LUTERO, EL PAPA Y EL DIABLO
CUARTA PARTE
CRONICAS MEROVINGIAS
En sus
orígenes los Francos fueron un sólo pueblo. Aquel pueblo se multiplicó y,
siguiendo la ley divina: Henchid la tierra, dio lugar a las dos grandes ramas
que andando el tiempo crearían las dos naciones que conocemos hoy día como
Alemania y Francia.
Al
principio el Rin fue la frontera entre las dos ramas. La rama francesa fue la
primera en cristianizarse, mejor dicho, en convertirse al catolicismo. Este
acontecimiento tuvo lugar durante el reinado de Clodoveo, el verdadero fundador
del reino del que emergería el Sacro Imperio Romano Germánico -más pomposo y a
la medida del orgullo del alemán de la Reforma imposible el título.
El abuelo
de este Clodoveo participó -se dice- en la guerra contra los Hunos. Coronado en
el 481 la primera guerra de verdad de Clodoveo fue contra el último romano que
gobernaba la actual Francia, un tal Siagro. Este Siagro intentó enemistar al
rey de los Visigodos, Alarico II, rey del sur de Francia y del norte de España,
con Clodoveo, pero Alarico le cortó la cabeza al romano y se la mandó a
Clodoveo en prueba de amistad. Gesto que no le valió de mucho al rey de los
Visigodos; ya que al poco se vieron en el campo de batalla y Clodoveo le cortó
a él la suya.
De este forma de devolver la amistad cualquiera diría que los
Francos eran peores que las bestias. La investigación sobre la causa de la
enemistad súbita entre ambos reyes vecinos nos aclara las cosas.
La razón
de la guerra entre Clodoveo I y Alarico II fue la siguiente. Apoyado en el
episcopado galo-romano de toda la vida Clodoveo abolió los prejuicios de raza
entre Galos, Romanos y Francos. La sujeción de su reino a la ley de la igualdad
debida al cristianismo, aunque Clodoveo mismo no era católico, le valió a su
política muchos puntos entre todos los pueblos que formaban las torres de su
corona.
Como
hubiera sido de esperar, de la conversión de Clodoveo no tuvo la culpa ningún
obispo, santos como eran los de aquéllos días, sino una mujer, su mujer,
Clotilde. A nadie debe extrañarle que la Historia le diera el título de Santa.
La leyenda ha querido que el momento decisivo de la conversión de aquel
guerrero se emparejase con el otro a raiz del cual el Cristianismo conquistó su
libertad. Lo mismo que la victoria decisiva de Constantino el Grande decidió la
suerte de pueblos numerosos, la invocación al Dios de santa Clotilde en el
prólogo de la batalla decisiva por su reino y la consecuente victoria barrió
del guerrero franco la duda y se hizo bautizar en el 496 por el famoso obispo
de Reims, san Remigio.
Para la
Historia ha quedado la frase con la que este célebre obispo bautizó a su hijo
en Cristo. “Adora lo que quemaste, quema
lo que adoraste”. Como si estas palabras hubieran determinado el futuro de
Francia el pueblo francés hubo de esperar el nacimiento de la Revolución para
quemar lo que durante tantos siglos adoró.
La verdad
es que la guerra con los Visigodos de Alarico II la inició Clodoveo por culpa
del primero. Alarico era arriano. La conversión de Clodoveo y la reacción en
cadena de conversiones al estilo bárbaro provocó que el pueblo galo-romano,
católico desde antes de la conquista de su territorio por los Visigodos,
encontrara un defensor de su causa en el rey de los Francos. Ante la esperanza
de liberación que desató la conversión de Clodoveo, Alarico II decidió acallar
aquél grito al estilo anticristiano más depurado. Y la persecución se hizo. Con
esta medida criminal Alarico II demostró ser más terco que un burro. Que
esperase triunfar donde fracasaron generales de la talla de un Diocleciano, por
ejemplo, le mostró a Clodoveo la clase de orejas de asno que el rey de los
Visigodos tenía. Y creyendo que a semejante asno la cabeza de hombre no le
convenía fue y se la cortó.
¿Pero quiénes eran estos Visigodos en definitiva?
Lo mismo
que los Francos, los Godos fueron en su origen un único pueblo. Su origen
estaba en el Norte, Escandinavia. Como el resto del mundo los Godos se
multiplicaron y se dividieron en dos ramas principales, los visigodos y los
ostrogodos. Durante los primeros siglos del cristianismo los Godos se movieron
del Norte al Este y se instalaron en las costas del mar Negro, de donde fueron
expulsados por la marea de los Hunos. Ante el ultimátum, unirse a los Hunos o
perecer, los ostrogodos se unieron a Atila, y se les encontró luego combatiendo
a su lado en la famosa Batalla de Paris.
La rama occidental de los Godos, los
visigodos, prefirieron abandonar sus territorios y enfrentarse al imperio
romano antes que unirse a aquella manada de monstruos. Posiblemente de aquí que
los historiadores les dieran a los visigodos la fama de los buenos y a sus
hermanos ostrogodos la de los malos.
El
emperador Valente les permitió a los Visigodos el acceso el Imperio pero parece
que los trató peor que a los perros. Cuando dos de sus jefes más amados fueron
asesinados por los Novios de la Muerte, los Visigodos se pusieron en pie de
guerra. Se cuenta que el 19 de agosto del 378, 18.000 visigodos se enfrentaron
a 70.000 romanos y pasaron sobre las legiones como un tornado por un pueblo de
madera. La llamaron la Batalla de Adrianópolis. El emperador Valente murió en
ella con las botas puestas.
Encendidos
sus corazones como carbones en llamas por la victoria, los Visigodos se
dirigieron hacia Constantinopla, ciudad que no pudieron conquistar. Con el
fuego de la rabia todavía quemándoles las entrañas -algo que se les quedaría a
sus futuros descendientes, los españoles- los Visigodos se dedicaron a saquear
pueblos y regiones enteras, viviendo por un tiempo del cuento, como en el futuro
lo harían los Vikingos, sus parientes lejanos.
Así que un
día los Visigodos se cansaron de hacer el pillo y pactaron con el emperador
Teodosio tierra a cambio de paz. Teodosio el Grande aceptó. Al poco a Teodosio
le salió un rival reclamando el Imperium. El recuerdo de los 18.000 contra los
70.000 en mente, Teodosio contrató a Alarico I, el flamante rey de los
Visigodos, prometiéndolo mucho oro a cambio de ayuda militar. Alarico I, del
que se dice que le gustaba el dinero más que a un niño una piruleta, chocó esos
cinco. Y juntos aplastaron al aspirante al título de master del universo
romano. Pero en la batalla -del río Frígido la llamaron- los visigodos de
Alarico soportaron todo el peso de la victoria. A la hora del recuento de
muertos, en proporción a los de los romanos los muertos de los visigodos
superaron un número bestial la diferencia. Alarico I -de Tonto más que de
inocente lo trató Teodosio el Listo- no tardó en darse cuenta de la jugada
maestra del Imperator Romano. Sus hombres habían sido sencillamente
sacrificados al dios de la guerra. El escándalo convirtió otra vez la sangre
visigoda en fuego. Con aquel río de furia quemándoles las venas, Alarico I el
Tonto y sus supervivientes se lanzaron contra el país de Grecia, Macedonia y
Tracia, saqueándolo y destruyéndolo todo. ¡Una tontería como otra cualquiera!
Al poco
murió Teodosio el Listo. Su general Estilicón fue nombrado regente del imperio
de Occidente. El deber le imponía plantarle cara a Alarico. Lo hizo. Estilicón
lo acorraló y estuvo a punto de cortarle las agallas, pero el Alarico logró
salir vivo.
Arrianos que eran los Visigodos el enfrentamiento contra el Imperio
fue derivando hacia el terreno religioso. Lenta pero sin pausa el odio hacia el
Romano se transformó en odio hacia el catolicismo. Una vez que este odio hacia
el catolicismo se instaló en sus venas, aunque Estilicón le ofreciera a Alarico
Yugoslavia entera por reino, Alarico sólo aceptaría como satisfacción por los
crímenes contra su pueblo el Imperium.
Después de devastar Grecia y Yugoslavia
Alarico irrumpió en Italia, cual Aníbal en sus mejores tiempos, dispuesto a
saquear Roma. Estilicón movilizó en su contra a todas las naciones bárbaras
aliadas: Suevos, Vándalos, Alanos.
En la
Pascua del 402 Alarico mordió el polvo, por fin. Pero como cualquier otro
“elegido” -todos con más vidas que un gato- otra vez logró salir vivo. Italia
se había salvado, que era lo importante.
Roma a salvo, el conglomerado de
naciones aliadas regresó a sus cuarteles, pero por el camino, charlando, se les ocurrió
una idea mejor, conquistar las Galias. De la idea pasaron a los hechos y lo
hicieron.
Estilicón,
más preocupado con las cosas de la alta política imperial que por la suerte de
cuatro galos y medio, pasó de la Imitación de Julio César. Constantino, general
de las Islas Británicas, no. A la distancia de un túnel bajo las aguas,
Constantino -no el Grande- respondió a la conquista de las Galias declarándose
César Imperator. Cruzó el Canal y su Rubicón, cargó con la cruz de los césares:
Alea jacta est, y se fue a buscar al cobarde de Estilicón. Pero Alarico I el
Tonto estaba allí para sacarle las castañas del fuego a los Romanos -actitud
que sus descendientes heredarían y le daría al Español el carácter quijotesco
que mostrara en el siglo XVI, soportando solo el peso de la lucha a vida o
muerte de Europa contra el Turco-. Alarico aceptó la oferta de Estilicón de
rechazar juntos el peligro; los dineros por delante, siempre. Cerrado el trato
Estilicón dejó en manos del Visigodo detener al aspirante al título de Master
mientras él se dirigía hacia Constantinopla. Adonde nunca llegó porque fue
asesinado por el Senado.
Roto de
esta manera el contrato, Alarico volvió grupas contra Roma. Era el 408. Hacía
800 años que la Ciudad Eterna no había conocido el asedio y el saqueo. Alarico
devastó, saqueó a placer y se llevó como rehén a Gala Placidia, la hermana del
emperador.
Alarico I
murió al poco, y Gala Placidia se casó con Ataúlfo, su sucesor. Este Ataúlfo
fue el líder que dirigió a los visigodos hasta España, y la conquistó. Su
sucesor, Valia, extendió la conquista hasta el sur de Francia, haciendo de
Toulouse su capital. El siguiente rey de la lista, Teodorico I, hijo de Alarico
I, se unió a los ejércitos europeos para defender al mundo civilizado de la
invasión de los hunos de Atila. Caído Teodorico en el campo de batalla, su hijo Eurico se
declaró independiente de Roma.
De estos
reyes descendía el Alarico al que Clodoveo, rey de Paris, se enfrentó en el 506
y destruyó. Expulsados los Visigodos de Francia, se retiraron
al sur de los Pirineos y desde Toledo reinaron sobre toda la península ibérica
hasta que en el 711 fueron barridos por la marea islámica.
Como dije,
el enfrentamiento entre Clodoveo el Católico y Alarico II el Arriano vino a
cuento de la conversión del rey de Paris. El rey de Tolosa, arriano hasta la
médula, se lanzó a la persecución de todos los católicos de su reino. Estos,
sacrificados al odio de quienes decían ser cristianos pero con sus obras
demostraban todo lo contrario, llamaron en su socorro al rey Católico. Clodoveo
respondió como un hermano y destrozó las fuerzas anticristianas que bajo el
signo de la Cruz se habían refugiado a la espera del momento para abrir las
puertas del infierno de las persecuciones. De esta manera fue casi todo el
reino de Francia conquistado para los futuros franceses. Sus hermanos francos
ripuarios, los futuros alemanes, seguían sin embargo sin tener su territorio
nacional. Cosa que tras la muerte de Clodoveo (511) arreglaría su hijo Thierry,
el conquistador de las tierras al este del Rin, padre del núcleo desde el que
había de formarse la futura Alemania.
Desde esta
plataforma Clotario I siguió combatiendo a los Sajones y a los Bávaros, a los
que sometió. Pero a su muerte el reino se arrojó en los brazos de la guerra
civil fratricida, el resultado de la cual fue la formación de dos grandes
bloques, el Este y el Oeste, sobre cuyas fronteras se forjarían las dos
naciones actuales: Francia y Alemania, de la que se desgajarían Holanda,
Bélgica, Austria y Suiza.
Sigeberto
y Childerico, hijos de Clotario I, se casaron con las dos hermanas visigodas
Brunilda y Galesvinda, hijas del rey español Atanarico, y nietas de Alarico II.
Cómo llegaron a casarse las nietas del rey muerto con los nietos del rey que lo
mató es uno de esos enigmas sin solución. La cosa es que Fredegunda, la amante
de Childerico, celosa de la reina Galesvinda la asesinó, troceó su cuerpo y se
lo arrojó a los perros. Childerico se rió ante aquel ataque de celos latinos y
la hizo su reina. Brunilda, hermana de la reina asesinada, sobre la memoria de
todos sus muertos juró venganza. Y no paró de envenenarle la vida a su marido
hasta que lo condujo al campo de Caín y Abel.
Los
hermanos se enfrentaron a muerte. Sigeberto obligó a Childerico a huir.
Childerico logró refugiarse detrás de los muros de un castillo inexpugnable.
Como no podían entrar a buscarlos para matarlos ni ellos salir para morir
Brunilda cercó el castillo donde la asesina de su hermana se escondió y se juró
dejarla morirse de hambre.
Habiendo
el Cielo concedido justicia Sigeberto y Brunilda reclamaron esta señal de los
dioses como signo inequívoco de su derecho a la corona de todo el reino de los
Francos. La coronación estaba ya en marcha cuando unos asesinos a sueldo
contratados por Fredegunda enviaron a Sigeberto con viento fresco al Cielo.
Brunilda
logró huir, se alzó como regente del reino del Este, Alemania, y mantuvo la
guerra contra el reino del Oeste, Francia, hasta que pudo pagarle al asesino de
su hermana y de su esposo con la misma moneda. Un día un asesino a sueldo le
hizo el favor a Childerico de mandarlo cuanto antes al infierno al que él antes
enviara a su hermano.
Entretanto
Gontran, el otro hermano de Childerico y Sigeberto, después de vencer a un
aspirante a su corona, murió legando a Brunilda y a su hijo su reino. A su
muerte el hijo de Brunilda volvió a hacer lo que sus padres, dividir el reino
entre sus hijos Teodoberto y Thierry.
En un
principio los dos hermanos se unieron contra Clotario II, el hijo de
Fredegunda. Pero al final acabaron matándose entre ellos. Thierry mató a
Teodoberto y finalmente, durante los preparativos de guerra contra el hijo de
Fredegunda, él se mató a sí mismo entre borracheras y orgías, en esto siguiendo
a rajatabla las buenas costumbres bárbaras.
Así las
cosas, Brunilda fue a tomar las riendas del poder supremo. Entonces los nobles
alemanes, a los que no les cabía en la cabeza que una mujer fuera a mandarlos,
se pasaron al bando enemigo. Brunilda Atrapada, después de matarle los nietos
que le quedaban, la ataron a la cola de un caballo, fustigaron al animal y este
corrió hasta destrozar a la pobre mujer. Así fue cómo Clotario II volvió a
reunir los reinos de Francia y Alemania (año 614) en una mano.
El precio
que pagó el rey de Francia por la corona de Alemania fue muy alto. La elección
de su Primer Ministro, o mayordomo de palacio, sería Privilegium de los
Príncipes Alemanes, consejo de electores del que derivaría su homólogo imperial
sacro germano. También tuvo que firmar la promesa de no intervenir en la
elección de los obispos. Y sobre todo y ante todo firmar la autonomía de
gobierno de Alemania. El rey no tuvo más remedio que aceptar, aunque a su
manera, sentando en el trono alemán a su propio hijo Dagoberto.
Muerto su
padre este Dagoberto reunió de nuevo las dos coronas. El destino de su dinastía
estaba ya, a pesar de la aparente fuerza de su reino, en las manos de Pipino
Landen, el mayordomo de palacio, cuyos descendientes dividirían la Unión y
darían luz verde a las historias independientes de Francia y Alemania.
De todos
modos Dagoberto I, presintiendo inconscientemente la fuerza de Pipino Landen lo
retiró del gobierno. Creyó que dándole el puesto de primer ministro de Alemania
al hijo del obispo de Metz, de la sangre de Pipino, lograría exorcizar el
peligro.
Apenas
muerto Dagoberto su hijo Sigeberto sacó de las sombras al antiguo mayordomo de
palacio. A la muerte de éste un advenedizo, llamado Otto, desplazó al hijo del
difunto Pipino, quien a su vez dio el correspondiente golpe de estado y recogió
lo que le pertenecía por herencia. Este quiso llevar tan lejos su ambición que
acabó quitando y poniendo rey. Desgraciadamente los Príncipes Electores
Alemanes no pudieron soportar aquella abolición de sus derechos y volvieron a
entregar, como ya hicieran con Brunilda, el golpista al rey de Francia. De esta
nueva manera el rey de Paris volvió a tener las dos coronas en sus manos. Murió
al año siguiente, 657 de nuestro Señor, de la enfermedad de los merovingios,
enviciado hasta los ojos.
Clotario
III le sucedió. Debía ser un chiquillo cuando le coronaron porque su madre
actuó de regente. Cuando por fin tuvo uso de razón Clotario coronó rey de
Alemania a su hermano Childerico. Su primer ministro murió y le sucedió un tal
Ebroín, una especie de Rasputín que se jugó el cuello contra los derechos de
los Príncipes Electores ignorando cómo se las jugaban sus altezas alemanes.
Estos, bajo la bandera sacra del obispo de Autun, derrocaron al primer ministro
de París, lo encadenaron, y a su rey lo obligaron a retirarse a un convento. Y
así fue cómo Childerico II, el rey de Alemania, se sentó en Paris como rey.
Por poco
tiempo. Lo mataron al pobre cuando ya empezaba a cogerle gusto al asiento. Se
sospechó que lo mataron por haber desterrado al primer ministro alemán y al
obispo, los dos hombres que lo llevaron en hombros a la catedral de Reims. Y la
anarquía se hizo. El primer ministro alemán regresó del exilio, y proclamó rey
de Alemania a Dagoberto II; mientras el obispo hacía lo mismo y consagraba rey
de Francia a Thierry III.
Todos
contentos estaban cuando Rasputín Encadenado rompió las argollas, reunió a
todos los descontentos, que debían haber sido muchos, reconquistó Francia y
condenó a muerte al obispo quita y pon reyes. Enseguida le declaró la guerra al
rey de Alemania. Este le reconoció su rango de primer ministro de los dos
reinos, y como Pipino de Heristal, nieto de Pipino Landen, y su socio Martín le
plantaran cara los hizo morder el polvo, resultando muerto de la indigestión el
segundo.
El primero,
Pipino de Heristal era el hijo de una santa, hija de Pipino Landen. Desde su
puesto de primer ministro a la sombra del verdadero primer ministro de Francia
y Alemania, el hijo de la santa esperó su turno para vengar su honor alemán
humillado. La ocasión vino a la muerte del Rasputín de Paris.
Su sucesor
Waratón y su hijo, no pudiendo compartir la misma tarta, comenzaron a guerrear
entre ellos, lucha a la que se unió el yerno del primero, escándalo total que
aprovechó el primer ministro alemán para imponer orden y salir de la contienda
como el único Bismarck del mundo de los Francos.
Thierry
III, Clodoveo III, Childeberto III y Dagoberto III fueron meros títeres en sus
manos. Los Príncipes Electores Alemanes fueron quienes de verdad gobernaron
durante esos años el Reino Merovingio. A la muerte de Pipino su viuda Plectrude
quiso regentar el reino, pero los machos alemanes, no pudiendo soportar ser
mandados por una hembra, la mandaron de vuelta adonde pertenecía, a la cocina.
Subió al poder el legendario Carlos Martel.
Al
contrario que los grandes héroes nacidos bajo la estrella de las armas, todos
hijos de muy santas madres, este Carlos era el hijo de una querida de su padre.
Fue él, sin embargo, quien en Poitiers, en el 732, les paró los pies a los ejércitos
islámicos que, después de haber destruido el reino de los Visigodos, querían
hacer otro tanto con el de los Francos.
Gloria a
él, aunque pecase de exceso al expropiar a la Iglesia para pagarle a sus
soldados con qué. Amante de su pueblo, al Apóstol San Bonifacio no sólo no le
cortó el paso sino que puso a su alcance de toda la ayuda que necesitase. En lo
demás Carlos Martel, el Martillo de Dios, siguió siendo un Franco, o sea, un
bárbaro que siguió creyendo que su padre original fue un dios, y la sangre azul
de aquel dios se transmitía de papás a hijos y por tanto siendo todos sus hijos
divinos, todos tenían derecho a una parte de su imperio.
A su
muerte Carlos Martel volvió a dividir el reino entre sus dos hijos, aunque, al
contrario que sus predecesores, Carlomán y Pipino mantuvieron buenas
relaciones, como de hermanos. Tal vez fuera la influencia del Apóstol
Bonifacio. Movidos por la piedad y la caridad reinstauraron la obsoleta
dinastía merovingia en la persona de Childerico III.
No por
mucho tiempo. Carlomán sufrió un ataque místico y se encerró en un convento.
Dejado solo y después de consultarlo con el papa Zacarías el primer ministro
fue coronado rey de Francia y Alemania. Los tiempos de los francos franceses
habían pasado, ahora les tocaba a los francos alemanes mostrar de lo que eran
capaces. Se dice que de haberle aconsejado el papa lo contrario Pipino el Breve
no hubiera elevado la cabeza de Alemania sobre el resto de las naciones
cristianas.
En líneas
generales este es el origen de la Alemania de Lutero, sin perder de vista que
su trayectoria aún estaba unida a la de Francia, de cuya Historia se desligaría
en breve. Y en definitiva, volviendo a la tesis en curso: ¿si las almas de las
naciones que duermen a la espera del Juicio Final no pueden saber qué les
espera cómo podremos saberlo nosotros? ¿A qué estaba jugando el autor de estas
Tesis? ¿A salvar a Dios para condenar al resto del mundo?