LUTERO, EL PAPA Y EL DIABLO

 

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO 4.-El odio al propio yo

 

-En consecuencia, subsiste la pena mientras perdura el odio al propio yo (es decir, la verdadera penitencia interior), lo que significa que ella continúa hasta la entrada en el reino de los cielos.

 

Vanidad de vanidades y todo es vanidad- dijo el sabio. Una vida entera estudiando Filosofías y Teologías sólo y únicamente para poder vanagloriarse delante de todos y decir con la cabeza muy alta: Yo soy Maestro en Artes y en Sagrada Escritura, así que oídme: Jesucristo vino a predicar el Amor al prójimo, amigo o enemigo; yo, Lutero, vengo a predicar el odio al propio Yo, a tu Yo propio, al suyo, al de ellos...

Uno, que es un pobre ignorante sin títulos de ninguna clase, y todo lo que tiene para guiñarse el ojo al espejo es su cara dura, pregunta: Señor sabio maestro en retórica, metafísica, dialéctica y teología, ilumíneme por favor y dígame en qué pasaje del Nuevo Testamento puedo leer yo que Jesucristo dijera: Odiaos a vosotros mismos. O simplemente puso en su boca la palabra Odio.

Así que ¿se puede refutar por “la razón clara” lo que ni con la Sagrada Escritura ni con la ciencia ni con la cordura tiene por donde cogerse? Pero bueno, ya que he respondido al reto no voy a echarme atrás ante la falta de pies y cabeza de estas primeras tesis. Intentaré encontrarles algo decente.

Si -hilando pensamientos- la verdadera penitencia interior es el odio a uno mismo y esta penitencia es a perpetuidad y por tanto el odio hacia el Yo propio es de por vida, pregunto, ¿cuándo me quedará tiempo para amarme a mí mismo y amar a los demás como me amo a mí mismo?

¿Y cuánto tiempo me quedará para disfrutar del reino de los cielos en vida si me paso toda la vida esperando a que la muerte me llegue para entrar por fin en él?

Está bien que la esperanza no se vea, porque entonces no sería esperanza. Esto lo dijo San Pablo. Y el hombre tenía toda la razón del mundo. Si ves lo que esperas es que ya lo tienes, y si lo tienes es de tontos no coger lo que ya es tuyo simplemente porque te gustó ese estado de expectación constante; como el que ha estado esperando el tren y se lo ha pasado tan bien en la sala de espera que cuando viene ni lo coge. Aunque romántico es de locos.

Y sin embargo la esperanza existe. Y existiendo es como la Promesa que se saborea y en su Cumplimiento se alegran los huesos, las neuronas, los músculos y hasta los dientes se ríen sin que los puedas controlar. Claro, que si Dios no es capaz de cumplir lo que promete, en este caso sí sería conveniente pasarse la vida en penitencia perpetua, amargados y desesperados, odiándose a uno mismo por no poder extirparse del cuerpo esa esperanza.

¿Puede o no puede Dios cumplir sus promesas? Yo ya no me acuerdo. Será que me estoy haciendo viejo.

Así que si hay alguno por ahí que pueda enseñarme el sentido del odio al Yo como puerta hacia la salvación, por favor, que lo haga. A las puertas de la tercera edad aún no he logrado penetrar en el misterio de esa sabiduría protestante que afirma que hay que odiarse a sí mismo para ganarse el Cielo.

Y es que me temo que al no haberme podido odiar nunca con esa intensidad, ni con media, ni con una parte cualquiera, me temo que se me vaya el alma al Infierno.

En nombre de la Caridad lo ruego: ¿Me puede explicar alguien cómo puedo odiarme y amarme al mismo tiempo?

Ojalá que mi grito llegue al Cielo y alguien aquí abajo tenga Caridad de mi ignorancia, y acercándose a mi alma la toque con la vara de su sabiduría, en plan Moisés tocando la piedra, para que de la piedra de mi corazón mane el agua viva de la verdadera ciencia, ésa que enseña a odiarse a uno mismo hasta la muerte y amar a Dios toda la vida.

Mi miedo a no poder comprenderlo azota mi espíritu con terrores horribles al Infierno, ya que si estoy condenado a odiarme a mí mismo a perpetuidad, pues que aquí está la verdadera penitencia interior, ¿cuándo amaré a Dios con todo mi corazón si mi corazón está preocupado exclusivamente en mantener vivo el odio a mí mismo?

¿Y si por odiarme a mí mismo tanto tiempo no encuentro tiempo para amar a mi Dios con todo mi corazón y con todo mi alma cuando llegue al Cielo cómo voy a decirle: Padre, te quiero?

¿Dios es tonto y no sabe diferenciar entre una verdad y una mentira?

Lo único que necesito encontrar es la respuesta a esta pregunta: ¿Puedo odiar a mi propio Yo y a la vez amarme a Mí mismo? El día que la encuentre seré feliz por la eternidad de las eternidades infinitas.

Ya sé que el R. P. Martín Lutero está a la espera del Juicio y tiene el pobrecito una pierna en el Infierno más que la otra en el Cielo. Me imagino que entre sus herederos, más sabio que el maestro pues que la evolución no perdona a nadie, alguno habrá que sea capaz de sacarme de mi asombro.

¿Cómo puedo odiar a mi Yo propio y sin embargo amarme a Mí mismo?

¿El Sí Mismo y el Yo Propio son la misma cosa o son dos cosas diferentes? Mi dilema debe venir de mi inexperiencia con la esquizofrenia. Por ejemplo con la faringitis.

Sé al instante cuando me viene. La primera vez me llevé un susto terrible. El farmacéutico se rió viéndome la cara. Todavía lo recuerdo riéndose de mi cara de pardillo. La segunda vez me lo tomé con más calma. La tercera no me hizo falta ni receta. Ahora cuando viene no le doy respiro, tabletas al canto y la mato antes de atrapar la fiebre. La experiencia manda.

Síntomas esquizofrénicos, por contra, no he sufrido nunca. Por esto me pregunto si el amor a uno mismo que nos pide el Evangelio, condición sine qua non para amar al prójimo, y el odio al Yo propio que pide el R. P. Martín Lutero pueden vivirse por una misma persona sin caer el individuo en un estado alucinatorio esquizoide de alguna consideración y gravedad específicas, de naturaleza seudo mística o de cualquier otra neuropatología.

En fin, ¿cómo conjugar esta doctrina del odio hacia el Yo en cuanto verdadera identidad del cristiano de verdad, el auténtico, el superior, con el Amor hacia el Mí mismo que me pide Jesucristo y según la intensidad del amor con el que me amo a mí mismo amar a mi prójimo, a mis amigos, a mis enemigos, a mis hermanos y al resto de la creación entera?

Por más que lo pienso sigo sin comprender la infinita sabiduría del dilema luterano: Odiarme y amarme a mí mismo al mismo tiempo. ¿Es que el Yo y el Sí mismo son dos cosas diferentes? ¿Una cosa es mi Yo y otra cosa es el Mí mismo? Puede que me repita, pero es que no logro cogerle el truco.

Vamos a ver, ya que estoy dando la cara ahora no voy a abandonar por mi incapacidad para comprender el tema. Si Jesucristo me pide amar a los demás como me amo a mí mismo pero Lutero me dice que debo odiarme a mí mismo, ¿no está Lutero prohibiéndome que ame a mi prójimo mediante el artificio retórico de odiarme a mí mismo como condición de santidad a los ojos de Dios? ¿O puedo amar a mi prójimo tanto como me odio a mí mismo? ¿O siquiera odiarlo como me odio a mí mismo? ¿O amar a mi prójimo y odiarme a mí mismo?

Nada, por más que lo intento no salgo de mi perplejidad. Cuando Jesucristo dijo: Haced penitencia ¿quiso decir que nos odiásemos a nosotros mismos, y toda nuestra vida fuese un odio perenne al Yo propio?

Si me odio a mí mismo y en consecuencia odio a mi Yo ¿a cuenta de qué me va a importar a mí la salvación de ese Yo que odio y es la causa de mi imposibilidad de amarme a mí mismo?

Y asumiendo que Jesucristo quiso que mi vida fuera una penitencia interior perpetua y la penitencia interior perfecta está en el odio a mi Yo propio ¿porqué a su evangelio se le llama el Evangelio del Amor? ¿Es que hay dos evangelios, uno del Amor y otro del Odio?

Y si la consecuencia del amor a mí mismo es el amor a mi prójimo ¿la consecuencia del Odio a mi Yo propio no será el odio a mi prójimo?

Y si el amor al prójimo requiere que se cumpla la necesidad del amor a mí mismo ¿qué necesidad se cumple a raiz del Odio al Yo propio?

Hombre, odiar, odiamos todos en algún momento de nuestras vidas. El mismo Dios odia el espíritu del Diablo con tantas fuerzas que el fuego de ese odio no se consume nunca.

Vamos ¿quién no se ha odiado a sí mismo alguna vez?, ¿pero dónde está ese loco que hará de ese odio pasajero regla magíster? Caso de existir este loco ¿ese odio hacia sí mismo no lo acabaría consumiendo en un apocalipsis de delirio suicida?

La razón clara y la Sagrada Escritura se unen a un mismo tronco para declarar que difícilmente aquél Jesucristo que puso el Amor tan alto podía pedirnos que nos odiáramos a nosotros mismos como condición para entrar en su Reino. Así que ¿de dónde le venía a Lutero aquél odio hacia sí mismo?

¿Tal vez del hecho de haber tirado por la borda una brillante carrera de abogado por culpa de un momento de debilidad? ¿Si se arrepintió de haber tirado de aquella forma tan precipitada su vocación de abogado porqué no colgó los hábitos? ¿Prefirió cultivar al odio hacia sí mismo en su celda antes que dar su brazo a torcer y reconocer que la vocación no se impone, se nace con ella?

¿Comparable la experiencia de aquel Pablo de Tarso a quien tirara del caballo el propio Jesucristo con la experiencia del que se pierde en una tormenta, se asusta bajo un diluvio de rayos y truenos, se caga patas abajo y hace voto de meterse en un convento si sale vivo de algo tan natural como una lluvia torrencial?

¿Puede el orgullo propio llevar a un hombre hasta tal punto de destrucción interior? Parece que sí. De hecho el orgullo propio ha causado más tragedias que los dioses del caos y la fortuna ciega.

En el caso de Lutero el dilema psicológico tuvo una estructura patológica de lo más elemental. Si no cumplía su voto se odiaría a sí mismo por no ser capaz de ser un hombre de verdad. Y si lo cumplía se odiaría de todas maneras. La cosa es, ¿era esto suficiente para arrojarse por la pendiente esquizoide del odio hacia el Yo propio?

La decisión era suya, pero personalmente no creo que la decisión a tomar fuera tan complicada ni hubiera motivo suficiente para transformar un molino de viento en un dragón maléfico en razón de un error que siempre pudo haberse corregido sin necesidad de echar abajo los muros de la iglesia universal.

Un momento de nervios lo tiene cualquiera. En una ocasión como aquella, perdido en medio de la nada bajo una tormenta torrencial, que Lutero hiciera voto de virginidad, de castidad o de lo que fuera, dado su background católico no tenía por qué extrañarle a nadie ni ser para él tema de vergüenza ad eternum. Sus padres y sus amigos comprendieron y ninguno se rió de su pronto. Hombre, seguro que con ese carácter asustadizo ninguno de los hombres que le estaban dando la vuelta al mundo por océanos desconocidos hubiera superado la distancia entre la primera tormenta en alta mar y su gemela perfecta. De todos modos nadie esperaba de un abogado que fuera un Francis Drake, un Vasco de Gama o un Cabeza de Vaca. Cada cual en su lugar.

¡Qué importa si uno gatea hasta el techo de los Himalayas y otro inventa la imprenta! Dios a nadie desprecia y ha hecho que todos necesitemos de todos. No porque uno aguante más minutos bajo el agua que otro tiene más agallas. Lo importante es encontrar el lugar de uno -bla bla bla.

¡Cuanta razón tenían sus padres y sus amigos! Una vez pasado el susto del rayo que le tocó el orgullo, el tiempo que lo cura todo curaría también la espina que había de dejarle no haber cumplido aquel voto hecho de aquella manera; y desde su bufete de abogado recordaría Lutero aquella experiencia desde otra perspectiva. ¿O no?

Aquella heroicidad de mantener el orgullo propio contra la lógica del consejo de sus padres y sus amigos únicamente podía conducirle a la locura de descubrir el error demasiado tarde. Entonces sí que se odiaría a sí mismo por no haber sido más humilde y haberse creído que en toda la historia de la humanidad jamás hombre alguno pasó por una tormenta tan terrible y asombrosa. ¿Acaso no había leído la Odisea?

El héroe alemán, podemos diagnosticar con tranquilidad, fue un valiente que tomó una decisión equivocada. Y, atrapado en el odio a sí mismo por no haber silenciado la voz de su orgullo, como aquél Quijote que veía gigantes donde sólo había molinos de viento, empezó a ver dragones donde sólo había humanos. Sólo eso, no santos, no demonios. Sólo eso, hombres. Y del odio hizo su fuerza, su estandarte, su espada y su evangelio.

El odio hacia Dios que confesó haber vivido en su celda no fue más que eso, el odio hacia sí mismo por no haber sido capaz de reconocer que se equivocó. El odio que confesó hacia el Dios Oculto fue la máscara tras la que su inconsciente ocultó el Odio hacia sí mismo por no haber sido capaz de reírse de su debilidad. Y tras la que siguió escondiendo el Odio hacia el Yo propio suyo que con su orgullo lo seguía empujando a seguir adelante con el hábito aún cuando estaba viendo que el odio hacia la vida eclesiástica se le estaba pegando en los huesos y le estaba corrompiendo el alma.

¡Cómo no odiar a su Yo propio! No tuvo nunca que haber seguido para adelante y no se atrevía a dar marcha atrás. ¿Razones para odiarse a sí mismo? Sólo le hubiera bastado pedir la dispensa, colgar el hábito y volver a aquel mundo en plena revolución entre cuyas ondas había crecido y para el que todo su ser se encontraba preparado. Por Dios santísimo, tenía sólo 22 años, ¿por qué no tuvo misericordia de sí mismo? Había terminado Filosofía. Iba a comenzar la carrera de abogado. Tenía un mundo entero por delante y una vida maravillosa para disfrutar. ¡Y qué mundo!

Los horizontes oceánicos se habían abierto y sobre el Abismo cubierto antiguamente por las tinieblas de la ignorancia el espíritu de Dios había trazado surcos hasta las Américas. Los sistemas económicos estaban cambiando a caballo de la revolución social que el Descubrimiento había espoleado. Mil años después de la caída del imperio romano la Civilización volvía a levantar la cabeza, volvía a soñar y desde la Nueva Europa el futuro no podía ser más prometedor para un joven aspirante a abogado llamado Martín Lutero.

Acontecimientos sobrenaturales habían sacudido en el último siglo el curso de la historia universal. De la derrota había nacido una nación que, como ave fénix en sus cenizas a la espera de su renacimiento, se había elevado al pináculo más alto de la fama, y seguía imparable su ascensión en solitario hacia la cumbre del monte de la gloria humana. Sus fundadores la llamaban España.

Sus guerreros invencibles habían demolido el Islam al Oeste y se aprestaban a hacer lo mismo en el Este; sus marineros legendarios recorrían los océanos incógnitos abriéndole horizontes a la Humanidad. Al Sur los italianos habían roto las fronteras inconquistables que el Mundo Clásico le diera como tope a la creatividad del genio humano y los resplandores del Renacimiento le ponía los colores al futuro de la Ciencia.

Francia ondeaba la bandera del Humanismo que anunciaba el Nacimiento de los Derechos Humanos. Y los propios alemanes se apuntaban a la gran fiesta de la Celebración de la Victoria de la Civilización aportando al resto del mundo la Imprenta.

Tras las fronteras de este mundo feliz estaban los ejércitos del Islam. Y dentro de las fronteras el problema eterno de Europa, su tendencia adorada a perderse en los pliegues de su idiosincrasia melancólica por los viejos días de gloria, con aquella reforma eclesiástica que no llegaba nunca, con la fraternidad entre sus comunidades nacionales que nunca cuajaba, con sus promesas de un mundo más perfecto y justo que nunca se realizaban ni nunca se abandonaban. En fin, Europa. Su Europa.

Un mundo en ebullición que abría su corola al sol de la esperanza después de mil años de invierno largo y duro. Mil años durante los cuales la columna vertebral alrededor del cual crecieron los miembros del cuerpo europeo fue la iglesia católica, con sus defectos, con sus paranoias, con sus pecados y sus vicios, pero siempre ahí para mantener la cohesión más allá de las fronteras.

Mil años durante los cuales el futuro de la Civilización dependió de la iglesia católica y el futuro de la iglesia católica de Alemania.

Mil años luchados a pulso, siglo por siglo, y cada siglo a caballo de una nueva amenaza de destrucción.

Mil años que habían dado su fruto y les abría a todos los jóvenes de la generación de Martín Lutero un futuro prometedor, vibrante, lleno de emociones y experiencias. Futuro al que el aspirante a abogado sin duda ninguna se había apuntado poniendo toda la carne en el asador.

De pronto, de golpe, mientras está de viaje le sorprende una tormenta. La oscuridad repentina, los vientos aullantes, los truenos majestuosos de la tormenta le hacen perder el norte. Ya no sabe para donde tirar. En aquella oscuridad no puede guiarse mediante ningún signo en los cielos o en la tierra. No reconoce ningún monte. No divisa ningún edificio a la redonda. No encuentra ningún refugio contra la lluvia torrencial. Ni le es posible acertar con la salida más corta.

Un rayo golpea el cielo, atraviesa la atmósfera y cae contra el árbol bajo el que Lutero, de 22 años, buscó refugio. Horrorizado vuelve a campo abierto sin saber cómo salir pero buscando la seguridad. Se desespera y hace una promesa: Meterse a fraile si sale vivo.

Cualquiera en su lugar -conociendo el background católico del joven Martín- hubiera tenido la misma ocurrencia o parecida. Santa Rita Rita Rita si me salvas subo de rodillas a la ermita, o te estoy poniendo velas todos los días durante los próximos diez meses.

Después de todo no nos acordamos de Dios y sus santos más que cuando le vemos los cuernos al diablo. ¿O hay alguien que se acuerde de Dios cuando se está de fiesta?

Bueno, tampoco era para tanto. Tormentas malas y peores que las que el joven Martín Lutero vivió las ha habido desde los orígenes de la Tierra. También es verdad que hasta que no se le muere a uno la madre y el padre no comprende uno lo que ha perdido, y cosas por el estilo.

De aquí a tirarse de los pelos como si nadie pudiera comprender la tragedia de la pérdida de un ser querido hay un camino, demencial si el sujeto se empeña en creer que nadie puede comprender lo que echa de menos a su difunto.

Una tormenta que sale de la Nada, el norte que se pierde y no sabe uno para donde tirar, un rayo que casi lo deja a uno frito. Vale. Un susto. De aquí a creerse que jamás en toda la historia de la humanidad hombre alguno vivió esa experiencia, la verdad, no me parece normal.

Y ahora entre hombres, más de uno nos hemos cagado en los pantalones por culpa de un mal flash. ¿O no? ¿Y por eso vamos a odiarnos hasta la muerte? Lo que hace al valiente no es el héroe, sino la superación del miedo que el riesgo implica. Pero si lo que de verdad vale es eso de que los hombres no lloran, y ya puestos ni cagan ni mean, entonces apaga y vámonos.

Tal fue, en definitiva, la tragedia del héroe de la iglesia alemana.

Por morirse de pánico al hallarse perdido en una tormenta no podemos llamarle cobarde. Sí, por no haber tenido el valor de reconocer que lo suyo no eran los hábitos.

No tuvo el valor de reconocer que se había equivocado, que se estaba equivocando. Y esta cobardía suya fue su sino para toda la vida.

¿Cómo no iba a odiarse a sí mismo, a su propio Yo, en sus palabras: hasta la muerte?

Pero vanidad de vanidades, si la voluntad de Jesucristo fue que el odio hacia el propio Yo durase de por vida y mientras dure nadie entre en el Reino de los cielos ¿no tenía razón el pobre Lutero en su celda al creer que aquella tormenta fue cosa divina, a fin de llevarle por el miedo al descubrimiento del odio que abre las puertas del Cielo a quien de esa manera se odia hasta la muerte?

Si este razonamiento es propio de un loco o de un sabio que la iglesia alemana lo diga. Y de camino que nos aclare cómo es que diciendo Jesucristo: “El Reino de los cielos se acerca. Y el Reino de los cielos está en vosotros”, en base a qué su héroe pone como condición para entrar en él el odio hasta la muerte contra el propio Yo.

¿A quién creeremos, al Hijo de Dios que nos declara ciudadanos de su Reino y por el Amor a su Corona nos sujetamos a su Justicia en vida, o al Doctor en Filosofía y Teología que nos niega la ciudadanía hasta la muerte? Y si es el Odio el que nos libera y nos hace ciudadanos de ese Reino después de la muerte ¿de qué reino nos declaró el Hijo de Dios ciudadanos en vida?

¿O acaso el reino de los cielos no está donde hay un hijo de Dios? ¿O ya no fue creado el sábado por el hombre sino el hombre para el sábado? ¿Y ya no es el universo el que hace al hombre sino el hombre el que hace al universo? ¿Ni la casa de Dios son sus hijos sino los muros que le rodean?

¡De verdad de verdad, qué forma más curiosa de entender la Verdad! Donde Jesucristo puso alegría Lutero puso penitencia; donde Jesucristo puso Amor, Lutero puso Odio