La Guerra de los Campesinos desde la perspectiva de Lutero y la Guerra de los Campesinos desde la perspectiva de Tomás Muntzer Tomás Münzer (1498-1525) se levanta frente a Lutero, y él, pequeño burgués, sacerdote, doctor en Teología de la Universidad de Hall, presta al movimiento el poder de su pluma, la elocuencia de su palabra y el ardor de su fe. Es preciso -dice- atacar la sociedad en su raíz, arrancar las causas del mal de la opresión y fundar la Iglesia del Espíritu Santo y de la libertad sobre bases sólidas ... La tierra es una herencia común, de la que nos corresponde una parte que se nos arrebata ... ¡Devolvednos, ricos de los siglos, avaros, usurpadores, los bienes que injustamente retenéis! Inflamado por el amor al pueblo y a la humanidad entera, y quizás llevado inconscientemente por el odio a los señores, uno de los cuales ha hecho dar muerte a su padre, Tomás Münzer no vive más que para la realización de una idea: la liberación de los humanos. Soporta estoicamente las persecuciones. Desterrado de una población después de otra, gracias a Lutero, pobre, anda errante seguido de su joven esposa, que se halla encinta. No piensa más que en una cosa; su ideal, y no trabaja más que para su realización. Sus sufrimientos ni los sufrimientos de los demás nada le importan. No vive más que para su obra, y los folletos se suceden a los folletos y los discursos a los discursos. La felicidad del hombre se encuentra en la misma vida, en la plena satisfacción de todos sus derechos, de todos los bienes de la naturaleza, en la libertad y en la vida. Dios está en nosotros. Cada hombre es una parte de Dios. Todos los hombres deben ser iguales. No hay siervos ni señores, hay hombres, hay hermanos. Esta igualdad completa no puede conseguirse más que en la comunidad de los bienes y de los trabajos. A cada uno según sus necesidades y su posibilidad -decía. Esta doctrina la predicaba en nombre del Evangelio y la apoyaba con textos del mismo y de los padres de la Iglesia. A veces reproducía en violentos acentos, las imprecaciones de los cristianos contra los ricos. Todos los señores son bandidos, son enemigos del pueblo, a los cuales debe estrangular cuanto antes. Estas elocuentes predicaciones son oídas por las muchedumbres, a las cuales sólo falta convencer de su derecho a la insurrección para lanzarse a la conquista de su libertad. Y las multitudes proletarias, unidas en la Confederación evangélica, se sublevan. Tienen una carta, en la cual no reclaman el comunismo, sino la simple extensión de las propiedades comunales. Y lo que piden en primer término es la libertad. Tienen poca organización, y para obligar a todos los aldeanos, sus semejantes, a unirse a ellos, se disponen a aplicar una especie de excomunión, precursora directa del boycottage contemporáneo. A cuantos permaneces fuera de la Confederación, todos los hermanos miembros de la misma se comprometen a no vender, ni a comprar ni a dar nada, a no trabajar para ellos y a no prestarles ayuda de ningún género. Les considerarán como miembros muertos de la sociedad. Los aldeanos han levantado la bandera de la rebelión. A ellos se han unido los aventureros y los restos de las revueltas anteriores. Las bandas son numerosas y diversos los jefes. Hay pastores, como Jacobo Wehe, el doctor Carlstad, el maestro Lutero; pequeños burgueses, como Jacques Rohrbache, llamado Jacques, que venga a su prometida, deshonrada por un señor y por su lacayo, y nobles como Florián Geyer y Goetz. Las bandas son indisciplinadas. Roban, incendian los castillos, los conventos, destrozan y queman los libros, las cartas y los papeles, que suponen instrumentos de su servidumbre. Por reacción natural, a la esclavitud impuesta, los aldeanos contestan con una licencia desenfrenada. Les gusta el vino que recogen para los señores. Convertidos en sus propios amos, vacían las bodegas de los castillos y de las abadías. Los nobles dan buena cuenta de ellos. A ninguno dan cuartel. Antes de darles muerte, muy a menudo torturan a los jefes. Los campesinos, que primero se limitaban a saquear las casas de los señores, contestan a su vez realizando sangrientas ejecuciones. La matanza es general. Se distingue la banda Jacques, empujada por la negra hechicera Hoffmann, la entusiasta libertaria que se propone ahogar en sangre el recuerdo de sus sufrimientos. Los aldeanos no merecen aún ser libres, pues no poseen la libertad interior, sin la cual no es posible ningún derecho -decía con razón Tomás Münzer, discurriendo respecto a la que ocurría entre los sublevados. No hay más que disentimientos. Entre los jefes predomina la envidia. De castas y de clases distintas, sus intereses son opuestos y reina el descontento entre ellos. Entran en mucho las influencias femeninas. Además, los aldeanos son niños mayores, a los cuales se engaña fácilmente con buenas palabras. Los señores les atraen, y una vez reunidos en gran número les acometen y se muestran irreconciliables. Jacques y la Hoffmann son quemados vivos, o por mejor decir, tostados. Atados a un árbol, como vacas a una estaca, son rodeados de haces de leña encendida que les tuestan lentamente. Los nobles vencedores, sentados alrededor de las mesas, beben y cantan; la multitud de prisioneros, encadenados, llora y ruega, puesta de rodillas. Jacques y Hoffmann mueren clamando venganza. Su voz encuentra eco. Un año más tarde, cuarenta grandes y poderosos señores perecen a los golpes de los aldeanos. Mientras las bandas aldeanas realizan diversas coalisiones, combatiendo valerosamente, aunque siendo casi siempre derrotadas. Tomás Münzer se halla en Mulhaucen, de Turingia. Del 17 de marzo al 12 de mayo de 1525, es dueño absoluto de la ciudad. Sin emplear la violencia, sin derramar una gota de sangre, transforma la población entera en una gran comunidad cristiana. Por espontánea voluntad, escribe Luis Blanch, establecen una sola familia, como en tiempo de los Apóstoles. A los que cuentan con menos fuerzas les imponen trabajos menos pesados, y de acuerdo con su condición social y con sus aptitudes. Todas las funciones se consideran igualmente honorables, sin otras diferencias que las del deber y con absoluta ausencia de todo orgullo en la dirección, ante la obediencia voluntaria. Era la familia engrandecida. Mulhaucen es sitiado y vencido. Münzer es torturado espantosamente cada dos días. Su joven mujer es insultada por la soldadesca ebria. Lanzada al suelo, es violada en presencia de todo el ejército. Al levantarla había fallecido. Algunos días después Tomás Münzer era decapitado. Las matanzas de los aldeanos y las violaciones de sus hijas no cesan, lo mismo que los suplicios más refinados. Los señores les hacen cortar los puños y sacar los ojos. Duques, condes, barones, margraves, obispos, abates y sacerdotes presencian las torturas, que perfeccionan algunas veces excitando a los verdugos. El resplandor de los incendios de pueblos y burgos alumbra a los miserables traicionados por sus jefes, fácilmente comprados mediante promesas que los señores no reparan en hacer. Entretanto se mata y se sigue matando, hasta tal extremo, que los aldeanos corren a la muerte como a la libertad. Van a ella satisfechos, pues así acaban todas sus penas. No más sumisión, no más diezmos, no más servidumbre. La libertad es la muerte. Pero otros se refugian en las selvas, en las montañás, en los estanques. Conviértense en bandidos y bandidos seguirán siendo antes que someterse nuevamente al yugo de la esclavitud. Otros van a unirse a los anabaptistas, en Suiza, en los Países Bajos y en Westfalia. La guerra de los aldeanos ha terminado, pero continúa la destrucción de los revoltosos que han tomado el nombre de anabaptistas. En Zurich el Senado hace ahogar algunos millares. En todas partes los directores, reyes, nobles y curas los envían al patíbulo y a la hoguera. Hombres, mujeres y niños son decapitados, ahogados y muertos de mil y mil maneras. |