BIBLIOTECA TERCER MILENIO

LUTERO, EL PAPA Y EL DIABLO

 

DÉCIMA PARTE

 

Sobre la Esperanza Cristiana

 

De la disputa en curso y su necesidad de profundizar en el mar de los siglos a la búsqueda de las raíces del conflicto emerge una verdad, que puede ser escandalosa desde el punto de vista de la teoría del cristianismo, pero que es tan cierta desde la óptica de la inteligencia como lo son los hechos históricos protagonizados por sus fuerzas. Me refiero a la paridad entre el animal político, de la extracción regional que sea, y el animal cristiano que durante las edades medievales hemos visto cometer tantos crímenes contra cristiana natura. ¿Qué diferencia podemos encontrar entre aquéllos actores de la serie porno-pontificia del siglo IX y cualquier serie de cualquiera de las religiones paganas contra cuyos crímenes se levantó la religión de los cristianos? ¿Qué diferencia podemos encontrar entre las matanzas fratricidas cometidas por los hijos de Constantino el Grande, las matanzas familiares de los dinastas orientales y las casas aristocráticas de los Francos?

La respuesta es: Ninguna. Tan bestia fue aquel Clodoveo I, marido de Santa Clotilde, que impuso su corona eliminando de su familia a quien se le puso por medio como cualquiera de los reyes persas que al otro lado del mundo hacían exactamente lo mismo. Tan bestia fue aquél papa Sergio III que asesinó a sus predecesores como cualquiera de los pontífices paganos que en la Antigüedad mataban a sus padres y hermanos por hacerse con el puesto. ¿Qué es lo que diferenciaba entonces al cristiano de los demás hombres?

La respuesta no es la Fe. Pero sí estaba en la Fe. Es la Esperanza.

La diferencia entre la religión cristiana y las demás está en su proyección de futuro. En las demás religiones el hombre es eternizado y su relación con el Cielo queda sujeto a una parsimonia ritual, cumplida la cual lo demás queda a su arbitrio. Jesucristo rompió este sistema antiguo al quitar entre Dios y el Hombre la Ley, de manera que la Sociedad sólo pueda llegar a su perfección mediante el juicio y la crítica de sus propios actos. Si en el mundo antiguo el comportamiento de los pueblos frente a las situaciones nuevas venía dictado o impuesto por las tradiciones, en el mundo cristiano, al no haber leyes a las cuales ajustar la respuesta, el horizonte que se le abre a la iniciativa y la libertad del ser humano viene a ser tan grande como los valores personales del individuo y de la sociedad. En esta novedad -la Libertad para responder a los estímulos del tiempo de acuerdo a la naturaleza del hombre y su tiempo- es donde está la diferencia.

Mientras en una sociedad regulada por leyes sacerdotales la sociedad se estanca y le da la espalda a cualquier tipo de progreso material, porque amenaza la propia estructura del cuerpo legislativo sacro, como se ve al presente en las religiones que aún subsisten sujetas a este modelo, en la sociedad según la concibió Jesucristo la respuesta que los cambios de los tiempos exigen es dejada a la iniciativa de la libertad de los hijos de Dios.

Abierta esta Libertad a la Esperanza de Victoria frente a esos cambios su naturaleza permanece invicta y siempre dispuesta a contemplar el futuro con el optimismo y la alegría en el cuerpo del que sabe que la confusión puede reinar un tiempo pero no eternizarse.

Nuestro Creador, conociendo como si nos hubiera parido, quiso enviarnos su particular mensaje en el relato de la Creación de la Tierra cuando después de decirnos que estuvo confusa, inmediatamente dijo que no tardó en venir la Luz. Y aprovechar para, a la vez que descubrirnos el origen de toda respuesta humana a los problemas del Futuro en su Palabra, recordarnos que hemos sido creados a su imagen y semejanza. Y, por tanto, nuestra inteligencia es el reflejo de la suya, y como la suya lo vence todo asimismo la nuestra, así que alegría en el cuerpo y adelante.

Esta Esperanza, no la Fe sola, es la que hace del hombre algo más que un animal y mantiene la antorcha de la Verdad encendida a pesar del bestialismo de quienes, desde el Poder, siguen sujetando su conducta a los modelos antiguos.

No estuvo el futuro y la grandeza revolucionaria del cristianismo en el Poder, ni en los reyes ni en los obispos romanos. La grandeza de la revolución jesucristiana estuvo siempre en el Pueblo, y sigue estando en el Pueblo, de cuyos hijos toma Dios para sí Hijos y se glorifica en ellos derramando sobre todos su genio y su gracia.

Desde el principio, en efecto, fue en el corazón del pueblo cristiano donde latió la Esperanza de la construcción del Reino de la Justicia en la Tierra; Esperanza que desde siempre fue manipulada en su propio beneficio por antiguos y modernos doctores de la ley.

En el caso de la esperanza de los alemanes sencillos, aunque violenta en su expresión la revolución de los campesinos era legítima. Cuando Lutero dejó oir su voz asesina contra la Revolución del Pueblo se oyó una voz homicida, que a un siervo del Diablo le era natural pero nunca a un discípulo de Cristo. Recordemos su gutural bestialismo: “Por ello deben arrojarlos, estrangularlos, degollarlos secreta o públicamente, a todos los que puedan, y recordar que nada puede haber más venenoso, dañino y diabólico que un hombre rebelde. Lo mismo que cuando se tiene que matar a un perro rabioso, si tú no le matas, él matará a tí y a todo el país contigo. Acuchíllenlos, mátenlos, estrangúlenlos, a todo el que pueda. Y si en ello pierdes la vida, dichoso tú; jamás podrás encontrar una muerte más feliz. Pues mueres obedeciendo la palabra de Dios y sirviendo a la caridad”.

Ah, la Caridad. Veamos qué dijo Jesucristo sobre la Caridad: (Lo que cito a continuación está escrito en la Biblia; si la iglesia romana ha manipulado el texto yo no me hago responsable, si es lo más parecido a la fantasía tampoco soy culpable, si lo es a la realidad tampoco me culpe nadie. Cito):

“Por eso, cuanto quisiereis que os hagan a vosotros los hombres hacédselo vosotros a ellos, porque ésta es la Ley y los profetas” (La ley de la Caridad. San Mateo, capítulo siete, versículo 12). Siempre queda la duda de si de verdad Jesucristo pudo decir algo que contradice la palabra divina de Lutero. Es decir, pensando en ridiculizar a Lutero la iglesia romana pudo haber implantado esta Ley de la Caridad en el Evangelio a sabiendas que la comparación entre las obras de Lutero y las palabras de Jesucristo negarían el origen divino de la Palabra de Lutero. Es una buena opción. El problema es que otra vez, esta vez san Lucas pide la palabra para decir lo mismo, aunque desde otra posición. Cito:

“Levantóse un doctor de la ley para tentarle y le dijo: Maestro, ¿qué haré para alcanzar la vida eterna? El le dijo: ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees? Le contestó diciendo: Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y al prójimo como a tí mismo. Y le dijo: Bien has respondido. Haz esto y vivirás. El, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?” -una buena pregunta, pero más agudo fue Jesús, que le preguntó no qué lees sino cómo lees.

¿Quién es nuestro prójimo?

¿Ése a quien no le debemos desear lo que no nos deseamos a nosotros y al que debemos amar como nos amamos a nosotros mismos? ¿ése quién es?

En el caso de Lutero los campesinos no parece que fueran su prójimo: Matadlos, acuchilladlos, estranguladlos, son perros diabólicos. Y en nombre de la Caridad Luterana. Qué bueno. Qué santo. Qué cristiano.

Jesucristo dijo: “Habéis oído que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos, que hace salir el sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos e injustos. Pues si amáis a los que os aman ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen eso también los publicanos? ¿Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los gentiles? Sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial”. (El amor a los enemigos. San Mateo, capítulo 5, versículos 43-47).

Lutero dijo: Los papistas diabólicos han cambiado su doctrina y donde El no dijo nada ellos pusieron amarás a tus enemigos para que nadie les pagara sus crímenes según sus delitos se merecían. Y todos los príncipes alemanes respondieron: Amén. Amén. Lutero tiene palabra de Dios. Muerte a los campesinos.

Allí, en aquellos campos donde aquellos miles de hambrientos y sedientos de justicia fueron degollados, estrangulados, acuchillados y tratados como perros diabólicos por los santísimos fieles del reformador; allí, donde demostraron los reformadores que era una manada de lobos no un rebaño de mansas ovejas la que venían triscando por los collados cantando poemas al sonido de las arpas davídicas de su profeta; allí, sobre las decenas de miles de inocentes degollados a la divinidad de la palabra de Lutero; allí se levantó un monumento a la muerte del Protestantismo como Revolución.

Muchas veces el Pueblo se había alzado pidiendo Libertad e Igualdad en la Fraternidad Cristiana, y muchas veces el Poder, lo mismo reyes que papas, reaccionaron sacando de su funda la espada de hierro, espada homicida. Nunca, jamás en ningún Pueblo de la Tierra esa Esperanza de Justicia y prosperidad se mantuvo viva tanto tiempo y contra tantos obstáculos. Era parte de la Herencia de Cristo. Iba implícita en la naturaleza de los hijos de Dios.

La Fe sola, mucho antes de que Lutero la hiciese suya, desligada de esta Esperanza, fue la que condujo a la iglesia de los romanos a abandonar la Caridad debida a la santidad del Oficio de San Pedro; la Fe, desprovista de Esperanza y Caridad, de la que Lutero no tenía ni la una ni la otra, como se demostró al matar la Revolución de los Campesinos, esa fe sola fue la que empujó y arrastró al obispado romano a convertir su oficio en cosa de criminales, primero, y en cueva de ladrones, después. Pocos siglos tardaron los obispos romanos en renunciar a la Esperanza. Muchas cosas pasaron en pocos siglos para que aquella Iglesia revolucionaria que se levantara contra el Imperio y viera en el día después un mundo nuevo, al nacer el nuevo Día se encontrara atrapada en una corrupción tan dolorosa que clamaba al Cielo. Pero menos tiempo todavía le hizo falta a Lutero para coger esa Esperanza y entregársela a los matarifes de sangre azul de su nación.

La Fe sola no vale nada. Ya lo dijo uno de los Apóstoles, el primero de todos los apóstoles mártires, el hermano de Juan. Cito y vuelvo a insistir en lo mismo, si esta epístola es un invento antiprotestante o existe antes que Lutero fuera parido por un rayo en una noche de tormenta yo no soy el culpable. Antes de ser asesinado por ser cristiano el hermano de Juan, Santiago, el mayor de los hijos del Trueno, y por lógica su palabra debe sonar a tal en las orejas de quienes como su maestro se asustan de una tormenta, escribió:

“¿Qué le aprovecha, hermanos, a uno decir: Yo tengo fe, si no tiene obras? ¿Podrá salvarle la fe? Si el hermano o la hermana están desnudos y carecen de alimento cotidiano, y alguno de vosotros le dijere: Id en paz, que podáis calentaros y hartaros, pero no le diéreis con qué satisfacer la necesidad de su cuerpo, ¿qué provecho le vendría? Así también la fe, si no tiene obras, es de suya muerta. Mas dirá alguno: Tú tienes fe y yo tengo obras. Muéstrame sin las obras tu fe, que yo por mis obras te mostraré mi fe. ¿Tú crees que Dios es uno? Haces bien. También los demonios creen, y tiemblan. ¿Quieres saber, hombre vano, que es estéril la fe sin las obras? Abraham, nuestro padre, ¿no fue justificado por las obras cuando ofreció sobre el altar a Isaac, su hijo? ¿Ves cómo la fe cooperaba con sus obras, y por las obras se hizo perfecta la fe? Y cumplióse la Escritura que dice: Pero Abraham creyó a Dios, y le fue imputado a justicia, y fue llamado amigo de Dios. Ved, pues, cómo por las obras y no por la fe solamente se justifica el hombre. Y asimismo Rahab la meretriz, ¿no se justificó por las obras, recibiendo a los mensajeros y despidiéndolos por otro camino? Pues como el cuerpo sin el espíritu es muerto, así también la fe sin las obras”.

“Por las obras y no por la fe sola...”.

La Fe sola no hizo mejor a los poderosos, como hemos visto de los relatos históricos rescatados para la ocasión, y cualquiera puede verlo por sí mismo investigando por cuenta propia la relación entre el Poder y la Fe. Pero era lo que querían los poderosos, la Fe sola. Y Lutero se la dio, aunque para ello tuvo que vender al Pueblo, es decir, tuvo que vender la Esperanza.