosa grande es despreciar la gloria, mas no se refería al desprecio que le podían hacer los demás sino al que tenía en su pensamiento. Si no tiene ningún significado el desprecio de la gloria de palabra, menos valor tendrá el que existe sólo en el pensamiento. Ahora bien, según san Pablo, «el reino de Dios está en la potencia»; por eso aún no me he podido gloriar de nada más que de la palabra de la verdad que me confió el Señor.

Y por eso, los escritos de estos hombres que se abstienen de increpar, de morder, de ofender, no logran nada. Si se corrige educadamente a los pontífices, lo toman como una lisonja, y como si gozasen del derecho de incorregibilidad continúan tan satisfechos de ser tremendos y de que nadie se atreva a reprenderlos. Estos son los personajes representados por tu Plutarco en su libro De la adulación y a los que Jeremías increpa de manera más severa y terrible: «maldito quien realiza fraudulentamente el trabajo del Señor». Habla de la acción de la espada contra los enemigos de Dios. Incluso a mí me asusta y me remuerde la conciencia porque en Worms hice caso del consejo que me diste tú y los amigos, y no me mostré fuerte de espíritu ni me exhibí cual nuevo Elías ante aquellos ídolos. Otras cosas oirían si de nuevo compareciese ante ellos. Pero no hablemos más de esto.

El duque Juan el mayor se ha enterado de mi paradero, cosa que hasta el momento ignoraba; mi hospedero se lo ha dicho en secreto, pero sabrá callar. Bien me encuentro aquí, pero, miserable como soy, me voy haciendo perezoso, languidezco y me enfrío en el espíritu. Hoy, después de seis días, he hecho del vientre tan duro, que creí iba a exhalar el alma. Ahora estoy sentado, doliente como una recién parida, lacerado, herido, sangrante, y esta noche no tendré ningún descanso o muy escaso. Doy gracias a Cristo que no me priva de algunas partículas de la santa cruz. Me curaría de todas las heridas si tuviese el vientre ligero; mas lo que sana en cuatro días vuelve a abrirse en cuanto voy otra vez a defecar. Te lo digo no para que me compadezcas, sino para que me congratules y ruegues para que me haga digno del fervor espiritual. Ha llegado el tiempo de orar con todas las fuerzas contra Satanás, porque anda gestando alguna tragedia funesta contra Alemania. Yo me estoy temiendo que el Señor se lo permita y aquí me tienes roncando y perezoso para orar y resistir, hasta tal punto que estoy violentamente descontento y cansado de mí mismo, a lo mejor porque me encuentro solo y vosotros no me ayudáis. Oremos y vigilemos para no entrar en tentación. Por ahora no tengo más que decirte. Todo lo demás ya lo sabes.

Me alegro de que Wittenberg prospere, tanto más cuanto que esto sucede durante mi ausencia, para que lo vea el impío, se irrite y perezcan sus deseos. Que Cristo lleve a buen término lo que empezó. Desearía vivamente que Felipe predicase a la gente en algún lugar de la ciudad los días de fiesta, cuando suelen entregarse a la bebida y a los juegos, para que se fuese introduciendo el hábito de la libertad y se restituyeran la cara y las costumbres de la iglesia primitiva. Porque si hemos roto todas las leyes humanas y rechazado sus yugos ¿por qué ha de ser un obstáculo el hecho de que no esté ungido ni tonsurado y que sea casado? Si el anunciar la palabra es una función sacerdotal, él es sacerdote y como sacerdote actúa de hecho; de otra forma ni Cristo sería sacerdote, él que enseñaba en las sinagogas, en las barcas y riberas, en las montañas: siempre fue idéntico en todos los lugares y en todos los momentos. Por tanto, ya que nadie puede negar que ha sido llamado por Dios y que ejerce el ministerio de la palabra, ¿qué importa que no haya sido llamado por esos tiranos, obispos no de las iglesias sino de caballos y lacayos de príncipes? No obstante, conozco muy bien los sentimientos de este hombre y sé que no se avendrá a mis razones.

Tiene que ser llamado y urgido por mandato e impulso de la comunidad entera; si ella se lo pide y se lo exige, no debe ni puede rehusar. Si yo estuviera presente, desplegaría todo mi esfuerzo con el consejo y el pueblo para que le pidiesen les explicase en privado y en alemán el evangelio, como ha empezado ya a hacerlo en latín: se convertiría así en obispo en alemán lo mismo que lo es ya en latín. Me gustaría que bregaras por tu parte para que tal cosa se haga una realidad, porque lo que más urgentemente necesita el pueblo es la palabra de Dios; y ya que ésta abunda en él más generosamente que en los demás, ya ves que, urgiéndolo la conciencia y exigiéndolo Dios, tenemos la obligación de llamarle para que no se desperdicie el fruto de la palabra.

Te será fácil tratar este asunto en el consejo por mediación de Lucas y Cristian para que Cristo vindique mi ausencia y mi silencio con su predicación y su voz para confusión de Satanás y sus esbirros. Orígenes enseñó en privado alas mujeres, ¿por qué razón no intentar él lo mismo, ya que puede y debe hacerlo? Y más cuando el pueblo está necesitado y sediento. Te ruego que no te dejes convencer a la primera por sus excusas. Redactará folios hermosos, que es algo que le va bien. No hay que ambicionarlo, pero tiene que ser urgido y llamado por la iglesia, incluso hasta rogado, para que preste este servicio y haga no lo que le resulte útil a él, sino lo que sea útil para muchos. Te lo suplico: pon la mayor diligencia en arreglarlo, ayudándote de amigos que, juntos, puedan apoyarlo.

 

Y adiós. Acuérdate de mí ante el Señor.

Desde el desierto, [90]

 día siguiente a la natividad de María, 1521. Tu Martinus Luther.

 

***

 

A Jorge Spalatino, discípulo de Cristo, su amigo en la fe.

 

Jesús. Salud.

 

No creo que haya recibido jamás una carta tan desagradable como la última tuya; estaba decidido no sólo a retrasar la respuesta, sino también a no contestarte.

En primer lugar, no estoy dispuesto a aguantar lo que me dices de que el príncipe no soportará que escriba contra el de Maguncia ni nada que pueda perturbar la paz pública; antes me quedaré sin ti, sin el mismo príncipe y sin nadie en el mundo. Si me enfrenté con el papa, creador del maguntino, ¿voy a detenerme ante su criatura? Dices muy bonitamente que no hay que perturbar la paz pública, ¿y sufrirías que se turbase la paz eterna de Dios con las acciones impías y sacrílegas de esa perdición? No sucederá tal, Spalatino; no ocurrirá esto, príncipe, sino que por amor a las ovejas de Cristo y para ejemplo de los demás hay que resistir encarnizadamente a este peligrosísimo lobo. Por eso te mando el libelo que tenía preparado contra él cuando recibí tu carta que no me ha hecho cambiar en nada, aunque lo había sometido al juicio de Felipe para que lo corrigiese en lo que creyera menester. No se te ocurra impedir la devolución del libro a Felipe ni disuadirle. Da por supuesto que no te haré caso.

No te debiera haber impresionado que nosotros y nuestros amigos nos veamos en la precisión de oír insultos por parte de nuestros adversarios o de los excesivamente prudentes en las cosas divinas, ya que sabes muy bien que ni Cristo ni el apóstol fueron gratos a los hombres. Además, hasta ahora no ha llegado a mis oídos que a los nuestros se les acuse de crimen alguno, sino sólo de despreciar la impiedad y las doctrinas de perdición, aunque no me agraden las actitudes de los jóvenes que recibieron mal al enviado de los antonianos. Pero ¿quién sería capaz de frenar a todos siempre y en todo lugar? ¿O es que ellos jamás obran mal? Hasta los discípulos sufrieron el oprobio de Judas Iscariote y a diario tienen que soportar las comunidades a los miembros malos; sólo a nosotros se nos exige que el can no refunfuñe. Te suplico que no esperes la redacción de una apología para cada uno de aquellos a quienes desagrada Wittenberg; no hay nada más imposible.

No perecerá el evangelio porque alguno de los nuestros peque de inmodesto: los que por este motivo se alejen de la palabra están probando que no fue a ella a quien aceptaron sino sólo su gloria. Las puertas del infierno no podrán separar de ella a quienes acogieron la palabra por la palabra. El que quiera abandonarla que la abandone. ¿Por qué no se fijan en lo mejor y más sólido que poseemos? ¿Por qué atienden sólo a lo peor y más débil? ¿Se acusa a Felipe y a los suyos de este crimen? ¿Por qué condenan el todo por una parte? Es un pecado más leve silbar a un predicador impío que aceptar fielmente su doctrina. Sin embargo, este pecado se ve alabado y aquél es condenado como irremisible. ¿Y jueces y equidades de esta calaña te hacen temer que el evangelio va a perecer por razones que no son más que humo?.

Confirmo la abrogación de las misas en este libro que te adjunto. No he podido preparar la paraclesis, ni creo necesario hacerlo, puesto que abordé el asunto ya en mi Tessara decade. ¿Por qué no facilitas la lectura de esta obra? ¿Por qué no le inculcas que lea el evangelio y la pasión de Cristo, ya que no encontrará consuelo mejor? ¿Es que voy a tener que escribir una consolación para cada caso? ¿Qué dirían los enemigos? Además, espero que baste la Paraclesis de Felipe, pues me imagino que en el interim cejará la enfermedad de su ánimo, y de esta forma la mía llegaría tarde y resultaría inútil. No será impío ni peligroso diferirlo o descuidarlo en tales circunstancias.

Lo que de verdad me preocupa ahora es la perdición de las almas, que es sobre lo que ando trabajando. Yo estoy determinado a atacar los votos de los religiosos y liberar a los jóvenes de este infierno del celibato, inmundísimo y condenabilísimo a causa del prurito y de las poluciones. Esto lo estoy escribiendo en parte por las tentaciones y en parte por la indignación que siento. Verás que es bueno. No hay un solo Satanás conmigo o, mejor, contra mí, que estoy solo y a veces me estoy solo.

 

Adiós y saluda a todos los nuestros. A Gerbel ya le había escrito cuando recibí tu última y todo estaba ya cerrado y sellado.

 

Día de san Martín, 1521.   Tu Martinus Luther.  

***

 

Ante todo, mi humilde servicio a vuestra gracia electoral, muy reverendo y gracioso Señor

 

V. G. E. recordará muy bien que le he escrito dos veces en latín: la primera al comienzo de las engañosas indulgencias que se publicaron con el nombre de V. G. E., advirtiéndole fielmente que por amor a los cristianos me oponía a los libertinos, seductores y avaros predicadores así como a los libros heréticos y supersticiosos. Aunque -modestia aparte- hubiera podido dirigir toda la tormenta contra V. G. E. -ya que todo se manipulaba bajo su nombre y su ciencia impresos en los libros heréticos-, sin embargo, por respeto a V. G. E. y a la casa de Brandeburgo, y porque pensé que V. G. E. lo hacía por ignorancia e inexperiencia, seducido por otros inspiradores, me limité a lanzarme contra éstos, bien sabe V. G. E. con cuánta pena y con cuánto riesgo. Mi leal advertencia, no obstante, en lugar de agradecimiento se hizo merecedora sólo de la mofa, y por parte de V. G. E. de la ingratitud.

Le escribí por segunda vez con toda humildad, ofreciéndome a dejarme instruir por V. E. G.; recibí entonces una respuesta dura, desatenta, indigna de un obispo y de un cristiano, que remitía mi causa a un poder superior. Puesto que ambos escritos para nada han servido, no cejaré, y, siguiendo el evangelio, hago una tercera corrección en alemán, por si en algo pueden ayudar estas superfluas y no obligadas advertencias quejumbrosas.

V. G. E. ha erigido de nuevo en Halle el ídolo que roba el dinero y el alma de los pobres e incautos cristianos; con ello se hace ya público que todas las torpezas que sucedieron con Tetzel no fueron sólo obra suya, sino que se debieron a la petulancia del obispo de Maguncia, quien, desoyendo mi llamada, se hace el único responsable de todo. Quizá piense V. G. E. que estoy fuera de combate, que busco mi seguridad y que la majestad imperial ha liquidado al monje; esto me trae sin cuidado, pero ha de saber V. G. E.