LUTERO, EL PAPA Y EL DIABLO

EPÍLOGO

 

“Dijo también esta parábola a algunos que confiaban mucho en sí mismos, teniéndose por justos, y menospreciaban a los demás: Dos hombres subieron al templo a orar, el uno era fariseo, el otro era publicano. El fariseo, en pie, oraba para sí de esta manera: ¡Oh Dios! Te doy gracias de que no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni como este publicano. Ayuno dos veces en la semana, pago el diezmo de todo cuanto poseo. El publicano se quedó allá lejos y ni se atrevía a levantar los ojos al cielo, y hería su pecho, diciendo: ¡Oh Dios, sé propicio a mí, pecador! Os digo que bajó este justificado a su casa y no aquél. Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”, palabra de Jesús.

Palabra de Lutero, y que cada cual saque su conclusión: “¡Oh Padre mío celestial, Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Dios de toda consolación! Yo te agradezco el haberme revelado a tu amado Hijo Jesucristo, en quien creo, a quien he predicado y confesado, a quien he amado y alabado, a quien deshonran, persiguen y blasfeman el miserable papa y todos los impíos. Te ruego, señor mío Jesucristo, que mi alma te sea encomendada. ¡Ah Padre celestial! Tengo que dejar ya este cuerpo y partir de esta vida, pero sé cierto que contigo permaneceré eternamente y nadie me arrebatará de tus manos”. ¿Publicano o fariseo?

Que sus palabras lo juzguen: “Sé pecador y peca fuertemente, pero confíate y gózate con mayor fuerza en Cristo, que es vencedor del pecado, de la muerte y del mundo. Mientras estemos aquí abajo, será necesario pecar; esta vida no es la morada de la justicia, pero esperamos, como dice Pedro, unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habita la justicia”. ¿Pero puede haber concierto entre Cristo y Belial? -se preguntó Pablo. ¿Pueden habitar juntos Cristo y el Diablo? ¿Y la soldada del pecado ya no es la muerte?

Y que su acusación contra Dios Padre sea la que lo ensalce o lo humille: “Y este vocablo (libertad) -cosa que sería lo más seguro y religiosísimo-, al menos, enseñemos a usarlo de buena fe de modo que se le conceda al hombre el libre albedrío sólo de la cosa que le sea inferior, no respecto de la cosa que le sea superior, esto es: que sepa que en sus facultades y posesiones tiene derecho de usar, hacer, omitir conforme a su capricho, aunque esto mismo esté regido por el libre arbitrio de Dios, hacia donde a El le plazca. Por lo demás, respecto a Dios, o en las cosas que atañen a la salvación o condenación, no tiene libre albedrío, sino que está cautivo, sometido y esclavo o de la voluntad de Dios o de la voluntad de Satanás”. En definitiva, Dios y el Diablo son la misma persona. Porque si Dios juzga a los que de antemano, antes de hacer bien o mal, ya ha condenado, el Juicio Final es una farsa, y Jesucristo fue un farsante, lo mismo que Moisés y lo mismo que todo aquél que sostenga que la Libertad no es sagrada.

Pero si Dios y la libertad de sus hijos no van unidas entonces su Juicio sobre Satanás sólo puede concebirse como una farsa, únicamente a ser aceptada por una banda de cobardes, por cobardes incapaces de decirle a Dios a la cara lo que un farsante de esa naturaleza se merece, aunque el infierno sea la recompensa por hacer uso de la palabra.

Contra esta opinión, doctrina farisea clásica, Jesús se alzó, y defendiendo la Libertad de los hijos de Dios murió. Estuvo en su poder aceptar o rechazar la Cruz. La Libertad Divina es el patrimonio y herencia de todos los hijos de Dios. Por esto El siempre decía que quien quisiera seguirle que cogiera su Cruz. Lo decía porque hay Libertad y el ejercicio de esa Libertad está en la base del Juicio Divino, ¿porque cómo va Dios a juzgarse a sí mismo, que es lo que haría al juzgar a lo que de antemano condenó?

A Dios estaba condenando quien habló así. Yo, como hombre e hijo de Dios, sé que la Ignorancia ha mantenido a todos los hombres bajo su yugo para que se cumplieran las cosas que en su Omnisciencia dispuso Dios para el bien de la Salvación Universal. Pues como dijo el Apóstol: “La expectación ansiosa de la Creación está esperando la manifestación de los hijos de Dios; pues las criaturas están sujetas a vanidad, no de grado, sino por razón de quien las sujeta, con la esperanza de que también ellas serán libertadas de la corrupción para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios”. (Romanos-Los sufrimientos presentes comparados con la gloria venidera).

No la Sabiduría, la Ignorancia fue el campo donde el Diablo sembró la Cizaña de la División de las iglesias. El Hijo anunció esta Siembra en la Parábola de la Cizaña. El Hijo anunció para cuándo saldría libre el Sembrador Maligno. Todos sus siervos, desde el más chico al más grande, tenían el deber y la obligación de haber estado despiertos y, como ejército de pastores unidos frente a la manada de lobos que se acercaba en la oscuridad, todos, grandes y pequeños, tenían el deber y la obligación de haber estado armados para defender al rebaño de su Señor, no con las armas del poder temporal, sino con las del Espíritu de Dios.

Todos, desde el más chico al más grande, todos le fallaron a su Señor de la misma manera que aún cuando Jesús les dijera a sus discípulos que iba a morir todos se echaron a dormir, porque no podían creerse que fuera a suceder. La Ignorancia fue su excusa y en ellas echó raíces la justificación.

Lutero, el R. P. Martín Lutero, sacerdote, experto en Sagrada Escritura, traductor de la Biblia, fue tan culpable de negligencia e incumplimiento de sus funciones pastorales como todos los demás siervos de Cristo que se echaron a dormir en el catre de sus disputas y sus cismas y sus anatemas y sus excomuniones mientras el Diablo sembraba su Cizaña de Odio por todo el mundo cristiano, levantando entre los hermanos la quijada de Caín. De este delito es culpable Lutero delante de su Señor. Lo mismo que los demás siervos del Señor, desde el obispo de Roma al de Moscú, desde el de Canterbury hasta el de Madrid. Ni uno sólo fue hallado despierto.

Pero el delito de aquél que de sí mismo decía ser el Jefe todopoderoso y Padre santo de todos los pastores, mientras el Diablo y su manada avanzaban en la oscuridad, sembrando la División en el campo de la Ignorancia de las naciones cristianas, ¿cuál será? Aquél que a sí mismo se autoglorificaba y ponía la gloria debida a su Señor a sus pies, ese mismo obispo-dios, papa-emperador, mientras el Diablo campeaba maligno devorando al Rebaño del que decía ser el Único Pastor Supremo, Sumo Pontífice, Cabeza Visible del Cuerpo de Cristo, ese gran siervo, mientras la Cizaña del odio daba su fruto, ¿dónde estaba?

Prostituto sagrado, la gloria del rostro de Cristo arrojada a los cerdos donde la Marozia y las clases aristocráticas italianas se revolcaban, ahí estaba.

Efectivamente, Ignorancia fue la de Lutero y la de su Pueblo al creer que hubo Reforma. Ignorancia la de los historiadores al comparar esa Reforma con una Revolución. Hoy, lo que a los hijos de Dios nos toca es abrazarnos, echar abajo el muro de la enemistad ideológica y religiosa que los muertos levantaron entre nosotros, los vivos, y alegrarnos porque por fin somos libres y gozamos de la gloria de los hijos de Dios.