LUTERO, EL PAPA Y EL DIABLO

 

PRIMERA PARTE

 

Sobre el Bautismo y la Gracia

 

Moisés nos descubrió a todos, empezando por los hebreos, que Dios es Espíritu y que Dios es Santo. Pero esta conclusión parecía más bien un juego de palabras, una asociación lógica del tipo teorema aristotélico: Dios es espíritu, Dios es santo, luego Dios es espíritu santo. Consciente de la Necesidad que tenía su Creación de verlo y tocarlo, Dios no lo dudó y engendró a Cristo. Pero queriendo llevarnos a la plenitud del Conocimiento de la Verdad quiso que fuese su Hijo, porque la Verdad estaba en El, quien se hiciese hombre y nos mostrase en sus carnes al Espíritu Santo. Y viendo al Hijo viéramos al Padre. Sobre lo cual no tengo nada que decir porque todo está escrito. El hecho es que a todos los que creen en esta Verdad, a todos se les concede la Gracia de pasar de esta vida a la vida eterna sin ser juzgados: “En verdad, en verdad os digo que el que escucha mi palabra y cree en el que me envió, tiene la vida eterna y no es juzgado, porque pasó de la muerte a la vida” (Juan -el Hijo obra en unión con el Padre). Y en esta Fe está la Gracia. ¿Pues quién será el hombre que se atreverá a mantenerse de pie y declararse justo delante del Juez del Universo? - como en alguna parte dice la Biblia. Y sin embargo, siendo tan sencilla esta Fe y estando tan cerca de nuestro corazón su Gracia, no todos los cristianos comprendieron esta Verdad. La Historia, hay que decir, no miente. Fueron muchos los grandes pastores de hombres que se negaron a creer que algo tan infinitamente maravilloso y divino, la vida eterna, se nos haya concedido sin pedirnos a cambio nada, únicamente y nada más que creer en el Hijo de Dios.

Intentando comprender el porqué de esta negación de tales grandes hombres a aceptar el Reino de los cielos con la inteligencia natural de un niño, la explicación más a mano es que a ésos hombres tan grandes se les enseñó con tanto ahínco que Dios es infinitamente inteligente, todopoderoso, omnisciente, bueno, etcétera, que acabó resultándoles imposible creer que la Ciencia de la Salvación pueda entenderla hasta un chiquillo. Se dijeron a sí mismos que eso no podía ser y buscaron la forma de retorcer la Verdad hasta convertirla en una doctrina digna de sus inteligencias y genios. Al final, aunque con palabras diferentes, todos acabaron haciendo lo mismo: conducir a los ignorantes al campo donde Caín encontró la quijada de asno con la que le partió a su hermano Abel el cráneo.

(El hecho es que todos los santos y sabios maestros que interpretaron a Dios, a su Hijo y a la Sagrada Escritura acabaron predicando la necesidad de la muerte de los católicos. En este orden la Reforma no marcó época ni revolucionó la relación entre los Arrio y Donato de los primeros siglos del Cristianismo y los Lutero y Calvino de todos los tiempos). Como se ve de la lectura de la Historia del Cristianismo y demostraré en esta Respuesta, a muchos de aquéllos grandes maestros les perdió el mismo error, querer ser el Intérprete de la voluntad de Jesucristo. Y digo error porque todos aquéllos grandes hombres se olvidaron de un Hecho: Jesucristo resucitó al tercer día y, estando vivo, no necesita de Intérprete alguno entre El y su Pueblo. Ni Ayer ni Hoy ni Mañana. El R. P. Martín Lutero, Maestro en Artes Filosóficas y Teología, como demostraré durante este Debate, perteneció a aquella raza de grandes hombres con memoria algo olvidadiza.