LUTERO, EL PAPA Y EL DIABLO
SEXTA PARTE
Sobre el Poder del Diablo
Desde
aquella primera mentira en el Edén y durante los seis milenios transcurridos
hasta nuestra Era la capacidad del enemigo del Reino de Dios para transformar
su maldad y pasarla envuelta en una doctrina llena de amor al hombre se ha
demostrado -o al menos eso quisiera él- infinita. Digo: quisiera él, porque ni
mucho menos es así. La bondad de Dios sí es infinita, pero la de su enemigo
dista mucho de llegar siquiera a superar un número fuera del alcance de la capacidad
de contar de un niño.
Pensando
en este temor humano a que el enemigo maldito de nuestro Mundo estuviese
capacitado para desplegar contra nosotros la propiedad contraria a la Bondad
Divina, en su última Revelación nos dio Jesucristo un Número. Gracias a El, sin
necesidad de someternos a la prueba de abrir una lucha cuerpo a cuerpo con el
Diablo para ver hasta dónde llega su poder maligno, sabemos positivamente dos
cosas. Una, que el número de transformaciones que es capaz de poner el Infierno
sobre la mesa es limitado; y dos, que la locura de quien siendo su creación se
atrevió a declararle la guerra a su Creador, al contrario que su poder, sí es
infinita.
Pero sobre
esta capacidad del diablo de tener una maldad infinita y ser el número de las
transformaciones a que puede llegar su mentira un efecto contrario a tal causa,
además de la Revelación de Jesucristo, un hombre sui géneris, fundador
histórico del movimiento monástico, de entre cuyas paredes saliera el pilar de
la Reforma, oh R. P. Martín Lutero, un hombre llamado Antonio y tenido por
todos sus contemporáneos por santo, pronunció palabras llenas de juicio.
“En primer lugar, démonos cuenta de esto: los
demonios no fueron creados como demonios, tal como entendemos este término,
porque Dios no hizo nada malo. También ellos fueron creados limpios, pero se
desviaron de la sabiduría celestial. Desde entonces andan vagando por la
Tierra. Por una parte, engañaron a los griegos con vanas fantasías, y,
envidiosos de nosotros los cristianos, no han omitido nada para impedirnos
entrar en el Cielo: no quieren que subamos al lugar de donde ellos cayeron. Por
eso se necesita mucha oración y disciplina para que uno pueda recibir del
Espíritu Santo el don del discernimiento de espíritus y ser capaz de
conocerlos: cuál de ellos es menos malo, cuál de ellos más; que interés
especial persigue cada uno y cómo han de ser rechazados y echados fuera. Pues
sus astucias y maquinaciones son numerosas. Bien lo sabían el santo apóstol y
sus discípulos cuando decían: conocemos muy bien sus mañas. Y nosotros,
enseñados por nuestras experiencias, deberíamos guiar a otros a apartarse de ellos. Por eso yo, habiendo hecho en parte esta
experiencia, os hablo como a mis hijos”. “Cuando ellos ven que los cristianos en general, pero en particular los
monjes, trabajan con cuidado y hacen progresos, primero los asaltan y los
tientan colocándoles continuamente obstáculos en el camino. Estos obstáculos
son los malos pensamientos. Pero no debemos asustarnos de sus asechanzas, pues
se las desbarata pronto con la oración, el ayuno y la confianza en el Señor.
Sin embargo, aunque desbaratados, no cesan sino que vuelven al ataque con más
maldad y astucia. Cuando no pueden engañar al corazón con placeres abiertamente
impuros, cambian su táctica y abren un nuevo frente. Entonces urden y fingen
apariciones para aterrorizar al corazón, transformándose e imitando mujeres,
bestias, reptiles, cuerpos de gran tamaño y hordas de bárbaros. Pero ni aún así
debemos dejarlos destrozarnos con el miedo a semejantes fantasmas, ya que no
son nada sino pura vanidad, especialmente si uno se fortalece con la señal de
la cruz”. “En verdad son atrevidos y extraordinariamente desvergonzados. Si en
este punto también se les derrota, avanzan otra vez más con una nueva estrategia.
Pretenden profetizar y predecir futuros acontecimientos. Aparecen más altos que
el techo, fuertes y corpulentos. Su propósito es, si es posible, arrebatar con
tales apariciones a los que no han podido engañar con pensamientos. Y si hallan
que aún el alma permanece fuerte en su fe y sostenida por la esperanza hacen
intervenir a su jefe”.
“Este aparece a menudo de la manera como, por
ejemplo, se lo reveló el Señor a Job: Sus ojos son como los párpados del alba.
De su boca salen antorchas encendidas de donde chispas de fuego saltan de su
lengua. De sus narices sale humo como de olla o caldero que hierve. Su aliento
enciende los carbones y de su boca sale llama-. Cuando el jefe de los demonios
aparece de esta manera el bribón trata de aterrorizarnos, como dije antes, con
su hablar bravucón, tal como fue desenmascarado por el Señor cuando le dijo a
Job: Tiene toda arma por hojarasca, y del blandir de la jabalina se burla; hace
hervir como una olla el mar profundo, y lo revuelve como una olla de ungüento-;
también dice el profeta del Diablo: Dijo el enemigo: los perseguiré y
alcanzaré-; y en otra parte volvió a decir de sí mismo el Maligno: Y hallaron
las riquezas de los pueblos como nido mis manos, y como se recogen los huevos
abandonados, así me apoderé yo de toda la tierra”. “Esta es, resumiendo, la
jactancia de la que alardean, estas son las peroratas que hacen para engañar al
que teme a Dios. Con toda confianza os lo cuento: no necesitamos temer sus
apariciones ni poner atención a sus palabras. Es sólo un embustero y no hay
verdad en nada de lo que dice. Mientras habla semejantes tonterías y lo hace
con tanta jactancia, no se da cuenta de que es arrastrado con un garfio como
dragón por el Salvador, con un cabestro como animal de carga, fugitivo con los
anillos del esclavo en sus narices, y sus labios atravesados por una abrazadera
de hierro. Atrapado como gorrión para nuestra diversión ha sido. Como sus
compañeros del Infierno también él ha sido condenado a ser pisoteado como otro
escorpión cualquiera y como culebra a los pies de nosotros los cristianos; y
prueba de ello es el hecho de que seguimos existiendo a pesar del Maligno. En
serio prometió que iba a secar el mar y a apoderarse de todo el mundo, y no
puede impedir nuestras prácticas ascéticas ni siquiera que yo hable contra él.
Por eso, no deis atención a lo que pueda decir, porque es un mentiroso
consumado, ni temáis sus apariciones porque también son mentiras. Ciertamente
no es verdadera luz la que aparece en ellos, más bien es mero comienzo y parecido
del fuego preparado para ellos mismos; y con lo mismo que serán quemados tratan
de aterrorizar a los hombres. Aparecen, es verdad, pero desaparecen de nuevo en
el momento, sin dañar a ningún creyente, mientras se llevan consigo esa
apariencia del fuego que los espera. Por eso, no hay ninguna razón para
tenerles miedo, pues por la gracia de Cristo todas sus tácticas terminan en
nada”.
Así habló
san Antonio, el hombre que se pasó veinte años encerrado en un fortín
abandonado en el desierto de Egipto, corroborando con su experiencia lo que con
su ciencia nos reveló Jesús. Que la maldad del enemigo es infinita, pero su
poder -como el de esos dementes que se creen infinitamente más de lo que son y
creen que si se les diera la oportunidad serían capaces de sostener sobre sus
espaldas el Globo de la Tierra- termina donde empezó la Cruz.
Hubo,
pues, en los días del emperador Diocleciano un hombre que se llamaba Donato.
Los orígenes del segundo no pueden entenderse sin los del primero, así que
dejemos por un rato la polémica. La historia de los orígenes de la ascensión de
Diocleciano al poder, más que larga, es retorcida. Todo empezó cuando un
campesino de la estatura de un Goliat llamado Maximino se puso al frente de la
sedición que acabó con la vida del emperador Severo Alejandro. Lógicamente el
Senado no podía quedarse con los brazos cruzados y eligió a un anciano de
ochenta años, Gordiano I, que a su vez asoció al poder a su hijo Gordiano II.
Inmediatamente
Maximino les plantó cara y los aplastó. Mas como en esta Ciencia del bien y del
mal que nos ha tocado vivir el más rápido nunca lo es eternamente, Maximino fue
retado a duelo en territorio italiano, donde perdió el título a manos de sus
propios jefes pretorianos. Estos proclamaron nuevo César. Los soldados se rebelaron
entonces contra el elegido de sus jefes y así el Senado volvió a demostrar que
era el más rápido. El nuevo César se llamaba Gordiano III y tenía sólo catorce
años. Para paliar esta deficiencia el Senado lo casó y puso al frente de los
ejércitos imperiales a su suegro. Enviado a luchar contra los persas el suegro
del emperador niño murió a causa de la gripe de los generales romanos, o sea,
asesinado por su lugarteniente más bravo. Acto seguido el nuevo aspirante al
título mundial hizo lo mismo con el yerno, y el asesino entró en la gran
historia con elnombre de Felipe el Árabe. Este firmó la paz con Sapor I, rey de
los persas, bajo cuyo reinado se registra el principio de la predicación del
Maniqueísmo. (Manes juraba haber recibido su revelación de la mano de los
propios ángeles, de cuyos labios escuchara que Jesucristo no fue más que otro
mortal, más santo y bueno que la mayoría pero hijo de su padre y de su madre al
fin y al cabo). Entretanto el general que Filipo el Árabe envió contra los
godos regresó a Roma convertido en emperador y dispuesto a destronar a su
antiguo señor. El nuevo campeón del imperio se llamaba Decio. Este Decio fue el
siguiente de la serie de césares anticristianos que con Nerón abriera la lista.
La persecución no duró mucho, ni el emperador tampoco, que fue vendido a los
galos por su lugarteniente, como lo exigía la costumbre.
La
persecución de Decio no duró mucho pero fue muy violenta. No tanto como la de
Nerón pero sí más dramática porque los cristianos se habían acostumbrado a
vivir en paz con sus vecinos, y claro, de pronto el martirio. Atrapados entre
lo poco que se les exigía para conservar la vida, quemar un palito de incienso
a la salud del emperador, y lo que les esperaba en caso de negación, como un
viento impetuoso que sacude el árbol y quiebra las ramas más débiles, muchos
cristianos no resistieron la embestida y por unos denarios se las arreglaron
para comprar el documento que los salvaba. ¿Al fin y al cabo cuántos años se
creía el asesino que iba a durar en el poder? ¿No murió asesinado, como sus
predecesores y seguirían haciéndolo sus sucesores? De hecho apenas comenzó a
gustar las mieles del absolutismo Decio fue traicionado por Gallo.
Gallo por
Emiliano, y Emiliano por Valeriano. Más listo que sus predecesores, Valeriano
asoció al imperio a su hijo Galieno y entre los dos hicieron lo que pudieron para restablecer la
paz. El punto es que al final de la persecución de Decio, libre el obispado de
Roma, dos contendientes presentaron sus candidaturas, Cornelio y Novaciano. El
primero predicaba el perdón para los cristianos que, como las ramas débiles,
bajo el viento de las persecuciones se rompieron y ahora sangraban por dentro
porque no podían vivir con el remordimiento. El segundo decía que se fueran
todos al infierno. En su bondad infinita quiso Dios que Cornelio y no Novaciano
fuera en Roma su siervo. Atormentado por su derrota Novaciano invocó la
autoridad del espíritu santo y demás recursos sagrados al servicio de quienes
en nombre de la pureza y santidad de su creencia se levantan por la mañana
-como aquel senador que se hacía repetir en el desayuno: Cartago debe ser
destruida- pidiendo la muerte de sus enemigos.
La pelea
fue tan violenta que el emperador acabó por desterrar de Roma a los dos
contendientes. Lo importante para nuestro relato es que por primera vez vino a
luz la palabra “indulgencia”. Su origen lo vemos en la bondad infinita de Dios
para disculpar la debilidad de su pueblo en razón de la sangre de todos los
santos mártires que pusieron en sus manos sus almas.
En el
imperio las invasiones sacudían mientras tanto sus fundamentos. Por el Oeste
los bárbaros de toda la vida, y por el Este los mismos de siempre. Luchando
contra éstos perdió la vida Valeriano. Su hijo Galieno, bajo la presión de su
general Póstumo, tuvo que reconocer el nacimiento de la vocación imperial de
las Galias, de cuya semilla brotaría con el tiempo el Sacro Imperio Germánico,
del que la Reforma sería su hija póstuma y puente entre el I y el III Reich.
Póstumo,
como era de ley, no tardó en ser retado a duelo a muerte por su general Lelio.
Póstumo fue más rápido, pero no pudo evitar que le disparase por la espalda su
otro general Marco Pavonio, quien a su vez no tardó en ser derribado por sus
soldados, con lo cual las Galias volvió a su paradisíaco estado bárbaro de
siempre.
Más al
sur, en la Italia eterna, Galieno fue retado por Aureolo. Cayó el primero y el
segundo encontró la horma de su zapato en Claudio, Segundo para la posteridad.
(Si la realidad no supera a la fantasía y si la historia del mundo no es una
Ciencia, con su origen en la experiencia como los cánones mandan, que alguien
me lo demuestre). Claudio II murió y le sucedió Aureliano, quien como todos sus
predecesores tuvo que demostrar que era el más rápido, cosa que hizo contra
Tétrico, el nuevo emperador de las Galias; contra Firmo, el nuevo emperador de
Egipto; y contra Zenobia, la flamante emperatriz de Siria. A todos los despachó
sin pestañear. Victorias que no le sirvieron de nada porque al poco fue
asesinado por uno de sus secretarios. Lo mismo que Tácito, su sucesor, y Probo
luego. Tal el destino de los césares, contra el que tampoco pudo hacer nada
Caro, el siguiente de la lista. Ni Numeriano, su hijo, asesinado por Aper, su
cuñado. Destino contra el que se rebeló el próximo emperador de Roma,
Diocleciano, culpando a los cristianos de todos los males del imperio.
Por
aquéllos años vivió el san Antonio del que arriba invoqué unas palabras sobre
la naturaleza de la supuesta maldad infinita del Diablo. Naturalmente Diocleciano
no se convirtió en la bestia negra del cristianismo de la noche a la mañana.
Primero reorganizó el Estado dividiéndolo en Oriente y Occidente, ambas partes
dirigidas por un Augusto, él mismo Augusto de Oriente y su colega, Maximiano,
de Occidente. Los dos Augustos tendrían cada uno un César. Diocleciano eligió a
Galerio y Maximiano a Constancio Cloro, padre del futuro Constantino el Grande.
Al rato comenzaron los disturbios. Diocleciano tuvo que vencer al próximo
emperador de Egipto, Constancio Cloro a un aspirante a rey de Inglaterra y
Galerio a Narsés, rey de Persia. El éxito de este Galerio en la cuestión persa
unió a Diocleciano y Galerio hasta el punto de dejarse Diocleciano engañar por
la acusación de Galerio de ser el cristianismo la raiz de todos los males del
imperio, contra cuya cizaña sólo cabía una respuesta: La persecución total, una
solución final al lado de la cual la de Nerón y la de Decio fuesen recordadas
como un juego de niños.
Desde el
250, año de la persecución de Decio, al 303, año de la persecución de
Diocleciano, a pesar de la sucesión vertiginosa de crímenes de sucesión,
guerras civiles senado versus generales, rebeliones provinciales y guerras
ínterimperiales, sólo había pasado medio siglo. Pero este medio siglo había sido
suficiente para que los cristianos se olvidasen del terror de la persecución de
Decio y se echasen a dormir creyendo que ya jamás volverían aquellos tiempos.
¿El número de mártires durante la persecución de Galerio y Diocleciano? Muchos
o pocos desde luego no hubo ni un sólo alemán. Especialmente porque Constancio
Cloro, César de Occidente, no firmó el Edicto de la Bestia, que se cebó en el
mundo grecolatino.
Así las
cosas Diocleciano abdicó y obligó a seguir su ejemplo a su colega Maximiano,
quedando Galerio y Constancio Cloro como Augustos. Hecho, Galerio nombró como
César suyo a Maximino Daya y para César de su colega eligió a Valerio Severo.
El hijo del Augusto depuesto, Majencio, protestó y se declaró en rebeldía. Por
su parte Constancio Cloro tampoco se quedó contento; su idea era asociar a su
hijo Constantino como César. Majencio se enfrentó a Valerio Severo y lo
derrotó. Constancio Cloro entretanto libraba su propia batalla en Inglaterra
contra los bárbaros mientras su hijo era rehén de Galerio. Al conocer la muerte
de su padre Constantino huyó y se unió a los ejércitos, que le reconocieron
Imperator. Acto seguido Constantino se casó con una hija de Maximiano, hermana
de Majencio. La alianza la conjuró Diocleciano, quien tuvo la idea de cuadrar
el círculo enfrentando a Constantino con su suegro y su cuñado mediante el
truco de asociarle Licinio. La artimaña le dio resultado.
Constantino
contra su suegro fue el duelo siguiente. Maximiano fue derrotado y cayó con las
botas puestas. Al poco Galerio murió sin el honor de los soldados, en el campo
de batalla, y Maximino Daya se alió con Majencio. Constantino se enfrentó a
Majencio y Licinio a Maximino. Ambos ganaron sus duelos. E inmediatamente
dieron a luz el Edicto de Milán, año 313 de la Primera Era de Cristo. El
cristianismo había vencido al imperio romano. Era la hora de la celebración de
la victoria. Y las campanas de todo el imperio repicaron ad maiorem Dei
gloriam. Todas menos una: las de Cartago. Las de Cartago repicaron a misa
fúnebre. El oficiante se llamaba Donato, obispo, por supuesto.
Lo mismo
que pasó durante la persecución de Decio ocurrió durante los nueve años de la
persecución de Diocleciano y Galerio. Bajo el efecto de la tormenta huracanada
que azotó el imperio las ramas tiernas del árbol cristiano se quebraron por el
peso del susto a la tortura. Y como pasara en tiempos de Novaciano otra vez fue
un obispo que no expuso su cuello a la guillotina, de nombre Donato, quien para
hacerse propaganda y decidir su elección a la catedral de Cartago le negó el
perdón de los pecados a los cristianos que se las arreglaron para sortear el
martirio. Empezando, lógicamente, por su rival al puesto de obispo.
Los
tiempos habían cambiado y el obispo Mensirio sorteó el martirio entregándoles a
las autoridades los libros sagrados. Si se los entregaba no le pasaría nada, y
si no: lo mataban. El hombre pensó que los libros se pueden escribir tantas
veces como haga falta pero que el libro de la vida de cada uno se escribe una
vez, y no le dio más importancia.
Error.
Siempre hay alguien por ahí para ser el juez de tus actos. Jesucristo dijo: “No
juzgues a nadie, porque con la misma vara que juzgues serás juzgado”. Mas como
quien tiene el espíritu santo tiene la palabra Donato juzgó y condenó a su
obispo y a todos los que, como Mensirio, creyeron que vale más la vida cuando
se la compara con un papel, porque la verdadera Escritura no está escrita en
piedra sino en los corazones.
Insatisfecho
con esta respuesta Donato predicó la necesidad de matar a todos los traidores y
a la iglesia católica que con sus indulgencias -como muy bien ha expuesto
Lutero en una tesis anterior, concedida siempre después de la penitencia-
estaba dando pie a esta situación. El odio hacia el obispo de Roma y hacia la
iglesia católica se convirtió en el signo de identidad entre los verdaderos
fieles de la nueva iglesia de Cristo. Amén.
Se dice
que los nuevos cristianos enviaron más católicos al infierno que mártires al
Cielo la persecución de Diocleciano. Y, en fin, cada cual saque sus conclusiones
sobre la guerra civil que la Reforma desató contra todos los católicos por el
pecado de un sólo hombre, el obispo de Roma.