JUAN CALVINO
INSTITUCION DE LA
RELIGION CRISTIANA
LIBRO PRIMERO
DEL CONOCIMIENTO DE
DIOS EN CUANTO ES CREADOR Y SUPREMO GOBERNADOR DE TODO EL MUNDO.
CAPÍTULO I
EL CONOCIMIENTO DE
DIOS Y EL DE NOSOTROS SE RELACIONAN ENTRE SÍ. MANERA EN QUE CONVIENEN
MUTUAMENTE
Relación de estos dos
conocimientos
Casi toda la suma de nuestra
sabiduría, que de veras se deba tener por verdadera y sólida sabiduría,
consiste en dos puntos: a saber, en el conocimiento que el hombre debe tener de
Dios, y en el conocimiento que debe tener de sí mismo.
Mas como estos dos conocimientos
están muy unidos y enlazados entre sí, no es cosa fácil distinguir cuál precede
y origina al otro, pues en primer lugar, nadie se puede contemplar a sí mismo
sin que al momento se sienta impulsado a la consideración de Dios, en el cual
vive y se mueve; porque no hay quien dude que los dones, en los que toda
nuestra dignidad consiste, no sean en manera alguna nuestros. Y aún más el
mismo ser que tenemos y lo que somos no consiste en otra cosa sino en subsistir
y estar apoyados en Dios. Además, estos bienes, que como gota a gota descienden
sobre nosotros del cielo, nos encaminan como de arroyuelos a la fuente. Asímismo
por nuestra pobreza se muestra todavía mejor aquella inmensidad de bienes, que
en Dios reside; y principalmente esta miserable caída, en que por la
trasgresión del hombre caímos, nos obliga a levantar los ojos arriba, no solo
para que, ayunos y hambrientos, pidamos de allí lo que nos haga falta, sino
también para que, despertados por el miedo, aprendamos humildad. Porque como en
el hombre se halla todo un mundo de miserias, después de haber sido despojados
de los dones del cielo, nuestra desnudez, para grande vergüenza nuestra,
descubre una infinidad de oprobios; y por otra parte no puede por menos que ser
tocado cada cual de la conciencia de su propia desventura, para poder, por lo
menos, alcanzar algún conocimiento de Dios.
Así, por el sentimiento de nuestra
ignorancia, vanidad, pobreza, enfermedad, y finalmente perversidad y corrupción
propia, reconocemos que en ninguna otra parte, sino en Dios, hay verdadera
sabiduría, firme virtud, perfecta abundancia de todos los bienes y pureza de
justicia; por lo cual, ciertamente, nos vemos impulsados por nuestra miseria a
considerar los tesoros que hay en Dios. Y no podemos de veras tender a El
antes de comenzar a sentir descontento de nosotros. Porque ¿qué hombre hay que
no sienta contento descansando en sí mismo? ¿Y quién no descansa en sí mientras
no se conoce a sí mismo, es decir, cuando está contento con los dones que ve en
sí, ignorando su miseria y olvidándola? Por lo cual el conocimiento de nosotros
mismos, no solamente nos aguijonea para que busquemos a Dios, sino que nos
lleva como de la mano para que lo hallemos.
El hombre en presencia
de Dios
Por otra parte es cosa evidente
que el hombre nunca jamás llega al conocimiento de sí mismo si primero no
contempla el rostro de Dios y, después de haberlo contemplado, desciende a
considerarse a sí mismo. Porque estando arraigado en nosotros el orgullo y
soberbia, siempre nos tenemos por justos, perfectos, sabios y santos, a no ser
que con manifiestas pruebas seamos convencidos de nuestra injusticia, fealdad,
locura y suciedad; pero no nos convencemos si solamente nos consideramos a
nosotros y no a Dios, el cual es la sola regla con que se debe ordenar y
regular este juicio. Porque como todos nosotros estamos por nuestra naturaleza
inclinados a la hipocresía, cualquier vana apariencia de justicia nos dará
tanta satisfacción como si fuese la misma justicia. Y porque alrededor de
nosotros no hay cosa que no esté manchada con grande suciedad, lo que no es tan
sucio nos parece limpísimo mientras mantengamos nuestro entendimiento dentro de
los límites de la suciedad de este mundo; de la misma manera que el ojo, que no
tiene delante de sí más color que el negro, tiene por blanquísimo lo que es
medio blanco u oscuro.
Y todavía podremos discernir aún
más de cerca por los sentidos corporales cuánto nos engañamos al juzgar las
potencias y facultades del alma. Porque si al mediodía ponemos los ojos en
tierra o miramos las cosas que están alrededor de nosotros, nos parece que
tenemos la mejor vista del mundo; pero en cuanto alzamos los ojos al sol y lo
miramos fijamente, aquella claridad con que veíamos las cosas bajas es luego de
tal manera ofuscada por el gran resplandor, que nos vemos obligados a confesar
que aquella nuestra sutileza con que considerábamos las cosas terrenas, no es
otra cosa sino pura tontería cuando se trata de mirar al sol.
De esta misma manera acontece en
la consideración de las cosas espirituales. Porque mientras no miramos más que
las cosas terrenas, satisfechos con nuestra propia justicia, sabiduría y
potencia, nos sentimos muy ufanos y hacemos tanto caso de nosotros que pensamos
que ya somos medio dioses. Pero al comenzar a poner nuestro pensamiento en Dios
y a considerar cómo y cuán exquisita sea la perfección de su justicia,
sabiduría y potencia a la cual nosotros nos debemos conformar y regular, lo que
antes con un falso pretexto de justicia nos contentaba en gran manera, luego lo
abominaremos como una gran maldad; lo que en gran manera, por su aparente
sabiduría, nos ilusionaba, nos apestará como una extrema locura; y lo que nos
parecía potencia, se descubrirá que es una miserable debilidad. Veis, pues, cómo
lo que parece perfectísimo en nosotros mismos, en manera alguna tiene que ver
con la perfección divina.
Ejemplos de la Sagrada
Escritura
De aquí procede aquel horror y
espanto con el que, según dice muchas veces la Escritura, los santos han sido
afligidos y abatidos siempre que sentían la presencia de Dios. Porque vemos que
cuando Dios estaba alejado de ellos, se sentían fuertes y valientes; pero en
cuanto Dios mostraba su gloria, temblaban y temían, como si se sintiesen
desvanecer y morir.
De aquí se debe concluir que el
hombre nunca siente de veras su bajeza hasta que se ve frente a la majestad de
Dios. Muchos ejemplos tenemos de este desvanecimiento y terror en el libro de
los Jueces y en los de los profetas, de modo que esta manera de hablar era muy
frecuente en el pueblo de Dios: "Moriremos porque vimos al Señor (Jue.13,
22; Is. 6, 5; Ez. 1, 28 y 3, 14 y otros lugares). Y así la historia de Job,
para humillar a los hombres con la propia conciencia de su locura, impotencia e
impureza, aduce siempre como principal argumento, la descripción de la
sabiduría y potencia y pureza de Dios; y esto no sin motivo. Porque vemos cómo
Abraham, cuanto más llegó a contemplar la gloria de Dios, tanto mejor se
reconoció a sí mismo como tierra y polvo (Gn.18, 27); y cómo Elías escondió su
cara no pudiendo soportar su contemplación (1 Re. 19, 13); tanto era el espanto
que los santos sentían con su presencia. ¿Y qué hará el hombre, que no es más
que podredumbre y hediondez, cuando los mismos querubines se ven obligados a
cubrir su cara por el espanto? (Is. 6, 2). Por esto el profeta Isaías dice que “el
sol se avergonzará y la luna se confundirá, cuando reinare el Señor de los
Ejércitos” (Is.24,23 y 2, 10. 19); es decir, al mostrar su claridad y al
hacerla resplandecer más de cerca, lo más claro del mundo quedará, en
comparación con ella, en tinieblas.
Por tanto, aunque entre el
conocimiento de Dios y de nosotros mismos haya una gran unión y relación, el orden
para la recta enseñanza requiere que tratemos primero del conocimiento que de
Dios debemos tener, y luego del que debemos tener de nosotros.
CAPÍTULO 2: EN QUÉ CONSISTE
CONOCER A DIOS Y CUÁL ES LA FINALIDAD DE ESTE CONOCIMIENTO