BIBLIOTECA TERCER MILENIO

LUTERO, EL PAPA Y EL DIABLO

 

SEGUNDA PARTE

 

Sobre la Interpretación de la Biblia

 

He dicho antes que la estructura de la Realidad Universal tal como nosotros la hemos heredado la hemos encontrado sujeta a un conflicto cósmico. Dos verdades, una nacida con vocación de infinito y eternidad y otra nacida con pretensiones de indestructibilidad, proyectaron sobre nuestro mundo su Guerra. La primera es la Verdad Natural, que se hizo cristiana; la segunda es una verdad artificial, maligna, que se transforma con los siglos para conducir a todos al mismo sitio. En palabras del Jesús del Apocalipsis: “Cuando se hubiere acabado los mil años, será Satanás soltado de su prisión y saldrá a extraviar a las naciones que moran en los cuatro ángulos de la tierra, a Gog y a Magog, cuyo ejército será como las arenas del mar. Subirán sobre la anchura de la tierra y cercarán el campamento de los santos y la ciudad amada. Pero descenderá fuego del cielo y los devorará” (La batalla y el juicio final).

La interpretación natural de esta profecía se tradujo en carne en el cuerpo del Segundo Milenio de la Primera Era de Cristo, que nació con la División de las iglesias de Oriente y Occidente y acabó enfrentando a Oriente y Occidente en el campo de batalla de la Segunda Guerra Mundial, a cuya guerra dio fin la Edad Atómica (con el fuego que descenderá del cielo).

No todos en la actualidad -siglo XXI- parecen estar de acuerdo con esta interpretación de la última profecía de Jesús. Algunos herederos de la Reforma incluso creen y enseñan que ese Milenio Apocalíptico acaba de nacer.

Sin entrar en la polémica pero sin darle la espalda, el hecho es que el futuro que tales falsos profetas le dibujan a este Tercer Milenio no parece que vaya a diferenciarse en nada del Milenio que murió. Pues o bien la profecía es falsa y por tanto su Autor es un farsante, cosa que a nadie le cabe en la cabeza, que el Hijo de Dios sea un farsante, y el Milenio de la profecía no ha hecho sino empezar; o bien Jesús es Veraz, Verídico, y el Milenio de la Profecía acaba de terminar.

Independientemente de la opinión de cada cual sobre este particular, hay cosas que son universales y su negación sólo puede hacerse al precio de renunciar a la salud de la inteligencia. Una de esas cosas innegables es que Jesucristo nos descubrió que no sólo el género humano sino la creación entera, incluido nuestro Creador, fuimos empujados a participar en ese Conflicto, por llamarlo de alguna forma: Cósmico. Y que, la suerte de este Conflicto Cósmico la tuvo Dios en sus labios, de cuya última palabra dependía el futuro de nuestro mundo en especial y el de su Reino en general.

Y Dios habló; y su última palabra al respecto fue un No a la pretensión de esa verdad artificial que quiso transformar su Reino en un olimpo de dioses más allá de la ley, y un Sí a esa Verdad Natural que se expande y le comunica a todos los hijos de Dios su vocación de vida eterna. Y esto es lo que vino a decirnos Jesucristo.

Pero hablar por hablar no basta. Así que pensando en acabar con las causas de aquel conflicto histórico-cósmico Dios le dio una nueva forma a su Reino. Y configuró la Unidad de todos los Pueblos a su Corona sobre la base de la Obediencia a su Palabra. Y no sobre la base de una obediencia cualquiera; no. La basó en la Obediencia que nace de la Fe.

Pero no de esa fe que es conocimiento de la existencia de Dios, que se funda en las pruebas y que el propio Universo y la Historia le ofrecen al hombre. Pues dos son las realidades objetivas que dan testimonio de la existencia de Dios: el Universo y la Historia. No, en este tipo de fe no fundó Dios la Obediencia sobre la que quiso levantar la Unidad de su Reino; Dios fundó esa Obediencia en la Fe que nace del espíritu.

Y el espíritu es Dios, y Dios es Amor. En fin, en boca de su Hijo su Palabra fue: “Todo Reino en Sí dividido será desolado, y toda Ciudad o Casa en Sí dividida no subsistirá”.

De donde se ve que siendo el Cristianismo el Reino, la Ciudad y la Casa de Dios en la Tierra no hay que ser muy listos para comprender el alcance de los devastadores efectos que la División de las iglesias había de provocar a lo largo y ancho de los siglos. Tanto más perniciosos los efectos cuanto al haber determinado Dios emplear el Cristianismo como plataforma civilizadora, al dividirse las iglesias le restaban a su Señor fuerzas para llevar su Reino hasta los confines del mundo.

Pero la Historia del Nacimiento y Crecimiento del Cristianismo no es objeto de este Debate. La necesidad de implicarla en el Debate surge a tenor de la transformación de una discusión teológica en doctrina de justificación para la guerra fratricida que el Protestantismo le declaró al Catolicismo, y de la cual surgió la división de Europa en Norte y Sur.

Hay que decir, tratando el asunto de toda guerra fratricida, que afirmar que Caín fuera justificado por su ignorancia sobre las fuerzas en las que se vio atrapado no es nada nuevo. Afinar el pensamiento y descubrir en qué punto estaba equivocado Caín sí es algo novedoso.

La culpa del padre de Caín en la tragedia que arrastró a su mundo al pecado es un hecho teológico ampliamente sabido. Por fuerza, pues, había el padre de asumir responsabilidad en el crimen de su hijo.

Más que de hecho por derecho, el propio Dios reconoció la culpa de Adán en el fratricidio de Caín al alzarse como defensor suyo contra quien se atreviera a vengar la muerte de Abel: “Si alguien matare a Caín, siete veces será vengado” le juró. Juicio del que -ajustando la doctrina protestante sobre la predestinación al caso Caín- se podría concluir afirmando que el mismo Dios que lloró la muerte de Abel y sentenció el delito diciendo: “Maldita será la tierra por haber abierto su boca para recibir de mano tuya la sangre de tu hermano. Cuando la labres, no te dará sus frutos, y andarás por ella fugitivo y errante”; este mismo Juez se alza al instante como si no hubiese pasado nada y jura que vengará la muerte del fratricida hasta siete veces. De lo cual podría decirse que para no condenarse a sí mismo Dios limitó la pena de muerte que se merecía el crimen a una condena sujeta a un factor desgravante.

Apariencia y nada más, por supuesto. Puede que desde la teología protestante esta causa desgravante tuviera por sentido borrar las huellas del Dios que predestinó a Abel a morir y a Caín a matarlo. Según Calvino y Lutero: semejante al Poncio Pilatos que se lavó las manos, Dios llevó a los actores al campo, condenó a muerte a Abel y a Caín a cumplir la sentencia. E inmediatamente sentenció a Caín a vagar fugitivo y errante, aminorando la pena de muerte con la que el delito estaba penado.

¿No se reconocía Dios como la causa motora del crimen -se preguntó y se respondió afirmativamente el protestantismo- al jurarle al asesino que El mismo vengaría su muerte, hasta siete veces incluso?

¡Como si el hombre fuera un guiñol y Dios un titiritero infernal!

Inútil, sin embargo, seguir por esta vía maléfica típica de un Calvino ignorante. La causa desgravante en la sentencia contra el crimen de Caín estaba en la ignorancia de Adán. Que nosotros podemos analizar con más cabeza. Tengamos en cuenta que para nosotros muchas cosas son obvias, como el que Dios hiciera la Promesa de la Venganza contra la Serpiente mirando al horizonte de los milenios. Aquéllos a los que les competía el acontecimiento y eran los actores del mismo tenían que ver las cosas desde la cercanía de los hechos. De lo cual es precisamente prueba el fratricidio.

Caín, creyendo que la Promesa tenía que ver con él y su hermano, mató a Abel para quedarse solo en el campo de batalla y ser él el Elegido que se enfrentaría al Diablo y le arrancaría de la cabeza lo que le pertenecía por herencia, la corona. Una vez solo, y no teniendo su madre más hijos, obligaba a Dios a proclamarle el Elegido.

Ignorante de la verdadera naturaleza del Acontecimiento que provocó la Caída, para ocultar su ignorancia Lutero, Calvino y la Reforma en general culparon a Dios de ser el verdadero director del crimen de Caín contra Abel. Rescatando la doctrina del Maniqueísmo del baúl de los recuerdos.

Negar que hubiera ignorancia de Adán e incluso de Caín sería como reconocer que los judíos supieron lo que hacían cuando crucificaron a Cristo, o como creer que Lutero fue consciente de estar desobedeciendo al Dios que puso su Palabra como piedra angular de la Unidad de su Reino.

Que Lutero en su ignorancia pero contra la voluntad de Dios dividió la Cristiandad será uno de los puntos a demostrar en este libro. Las dos cosas se demostrarán, su ignorancia y su desobediencia. Afortunadamente, previendo el futuro de su Reino en la Tierra, como se ve en la Parábola de la Cizaña, Dios le dio a la plataforma civilizadora cristiana una estructura interna, la Iglesia.

Conociendo de antemano su futuro Dios unió la Iglesia a su propio Hijo de la forma que siendo Adán y Eva dos personas por el Amor se hicieron una sola cosa. Era natural. Consciente de las circunstancias por las que en los dos próximos milenios el futuro de la Humanidad había de atravesar, Dios quiso unir nuestro Futuro al suyo mediante el Matrimonio de su Hijo con la Iglesia. De cuya Unión Mística habría de venir a luz aquella generación de hijos de Dios que la creación entera expectante se dispuso a aguardar desde los días de los Apóstoles. Sobre lo cual, saludando este Día, Pablo escribió: “Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros; porque la expectación ansiosa de la creación está esperando la manifestación de los hijos de Dios” (Romanos-Los padecimientos presentes comparados con la gloria futura). Al decir “nosotros” se entiende que habla del Cristianismo y mira al Futuro, ¿o acaso no eran los Apóstoles hijos de Dios? Si lo eran, como lo fueron, ¿por qué iba a estar la creación entera esperando la manifestación de unos hijos de Dios que estaban vivos? Así que ¿de qué Manifestación estaban hablando los Apóstoles?

Creo a todas luces un contrasentido proclamarse hijos de Dios y a la vez hablar de una Manifestación que se pospone a un futuro desconocido. Si por un sitio hablando de sí mismo dice:

“Pablo, por la voluntad de Dios, nuestro Padre”, hablando sobre la Manifestación de los hijos de Dios, confiesa lo que antes dije, que la expectación ansiosa de la creación estaba esperando la Manifestación de los hijos de Dios. Y esto estando vivos los Apóstoles, todos ellos hijos de Dios.

Misterio al que le sienta como anillo de boda al dedo la otra confesión del mismo Pablo: “Hablamos, sin embargo, entre los perfectos, una sabiduría que no es de este siglo, ni de los príncipes de este siglo, abocados a la destrucción, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos, que no conoció ninguno de los príncipes de este siglo, pues si la hubieran conocido nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria”. (Corintios 1-El modo y el fin de la evangelización de Pablo). Expectación curiosa de la creación entera que por necesidad de la propia profecía había de mantener lejos del conocimiento de aquel siglo a aquella “sabiduría divina” hablada entre los perfectos. Resultando de aquí la necesidad de preguntarse hasta cuándo seguiría “escondida”. Mas esto no es asunto que le concierna a este Debate.

El caso es que mil quinientos años después de la Celebración del Matrimonio entre Cristo Jesús y su Iglesia el río del tiempo había dejado atrás temblores de tierra, aguaceros, mitos y leyendas de un Nuevo Mundo que hizo su camino contra toda clase de pruebas y enemigos. La participación del obispo de Roma, del obispado italiano, del obispado bizantino y del obispado católico en general en aquella epopeya, yendo de victoria en victoria, a nadie se le oculta ni nadie puede de golpe barrer de las páginas de la Historia Universal los capítulos que con su sangre escribieron. Sería demencial creer que a la altura del siglo y época hacia la que hemos vuelto los ojos, siglo XVI, en la aurora de la Edad Moderna, las circunstancias y los acontecimientos no habían actuado sobre todos: italianos, españoles, ingleses, alemanes, franceses, suizos, rusos, polacos, checos, húngaros, griegos... operando en todos ellos, como cristianos y como actores de la Historia, los cambios de personalidad, costumbres e inteligencia debidos a una sociedad internacional en continuo estado de evolución.

¿Errores de todas y cada una de las partes de aquella Cristiandad?

Bueno, como dijo Aquél: “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”.

Lo que está fuera de toda duda es que el deseo de reforma del cuerpo eclesiástico como punto de arranque de la revolución social que había de traer a todos los beneficios del Reino de Dios, ese deseo estuvo latente y presente desde siglos antes del nacimiento de Lutero.

También que el obispado romano, por estar sometido a los intereses de la aristocracia italiana, y el obispado católico a los de las clases aristocráticas europeas, exceptuando lapsus de celo espiritual, todos se opusieron a su realización.

Como consecuencia el cristianismo llegó a la Edad Moderna aquejado de un profundo apego a los vicios desarrollados durante las edades medievales, vicios y males que los interesados se negaban a arrojar a la papelera de la basura por muy grande que fuera la necesidad.

Aquel apego inconsciente del cuerpo eclesiástico al mundo medieval lo hemos detectado incluso en el Lutero de la Primera Parte. Su consejo sobre la bondad santificadora de la mortificación carnal nos descubre en su alma al bárbaro de las edades oscuras para quien la Fe seguía siendo una cosa mágica.

En la vida quiso Jesucristo derribar un Templo y levantar uno Nuevo para que con el paso del tiempo éste cometiera el mismo error fatal que el Antiguo. Era justamente lo que el Nuevo se estaba ganando con sus hechos. Las circunstancias a la vista alguien tenía que coger el látigo y expulsar de la Iglesia a los vendedores de indulgencias.

Lo mismo que aquellos sacerdotes judíos traficando con los sacrificios por los pecados, cargando al pueblo cada siglo con nuevas y más sofisticadas ocasiones de pecado, de la misma manera los obispos de las indulgencias en lugar de curar la enfermedad se limitaron a comerciar con la debilidad humana. ¿No previó Dios, con su mirada que atravesaba la barrera de los siglos e incluso la de los milenios, las negaciones en las que con su conducta los obispos romanos envolverían al Cristianismo? Tres veces negó Pedro a su Maestro. Viendo la historia de los sucesores de Pedro uno se pregunta: ¿No fueron las negaciones del Jefe de los Apóstoles imagen de las futuras negaciones de sus sucesores?

Misterio donde los haya Jesucristo no le retiró la Jefatura que antes de la Pasión le otorgara Dios a Pedro. Cuando El se fue tampoco sus Discípulos se volvieron contra Pedro y le retiraron la Jefatura en razón de haber sido el único que negó de palabra al Maestro. La cuestión pide paso por sí sola. Si no lo hizo el propio Señor en razón de quien le había elegido ¿quién se creía Lutero para hacer lo que el Hijo de Dios no se atrevió?

La pregunta contraria no se queda atrás ni mucho menos. Que ni el Señor ni sus Apóstoles le retirasen a Pedro lo que Dios le otorgara ¿era causa suficiente para justificar en el futuro que sus sucesores revolcaran la Gloria de Pedro en el fango del crimen y toda suerte de pasiones contra las que Cristo vino a luchar?

La Historia del Papado es ni más ni menos la doctrina de Lutero sobre el pecado y la sangre de Cristo llevada a su práctica más radical. Aquel “peca, es decir, adultera, mata, roba, envidia, levanta falsa testimonio, odia a tus enemigos, corrompe, destruye…Y sin miedo porque todos nuestros pecados los lava la Sangre de Cristo” era la doctrina que el obispado romano practicaba abiertamente y en base a la cual se negaba a renunciar al pecado. De manera que luchando contra el papado con las mismas armas del papado lo que Lutero hizo fue convertir a todo el mundo a la doctrina en virtud de la cual el papado cometía todos sus crímenes, cómo no, en nombre de la preciosa sangre de Cristo.

En este libro tendremos ocasión de tirar de la manta y de lo poco deducir lo mucho. El interrogante que ahora pide paso tiene que ver con la relación entre Jesucristo y esa filosofía romana de estar el obispado más allá del juicio humano y divino, teoría demencial en el origen de todos sus crímenes. Quiero decir, ¿debe ser denunciado Jesucristo por haber sido hallado aquél Perdón a Pedro en el origen de todos los crímenes contra el Cielo y la Tierra cometidos por los sucesores de Pedro en el ejercicio de su obispado?

Y lo que es aún mas grave todavía, ¿se puede fundar la infalibilidad de los sucesores de Pedro en la infinita bondad del que en lugar de retirarle la Jefatura lo confirmó, y convertir ese Amor Divino en fuente de justificación de todos los crímenes que pueda cometer y cometió el obispado romano? Para entrar en un debate de esta naturaleza tendríamos que llamar a estrado a Gregorio VII, el obispo-dios. Prometo volver al tema más adelante. Regresemos ahora al que retó al Cielo y a la Tierra a refutarle por la “clara razón o la Sagrada Escritura” su doctrina. Ya hemos visto la forma que tenía el R. P. Martín Lutero de agradecer a su Salvador su salvación. Y cómo se impuso el Odio a sí mismo como camino para entrar en el Reino de Dios. En las siguientes tesis vamos a ver cómo su forma de odiarse a sí mismo era tan intensa como la forma que tenía de adorar a su Ego.