La Guerra de los Campesinos desde la perspectiva de Lutero

y la Guerra de los Campesinos desde la perspectiva de Tomás Muntzer

I

Orígenes Remotos

Cada vez que los hombres intentamos entrar en materia y buscar la causa detonante de un cierto acontecimiento, tipo Guerra de los Campesinos de 1524, es nuestra costumbre remontarnos a la causa de la que surgiera el efecto que es en sí el acontecimiento investigado. Nos viene en los genes. Muy posiblemente desde Aristóteles; su Metafísica le abrió a nuestro pensamiento un método de investigación sui generis, desde el cual todas las cosas que se mueven devienen efecto de una causa. La revolución aristotélica marcó entre pasado y futuro un presente para la eternidad desde el momento que rompió el cuadro mitológico antiguo que emparentaba un efecto con una causa divina, en virtud de cuyo molde todos los acontecimientos tenían su causa en la voluntad de los dioses. Las edades modernas anatematizaron a Aristóteles por sus errores - naturales a un hombre de su tiempo - y en su osadía antifilosófica privaron a la trinidad ateniense de su verdadera aportación a la historia de la Civilización; llegando algunos al punto de bailar sobre la tumba de la Academia, para seguir exorcizando a continuación la conexión metafísica.

Que la Edad Atómica desterrara el sentido común, raiz de la lógica, de la estructura del pensamiento científico, partiendo de aquella guerra a posteriori contra la Metafísica en cuanto Ciencia, no debe extrañarnos. Con todo, y a pesar de la nueva estructura que quiso imponerle al Pensamiento la Ciencia del Siglo XX, el hecho es que la revolución aristotélica se consumó, el sistema de pensamiento desligado de la voluntad de los dioses y emparentado al sistema causa-efecto se hizo, y desde entonces todas las cosas que hacemos son la consecuencia de un sistema de causas.

Cuando los que aman descubrir la verdad en las cosas estudian la Guerra de los Campesinos del 1524 se sienten impelidos a rastrear las causas de aquel genocidio en una cadena de razones precursoras, -guerras hussitas, entre otras- respecto a las cuales la Guerra de los Campesinos fue el Epílogo. Y Epílogo muy final si tenemos en cuenta que hasta la Guerra de los Proletarios Rusos del 1917 la Civilización no conoció el despertar de un episodio similar o parecido a aquellas guerras de finales del siglo XV y principios del XVI. Nada añadiríamos nosotros a las razones dadas por los estudiosos. Y de seguir su método de concatenación tampoco rescataríamos del cementerio de los recuerdos otra cosa que fantasmas pidiendo a gritos que se les deje descansar en paz. Así que de querer realmente dar con la causa madre de aquel genocidio que devoró unas doscientas mil almas, fuerza mayor nos obliga a saltar la muralla de los siglos, andar todo el camino de los milenios y no descansar hasta detenernos bajo la puerta del día aquel en que un hombre quiso obligar, so pena de muerte, a otro a someterse a su voluntad, y ante la negativa de éste hombre, aquél ejecutó su amenaza, quedando su nombre, Caín, como señal de todo lo malo en el mundo. Aquel día fue el día en que la Igualdad en la Fraternidad que Dios había constituido por Principio de la Sociedad y Fin de la Civilización, fue pisada y marcó el Origen de la Lucha de la Historia Universal por la Libertad.

Si seguimos el curso de la Historia del Mundo desde aquel Día observamos cómo la Raza de Caín, a fin de legitimar su crimen y legalizar su delito, se inventó mil religiones, según la necesidad del momento y el nuevo aspirante a master del universo. Todas las coronas, todos los imperios, todas las religiones tuvieron un sustrato universal común: Legalizar el crimen de Caín y justificar la ejecución de Abel en su rebelión contra la voluntad del elegido de los dioses.

Y si seguimos observando el paso de los milenios observaremos cómo el motor de crecimiento de la Civilización fue la aspiración del Hombre al disfrute de la Libertad natural a la gloria de los hijos de Dios. Gloria que tiene en la Paternidad de Dios su Roca Angular, en virtud de cuyo Poder todo hijo de Dios participa de todos los bienes de la Creación en plena Igualdad, independientemente de su origen en el espacio y el tiempo. Dios bendijo a la Humanidad poniendo bajo su Dominio todas las cosas, pero el día que un hombre extendió este Señorío sobre otro hombre, ese día fue día de Maldición.

Toda la Historia de la Humanidad desde la ejecución de Abel a la de Cristo fue la búsqueda del modelo perfecto de aplastamiento del Deseo Innato de Libertad; que, en el caso del Oriente, tuvo éxito, pariendo el Hinduísmo; y estuvo a punto de encontrar en Occidente su homónimo, aunque desde otro sistema mental, el Romano; y que, por Obra y Gracia de Dios, se fue al traste cuando la Igualdad que hizo al principio al Hombre atrajo desde su Cruz a todas las naciones futuras del Nuevo Occidente, Europa, engendrando en este nuevo cuerpo la Semilla de la Libertad de un modo tan profundo que ya nada ni nadie podría impedir que el curso de los siglos condujese a la Civilización Cristiana al Puerto de la Restauración de la Fraternidad Universal Humana.

II

La guerra de los campesinos alemanes

Entre 1524 y 1526 se desató un nuevo enfrentamiento a muerte entre Caín a Abel a nivel de pueblos, cuya configuración podemos imaginarnos sin necesidad de ninguna clase de cursar estudios universitarios superiores ni nada que se le parezca; hasta una rata podría definir quién era Caín y quién fue Abel en aquella contienda del 1524-26. Mi intención en este tratadillo internautero será ver qué rol le correspondió al Santísimo Padre Martín Lutero, porque siendo verdad impepinable que por los frutos se conoce el árbol es justo que viendo la parte del Sagrado Reformador en aquel Genocidio nuestra conciencia se quede un tanto más tranquila frente a acusadores incondicionales del Santo y fans ad eternum del Reformador.

Los prolegómenos de aquella Revolución frustrada sumergen su base en la naturaleza misma de la sociedad alemana, imperializada hasta puntos extremos al alba de la Edad Moderna, es decir, un contrasentido. El Descubrimiento de América y el invento de la imprenta fueron una bendición del Cielo que abrió la cabeza de los pueblos europeos, les permitió concebir un mundo mejor, o al menos otra clase de mundo. Los campesinos alemanes cogen el reto, unen sus fuerzas y sacando genio del analfabetismo dan a luz estos Doce Artículos:

Lutero redacta varios escritos rechazando rotundamente la revuelta. Su texto Exhortación a la paz en contestación a los doce artículos del campesinado de Suabia, de 1525, considera que “el asunto es grave y arriesgado y afecta al reino de Dios y al reino del mundo, ya que si la rebelión progresa y prospera perecerían ambos reinos -el gobierno secular y la palabra de Dios- y se seguiría la destrucción eterna de toda Alemania”. Lutero contesta a los doce artículos que habían redactado los campesinos, que habían solicitado la opinión de varios teólogos.

Las tres bandas de Alto Souabe quieren una mejora de sus condiciones de vida, sin guerra. Entran en negociación con la Alianza Souabe. Cincuenta de sus representantes se reúnen en la ciudad imperial libre de Memmingen, cuya burguesía se compadece con los campesinos. Los dirigentes de las tres tropas pretenden formular las pretensiones campesinas, y a los appp por argumentos extraídos de la Biblia. El 20 de marzo de 1525 ve la aprobación de los doce artículos y del Reglamento de su federación, a la vez recurso, programa de reforma y manifiesto político. Sobre el modelo del confédaration suizo, los campesinos fundan la confederación de Alto Souabe: las bandas deben en el futuro llevarse a garantes uno de los otros, al contrario levantamientos anteriores. Los dos textos se imprimen rápidamente en cantidad, y se distribuyen, para una ampliación rápida del levantamiento en todo el sur de Alemania, y al Tyrol. La fundación de la confederación de Alto Souabe se presenta a la Alianza Souabe, en Augsburgo, con la esperanza de hacerlo participar en las negociaciones como socio así mismo peso. Después de distintos saqueos y el asesinato de Weinberg, los nobles unidos en la Alianza Souabe no tienen ningún interés en participar en negociaciones. La familia comercial Fugger, de Augsburgo, subvenciona a Georg Truchsess de Waldburg-Zeil, llamado Bauernjörg, que con un ejército de 9.000 carreteros y 1.500 caballeros en armadura quiere aplastar a los campesinos armados sobre todo de guadaña y plagas. La negociación de los 12 artículos es el pivote de la guerra de los campesinos: sus pretensiones por primera vez se formulan de manera uniforme, y se fijan por escrito. Los campesinos se presentan por primera vez solidarios contra las autoridades. Hasta allí, los levantamientos fallan principalmente debido al estallido de la insurrección y a los insuficientes apoyos. No obstante, si los campesinos no hubieran negociado con la Alianza Souabe, pero ocupado un territorio más importante, pegarse tendrían difficielement podido, debido a su superioridad numérica, y sus pretensiones se habrían tomado más seriamente.

1-Cada comunidad parroquial tiene el derecho de elegir a su Pastor, y a despedirlo si corrompe su oficio. El Pastor debe predicar el evangelio, precisa y exactamente, sin añadirle nada de su cosecha, ya que es por la fe en la Verdadera Escritura que se llega a Dios.

2-Los Pastores son remunerados por el Diezmo. Se acepta un posible suplemento a destinar a los pobres y al impuesto de guerra. Lo que es el impuesto sobre el ganado, y puesto que el Señor Dios creó el ganado para el hombre, sin cobrarle un céntimo, ese impuesto debe suprimirse; es un invento de los hombres.

3-La servidumbre es un escándalo. Cristo compró nuestra libertad con su sangre, la del pobre como la del menos pobre. Por El somos libres, y queremos ser libres.

4-Va contra la fraternidad y contra la palabra de Dios que el pobre no pueda cazar ni pescar. Cuando Dios creó al hombre, puso en su mano todos los animales, aves y peces.

5-Va contra el Cielo que la necesidad de madera del pobre, sea para calentarse sea para construirse una cabaña, le haya sido negado por los príncipes, y si quiere madera deba pagarla el doble. Que los bosques comunitarios sean devueltos a la comunidad para su libre disfrute y el pueblo pueda libremente hacer uso de sus árboles.

6-Exigimos que las condiciones del trabajo, constantemente más endurecidas, sean paulatinamente suavizadas para la gloria de la palabra de Dios y de los hombres.

7-Los señores no deben imponer más condiciones sin un convenio previo.

8-Multitud de arrendatarios agrícolas no pueden sufrir el yugo bajo el que viven. Exigimos que sean revisados los arrendamientos y descargados de sus impuestos tal que el campesino pueda vivir su trabajo, según la Palabra de Dios: que el trabajador viva de su salario, y no a cambio de nada como al presente.

9-Los castigos por multa deben establecerse de acuerdo a nuevas normas. Es necesario acabar con el sistema arbitrario abandonado al libre albedrío de los príncipes y señores; y las normas consten por escrito.

10-Muchos se han adueñado impunemente de las propiedades comunales; exigimos que sean devueltos los terrenos a la propiedad comunal.

11-El impuesto sobre la herencia debe ser eliminado íntegramente. Va contra el Cielo que los huérfanos y las viudas sean expropiados impunemente.

12-Si algún artículo no se ajusta a la palabra de Dios, o se revela injusto, es necesario suprimirlo, a fin de no correr contra Dios o de causar daño al próximo.

Se ve de ellos que los campesinos querían justicia, no guerra. De hecho una parte de la clase intelectual del momento y cierta parte de la burguesía ve jusyticia en los Doce Artículos y enseguida les muestra sus simpatías. El 20 de marzo de 1525 la aprobación de estos doce artículos, a la vez programa de reforma y manifiesto político, le sirve de Reglamento a su federación. El texto se imprime rápidamente y se distribuye por todo el sur de Alemania y el Tirol. La Revolución de los Campesinos alemanes está en marcha.

Desde el año anterior en que la revuelta se hizo y formó tres bandas sumando un total de unos 30.000 hombres armados, lo que les dio valor para escribir y publicar los Doce Artículos, los príncipes y los banqueros del momento, los Fugger siempre, se arman y a finales de marzo de 1525, el ejército de Caín, al mando de un tal Waldburg-Zeil se reúne en Ulm. Un poco más allá, en los alrededores de Leipheim, la banda del predicador Jakob Wehe, de aproximadamente unos 5.000 campesinos, se enytrega al pillaje contra las propiedades de las iglesias y de los nobles. El ejército de la Alianza Suava, dirigido por el tal Waldburg-Zeilva, avanza pues sobre Leipheim, destrozando sobre la marcha tosda oposición dispersa de campesinos que le presenta guerra, para concluis el 4 de abril una sonada aplastada contra los 5.000 campesinos del predicador Wehe. 1.500 caballeros armados a la usanza de los ejércitos imperiales y 9.000 soldados cayeron en plan diluvio contra aquellos 5.000 pobres muertos de hambre sin perdonar cabeza sobre cuello.

La ciudad de Leipheim hubo de pagar una multa y Wehe y sus comppañeros hallados vivos fueron reservados para una ejecución pública. Pero a principios de abril, sin inmutarse ante la noticia, prefiriendo morir libres a seguir viviendo en servidumbre, más campesinos se reúnen en el Neckartal y el Odenwald bajo la dirección de Jäcklein Rohrbach. La rebelión se extiende por gran parte de Alsacia, que controlan.

Esa Pascua del 1525, el 16 de abril, la banda de Rohrbach se instala cerca de Weinsberg, cuando hacen prisionera al conde Ludwig de Helfenstein, odiado de los campesinos, y yerno del emperador Maximiliano I, y junto a sus nobles los ejecutan a todos a palos limpios, a base de garrotazos, mientras pasan por el clásico túnel de las espadas. La crueldad y la saña con el enemigo se corrió como un cuervo del diablo, propagando la fama de este Abel colérico sobre todo el paraíso de los príncipes alemanes. "El asesinato de Weinsberg" lo llamaron, como si ese Weinsberg no hubiera nacido en una cuna llena de sanbgre y viviera en una piscina de sangre inocente vertida por sus propias manos. De todos modos la propaganda alemana en auge y en camino de la famosa máquina nazi,le da a la imagen de los campesinos el toque de asesinos y saqueadores que algunos burgueses y ciertos nobles necesitaban para dar el salto de la complacencia neutral a la opoisición sin cuartel ni tregua contra la Revolución de los pobres. La ciudad de Weinsberg es asaltada, incendiada y Jäcklein Rohrbach con sus herejes son quemados quemado vivos.

Por su parte y sirviéndoles de lección la quema de Weinsberg y el castigo de los jefes campesinos, las bandas del Neckartal y el Odenwald se unen a la banda de Taubertal (Banda Negra, encargada por el noble Florian Geyer), y forman la potente Banda de la Luz Clara, de unos12.000 hombres. Dajo la dirección del capitán Götz von Berlichingen se lanzan contra los obispos de Maguncia y Würzburg, y contra el príncipe elector de Palatinado. Pero el 12 de abril la Banda de la Luz Clara es injterceptada por la Alianza de príncipes y banqueros, se enfrentan y la arrasan físicamente.

El 13 de abril el ejército de la Alianza y los campesinos que no participaron en la batalla del 12 firman el Tratado de Weingarten, 20 de abril, por el que se les garantiza a los campesinos el derecho a retirarse libremente, y a un tribunal arbitral para regular sus conflictos.

El 16 de abril los campesinos vuelven al campo de batalla. 8.000 hombres entran en Stuttgart, y siguen sobre Böblingen. La rebelión se extiende a la Lorena. A partir de finales de abril el duque Antoine de Lorena les declara la guerra. Münzer es capturado el 15 de mayo en la batalla de Frankenhausen por el landgrave de Hesse y ejecutado a discreción.

El 16 y 17 de mayo las tropas del duque de Lorena masacran si cuartel alrededor a más de 20.000 campesinos en Lupstein, Saverne y Neuwiller.

El 20 de mayo en la batalla de Scherwiller a más 4.000.

El 24 de mayo las tropas del Duque regresan Nancy para el triunfo. Pero la represión a saco y fuego continúa en el sur de Alsacia.

En el sur de Alemania, en Ulm, 5.000 mercenarios al mando de Truchsess von Waldburg aplasta a los anabaptistas y Karlstadt debe refugiarse en Zurich al lado de Zwinglio.

Unos 3.000 campesinos siguen su lucha desesperada y bajo el anatema de Lutero, como se verá, saquean iglesias, castillos y conventos por donde quiera que vagan. El ejército de Walburg-Zeils se mueve dentre mayo y junio y en sucesivos encuentros elimina físicamente banda tras banda, ora en Balingen, ora en Rottenburg, en Herrenberg, Böblingen, Königshofen..

El genocidio no se había consumado. El 23 de mayo una tropa de 18.000 campesinos del Breisgau y del Bosque-Negro se apodera de la ciudad de Freiburg-en-Breisgau. Demasiado tarde ya. Los campesinos comienzan a comprender que Caín tiene escrita la muerte en su frente y el destino de la Revolución es ser pasada por el fuego; aprovechando la coyuntura el Grande Duque Ferdinand de Austria se da le banquete con sus carnes. Waldburg-Zeil, el carnicero de los Fuggers, celebra su propio banquete con la carne de 8.000 catetos hallados en sus casas y lechos, acusados de no haberse opuesto a las hordas del Satán de los huertos.

El reto, la caza y ejecución de los huidos es historia de Alemania. A fin de años el Genocidio era ya un recuerdo. De cuya fosa nació el proverbio: No hay peor enemigo de un alemán que otro alemán.

¿Y dónde estaba el Santo Padre Martín Lutero entre banquete y banquete? Esto es lo que averiguaremos en una próxima ocasión. De mientras diré lo que dice todo el Mundo, a ver:

III

El Reverendo Padre Martín Lutero


En la primera parte del problema Lutero considera que los príncipes y señores son la causa de “esta desgracia y esta rebelión”, ya que explotan y cobran impuestos excesivos para satisfacer sus lujos, y el “pobre hombre común” ya no puede soportar esta situación. Los señores son la causa de la cólera divina que se manifiesta en los campesinos amotinados, y éstos son “el mismo Dios que se alza para castigar vuestro furor”.
Aconseja a los príncipes que cedan ante la cólera de Dios “para que no salte la chispa y arda toda Alemania”. Algunos de los doce artículos de los campesinos son “justos y equitativos”, y la autoridad no ha de oponerse a las enseñanzas del Evangelio ni “aprovecharse de los súbditos en beneficio propio” con cargas corporales como la servidumbre y los impuestos. “Ya no son soportables por más tiempo tantas tasas y exacciones” para “derrochar los bienes en vestidos, comilonas, borracheras...”.

Lutero reconoce que los príncipes y señores “no tienen ninguna disculpa” por prohibir predicar el Evangelio y por las cargas a que han sometido a los campesinos, pero considera que éstos han tomado el nombre de Dios en vano, que han intervenido con violencia empuñando la espada y enfrentando “a la autoridad instituida por Dios”, y que han actuado en contra del derecho divino.
Dirigiéndose a los campesinos, Lutero considera que “el que la autoridad sea mala e injusta no excusa el motín o la rebelión. Castigar la maldad no corresponde a cualquiera sino a la autoridad secular, que lleva la espada”. La rebelión de los campesinos va “contra el derecho cristiano y el Evangelio”, y los campesinos actúan en contra del derecho divino. Es verdad que la autoridad obra injustamente “al poner trabas al Evangelio y al imponer cargas”, pero es mayor la injusticia cometida por los campesinos pues le arrebatan a la autoridad su poder: son “mucho más ladrones” e intentan “algo peor que lo que ellos han hecho”.

Citando a Mateo, Lutero afirma que “no hay que resistir al mal ni a la injusticia”, hay que “desear el bien a los que nos ofenden, rezar por los que nos persiguen, amar a nuestros enemigos y devolver bien por mal”. En síntesis, “el derecho cristiano consiste en no resistir a la injusticia, en no desenvainar la espada, en no defenderse, en no vengarse, en ofrecer el cuerpo y los bienes para que los robe el que los quiera”. “Sufrimiento, sufrimiento, cruz, cruz, es el derecho de los cristianos”.

Los campesinos deben soportar las injusticias o de lo contrario abandonar el nombre de cristianos, porque no les corresponde “reclamar derechos ni luchar, sino sufrir la injusticia y soportar el mal”. Lutero reconoce que la autoridad “es injusta y comete una injusticia horrible”, pero dice a los campesinos: “Si fueseis cristianos, dejaríais de esgrimir los puños y la espada y dejaríais de amenazar; os atendríais al padrenuestro.”

En cuanto a los doce artículos, éstos se dirigen a liberar los cuerpos y los bienes. Plantean cuestiones seculares y temporales, mientras que el Evangelio no se preocupa por estas cuestiones, sino que “sitúa la vida exterior sólo en sufrimiento, injusticia, cruz, paciencia y en el menosprecio de los bienes temporales y de la vida”. Un verdadero cristiano no debe levantar los puños en contra de la autoridad, aunque sea injusta. Lo más que puede hacerse es abandonar el sitio “y correr tras el Evangelio a otro lugar”.

Es claro que Lutero hace una incondicional defensa del poder temporal y condena la rebelión de los campesinos, razón por la cual fue llamado “adulador de príncipes”, mencionando en este texto tal situación. La revuelta fue en aumento, y un líder religioso, Thomas Müntzer, se pone a la cabeza de la misma y es aplastado por fuerzas conjuntas de católicos y protestantes. Algunas semanas después del texto anterior, Lutero escribe un duro panfleto: Contra las bandas ladronas y asesinas de los campesinos.

Acusa a los campesinos de realizar una “obra diabólica” y a Thomas Müntzer de “archidiablo”, “que no hace otra cosa sino robos, asesinatos y derramamiento de sangre”. Los revoltosos han cometido “tres horribles pecados contra Dios”: juraron fidelidad a la autoridad y ser súbditos obedientes y se levantaron contra sus señores; provocan la rebelión, roban y saquean; y, finalmente, encubren todos estos horrendos y crueles pecados con el Evangelio.
Estos “malhechores desleales, perjuros, mentirosos y desobedientes” campesinos son merecedores “diez veces de la muerte del cuerpo y el alma”. Lutero afirma que “el primero que pueda estrangularlos actúa bien y rectamente”, y quien pueda “ha de abatir, degollar o apuñalar al rebelde”, “ha de matarlo igual que hay que matar a un perro rabioso”.

En las instrucciones que Lutero recomienda a las autoridades afirma que no se opondrá a que se “golpee y castigue a estos campesinos sin ofrecerles previamente justicia ni equidad”. Si un príncipe o señor “no castiga con la muerte o con el derramamiento de sangre es culpable de todas las muertes y de todos los males que cometan esos canallas”. Además, “es tiempo de la espada y de la cólera y no de la gracia”, y estos tiempos son tan extraños “que un príncipe puede ganar el cielo derramando sangre mejor que otros rezando”.

La rebelión es intolerable, y “un buen cristiano tendría que sufrir cien muertes antes que comprometerse en el asunto de los campesinos”. La exhortación final a los señores de Lutero es harto elocuente: “liberad, salvad, ayudad, tened misericordia de estas pobres gentes. El que pueda, que apuñale, raje, estrangule: y si mueres en esa acción, bienaventurado tú, pues jamás alcanzarás una muerte más dichosa”.

Una vez que los campesinos son derrotados, Lutero es considerado el responsable intelectual del sangriento aplastamiento, y escribe en julio de 1525 la Carta sobre el duro librito contra los campesinos buscando justificar su postura frente a la rebelión. Se defiende de la acusación de “adulador de príncipes” afirmando que su anterior librito “no dice lo que merecen los señores, sino lo que merecen los campesinos y cómo se les ha de castigar; y con esto no he adulado a nadie”; “tampoco quise apoyar con mis palabras a los furiosos tiranos ni alabar su saña”.

Lutero admite que pareciera que enseña que “se derrame sangre sin misericordia alguna” y que el diablo habla a través de él, pero la realidad es que Dios “quiere que el rey sea honrado y los rebeldes aniquilados”. Los campesinos no quisieron escuchar, por lo que hubo que “abrirles las orejas con bolas de arcabuz y las cabezas saltaron por los aires”. Afirma que “tendría que haber enseñado a tener misericordia con los campesinos y, sin embargo, enseña que hay que matarlos sin dilación”.

Debido a la arrogancia sanguinaria de los campesinos “no hay que tener misericordia alguna” con ellos. Repitiendo su argumento de los dos reinos, reitera que el reino de Dios “es un reino de gracia y misericordia”, pero el reino del mundo, en cambio, “es un reino de la ira y de la severidad”, cuyo instrumento es la espada, “un signo de la cólera, de la severidad y del castigo”. Quien confunda estos dos reinos, como hacen los campesinos, “colocaría la ira en el reino de Dios y la misericordia en el reino del mundo, lo cual sería situar al demonio en el cielo y a Dios en el infierno”.

Los campesinos rebeldes son canallas, asesinos sedientos de sangre, malvados, ladrones, arrogantes, desleales, perjuros, desobedientes y “blasfemos contra Dios y no hay ninguno entre ellos que no haya merecido la muerte diez veces sin ninguna misericordia”. La ira y la severidad de la espada “son tan necesarias en el pueblo como la comida y la bebida”. “El burro pide palos y el pueblo quiere que se le gobierne con fuerza”.

Su librito no fue escrito en contra de los delincuentes ordinarios sino contra los campesinos rebeldes, pues “un asesino u otro malhechor deja subsistir la cabeza y la autoridad, sólo ataca a sus miembros o a sus bienes; incluso teme a la autoridad”. Por el contrario, el rebelde ataca a la cabeza misma y “su delito no puede compararse con el del asesino”, ya que los otros crímenes son actos individuales, mientras que “la rebelión es el diluvio de todos los crímenes”, razón por la cual “la rebelión no merece ningún juicio ni gracia” y “no hay otra cosa que hacer sino degollar cuanto antes al rebelde y darle su merecido. Un asesino no hace ni merece un mal semejante”.

En un escrito de 1526, Si los hombres de armas también pueden estar en gracia, Lutero analiza la compatibilidad del oficio de la guerra con la condición cristiana y trata directamente el tema de la resistencia a la autoridad. El oficio de la guerra es en sí mismo “un oficio justo y divino”, y la fe cristiana permite que el hombre de armas “haga la guerra, estrangule y hiera, saquee e incendie”, pues sirve para castigar a los malos y los injustos. La mano que lleva la espada es la mano de Dios, “y no es el hombre sino Dios quien ahorca, tortura en la rueda, decapita, estrangula y guerrea”.

El oficio de la guerra es “en sí mismo divino y tan necesario y provechoso para el mundo como el comer o el beber”. Los cristianos están sometidos a la autoridad secular y le deben obediencia, y “si la autoridad secular los requiere para la lucha, tienen que combatir por obediencia, no como cristianos, sino como miembros y súbditos obedientes en cuanto al cuerpo y a los bienes temporales”.

Nadie debe luchar ni combatir contra su superior, pues a la autoridad se le debe obediencia, honor y temor, y “es mejor que los tiranos le hagan cien injusticias a que el pueblo le haga una sola a los tiranos. Si hay que sufrir injusticia, es de preferir sufrirla de la autoridad a que la autoridad la sufra de sus súbditos”. Aunque la autoridad sea mala, aunque gobierne un canalla, no lo hace por su maldad, “sino por causa de los pecados del pueblo”, y el pueblo no ve sus propios pecados. Eso es lo que les ha sucedido a los campesinos: “querían castigar los pecados de la autoridad, como si ellos fueran completamente puros e inocentes”. Los rebeldes son “ladrones de Dios” y “el subordinado no ha de levantarse contra su superior”, pues “los que se oponen a la autoridad se oponen al orden de Dios”, ya que la autoridad es “una señal y signo externo de su voluntad”.

En síntesis, Lutero no encuentra ninguna justificación para ofrecer resistencia a la autoridad. Esto es claro en su actitud con los campesinos. Superado el problema de las rebeliones, surgen ahora problemas entre los gobernantes luteranos y los gobernantes católicos con el Emperador a la cabeza. Lutero es consultado sobre la cuestión de la resistencia al Emperador. A fines de 1529 sigue manteniendo sus tesis anteriores: no se puede derramar sangre por el Evangelio, ya que éste manda a sufrir por su causa y la condición del cristiano es inseparable de la cruz. A principios de 1530 reitera la no resistencia activa de los cristianos.

Muy pronto cambia de actitud, aunque en 1531 sigue afirmando que si alguien es atacado por el Emperador por causa de su fe, no le queda más remedio que sufrir, la tesis de siempre de Lutero. Agrega que lo que no debe hacer un cristiano protestante es seguir al Emperador en una guerra contra los cristianos protestantes. Solamente en este caso está liberado del deber de obediencia al Emperador. Si alguien es atacado por causa de su fe y se defiende tampoco hay que censurarlo o tacharlo de rebelde, pues se trata de un caso de legítima defensa.

Lutero argumenta poco después que el Emperador es un soldado del Papa, y si es lícito resistir al Papa, también lo será hacerlo con su enviado. El Papa no es ninguna autoridad, sino un monstruo que se opone a Dios, un hombre del pecado e hijo de la perdición: es una bestia dañina que todo lo destruye. Y si el Papa promoviese una guerra hay que resistirle como a un monstruo, tanto a él como a los príncipes, reyes o incluso al Emperador. Solamente las autoridades seculares derivan sus poderes de Dios, mientras que el poder del Papa es el resultado de maquinaciones humanas y del Anticristo.

En conclusión, puede afirmarse que en un comienzo Lutero había insistido en que la autoridad secular debía recurrir a la fuerza en contra del Papa, pero sostuvo también con vehemencia que no se debía resistir por ningún motivo a los gobernantes seculares: se podía exterminar a un rebelde, pero no a un tirano. Finalmente, Lutero -que había aconsejado no resistir al Emperador- aprueba en 1531 la resistencia al mismo pues lo identifica con los romanistas.