LUTERO, EL PAPA Y EL DIABLO
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO 1.- Sobre la penitencia
-Cuando
nuestro Señor y Maestro Jesucristo dijo: “Haced penitencia...”, ha querido que
toda la vida de los creyentes fuera penitencia.
Esta
afirmación -a pesar del halo de beatitud monacal y santonería ascética que la
envuelve- niega la piedra angular de la Justicia sobre la que Dios trabó el
Edificio maravilloso de nuestra Redención. Niega nada más ni nada menos la
gratuidad de la remisión de todas las culpas, penas y delitos cometidos por el
hombre antes del Bautismo. Me explico: Si donde hubo hay y sigue habiendo
Gracia y Absolución, por la Fe queda anulada la condena que por sus delitos el
hombre antiguo se merecía (hablando siempre de todos los delitos cometidos
antes del Bautismo). El nacimiento del hombre nuevo en la Fe implica la
absolución de todas las faltas cometidas por el hombre antiguo; de manera que
las penitencias debidas a las condenas a que se sujetan tales delitos son
anuladas por el espíritu de Cristo, por cuya Gracia queda limpio el hombre
nuevo de todos los pecados cometidos antes del Bautismo. Pero si el Bautismo no
trae remisión y olvido de todos los delitos cometidos por el hombre antes de
nacer a la vida del espíritu por la Fe en Jesucristo, delitos por los que de
imponérsele castigo con objeto de ganarse el Cielo debiera el hombre hacer
penitencia toda la vida, en este caso Jesucristo sí quiso decir lo que el R. P.
Lutero dijo, que aún habiendo vuelto a nacer: el que nace debe pasarse la vida
penando las culpas del que murió. Veamos cómo resolvemos este misterio.
Caso
Adán. Por su delito Adán cumplió penitencia de por vida; fue condenado a morir,
y murió. Por su culpa habiendo sido el mundo despojado de su Herencia: la
gloria de los hijos de Dios, el mundo vivió en aquel estado de penitencia o
cadena perpetua, o como quiera llamársela, efecto y consecuencia de vivir sin
Dios. Cuando Jesucristo vino, y conquistó para la Plenitud de las Naciones la
Gracia de la Fe, aquél Derecho del que fuimos despojados nos fue restituido. Ciertamente sin méritos por nuestra parte -en palabras
de los santos-. El hecho es que con méritos o sin méritos la condena fue abolida, y
gratuitamente, de manera que tras el Bautismo ningún hombre necesita vivir la
gloria de la Libertad arrastrando por el camino la cadena y la bola que durante
tantos milenios la Humanidad arrastrara por culpa de la Ignorancia de aquel
Adán.
Caso
Saulo de Tarso. Criminal, asesino de la peor especie, perseguidor de inocentes
ante las leyes humanas y divinas, inquisidor implacable y mensajero de una
solución final que planeaba llevar a la cámara de las lapidaciones a miles de
hermanos de raza bajo la única acusación de ser cristianos. Por la Fe Saulo fue
absuelto de todos sus crímenes. Si la voluntad de Jesucristo fue que toda la
vida del cristiano sea penitencia, la condena total por los delitos que aquel
Saulo cometió contra los primeros cristianos ciertamente hacía merecedor a San
Pablo de pasarse el resto de la vida haciendo penitencia a saco y ceniza. Y sin
embargo no fue así. El Bautismo ahogó al hombre viejo -en sus palabras- y trajo
a luz un hombre nuevo, de manera que Pablo ya no era deudor de Saulo, sino de
Jesucristo. Supuesto el caso que Lutero tuviera razón y la voluntad de
Jesucristo fue que el cristiano viviese en penitencia perpetua, San Pablo no
era deudor de Jesucristo, sino de Saulo, gracias a cuyos crímenes nació Pablo.
Resultando ahora de aquí que la necesidad de pecar es más grande cuanto más
grande se quiera la santidad.
“Peca,
es decir, adultera, mata, roba, envidia, levanta falsa testimonio, odia a tus
enemigos, corrompe, destruye…Y sin miedo porque todos nuestros pecados los lava
la Sangre de Cristo” -palabra de Lutero, amén-. Desde esta perspectiva de la
relación deuda-deudor entre el hombre viejo y el hombre nuevo esta declaración
de crimen contra el Evangelio se entiende mejor. Porque si Pablo nació de sus
crímenes y no de Cristo, en este caso igualmente quien quiere acercarse a Dios
debe procurar ser un pecador, y según la distancia a la que quiera ponerse de
Cristo procurar que sus crímenes sean mientras más grandes mejor.
Es
obvio que este contexto psicológico, del que Lutero extrajo su conclusión sobre
la relación entre la santidad y el pecado, haciendo a Pablo deudor de Saulo y
no de Jesucristo, es una barbaridad. Si ajustamos los presupuestos de la
Redención a esta barbaridad el crimen es el camino a la Fe, de manera que sólo
cometiendo un crimen, mientras más grande más garantía de atracción, se puede
alcanzar la Gracia. Como si dijéramos que Saulo nunca se hubiera hecho
merecedor de atraer la atención de Dios de no haberse convertido en su enemigo;
por lo cual mientras más crímenes contra los hijos de Dios cometamos con más
garantías atraeremos sobre nosotros la grandeza de la que Saulo hizo merecedor
a Pablo. Estas palabras de Lutero: “Peca, es decir, adultera, mata, roba,
envidia, levanta falsa testimonio, odia a tus enemigos, corrompe, destruye…Y
sin miedo porque todos nuestros pecados los lava la Sangre de Cristo” -y amén-
dichas por el Diablo se comprenderían a la perfección, y lo ilógico sería que
el Diablo dijera lo contrario. En boca del Hombre Nuevo es perfecta locura y
demencia. Pues habiendo muerto el Hombre Viejo bajo el peso de tales delitos la
recaída del Hombre Nuevo, que ya se lavara de tales crímenes en la sangre
preciosa de Cristo: ¿de los crímenes por los que el Hombre Viejo se merecía el
Infierno bajo qué contexto podrá el Hijo de Dios volver a bajar y dejarse
crucificar para redimir una vez más al que ya fue redimido?
Habla
el Pablo que enterró a Saulo y no volvió a resucitarlo, (que es lo contrario
que hace quien sigue el consejo de Lutero): “¿Qué
diremos, pues? ¿Permaneceremos en el pecado para que abunde la Gracia? De
ningún modo. Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo vivir todavía en él? ¿O
ignoráis que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados
para participar en su muerte?....Pues sabemos que nuestro hombre viejo ha sido
crucificado para que fuera destruido el cuerpo del pecado y ya no sirvamos al
pecado. En efecto, el que muere queda absuelto de su pecado...”. (Romanos-El cristiano, unido a Cristo por el bautismo). Y otra vez: “Que no reine, pues, el pecado en vuestro
cuerpo mortal, obedeciendo a sus concupiscencias; ni deis vuestros miembros
como armas de iniquidad al pecado, sino ofreceos más bien a Dios como quienes,
muertos, han vuelto a la vida, y dad vuestros miembros a Dios como instrumentos
de justicia…. ¿Pecaremos porque no estamos bajo la Ley, sino bajo la Gracia? De ningún
modo…Pues la soldada del pecado es la muerte; pero el don de Dios es la vida
eterna en nuestro Señor Jesucristo”. (Romanos-El servicio
del pecado y el de Dios). ¿Hace falta el Amén? Pero si lo que Jesucristo quiso
e hizo fue abrirnos la Puerta de la Libertad para que anduviésemos errantes por
el mundo como fantasmas condenados a mostrar la miseria de su condición a todo
el universo, entonces el R. P. Martín Lutero tuvo razón al decir que el
Bautismo no absuelve al hombre de la penitencia de la que sus delitos,
cometidos antes del Bautismo, lo hicieran merecedor. Ahora bien, si Dios
derrama gratuitamente su Gracia sobre el que cree en su Hijo, y lo libera por
el Bautismo de las consecuencias de sus errores y delitos, por los que estaba
cada vez más lejos del Cielo -cosa que está ampliamente probada y demostrada
por las Sagradas Escrituras-; y si por amor a su Hijo la condena que se merece
el hombre sin Fe, que lo acerca un paso más al Infierno, de pronto y
gratuitamente Dios la transfigura en la alegría del que es absuelto de todos
sus crímenes -Credo que ha defendido la Iglesia Católica desde sus mismos
orígenes-; y si por amor al Hombre quiso Dios derrumbar los muros de la prisión
en la que el Imperio de la Muerte mantenía a nuestro mundo -asunto sobre el
cual los Apóstoles se explayaron en privado y especialmente San Pablo en
público-; y porque podía su Hijo nos abrió la Puerta de la Libertad para que
volviéramos a nacer y abriéramos los ojos a la luz del sol de la Verdad
-doctrina que los Evangelios reivindican hasta la saciedad-; si esto es lo que
hizo Jesucristo, entonces ¿qué es eso de que después del Bautismo el cristiano
tiene que vivir como quien vive condenado a penitencia perpetua?
¿Habiendo
sido absuelto de su delito por el Bautismo porqué tendría el cristiano que
pasarse la vida penando una culpa de la que fuera gratuitamente liberado? Es
más, libre, por fin, de aquella cadena y bola que heredó por culpa de Adán, ¿en
razón de qué tipo de teología el cristiano debe conservar puesto el traje del
esclavo del pecado en lugar de vestirse el traje de la alegría por la Libertad
concedida? ¿Quiso decir el R. P. Martín Lutero que el cristiano -liberado del
poder de la Muerte- debe vivir como quien está condenado a cadena perpetua y
arrastra su culpa de por vida, aún habiendo sido declarado libre?
Puede
que el R. P. Martín Lutero quisiera decir eso, puede que no. Personalmente creo
que cada criatura está en su derecho de glorificar a su Salvador según su
corazón y a nadie debe imponérsele cómo debe llorar ni cuántas lágrimas de
alegría bastan. De hecho la Historia del Cristianismo está llena de respuestas
sui géneris, a cual más diferente, algunas incluso graciosas, como la de aquél
santo ermitaño que se pasó diez o no sé cuántos años viviendo en lo alto de la
columna de un templo en ruinas, perdido en el desierto. La cuestión no gira
sobre la variedad de respuestas que los cristianos, en agradecimiento a su
Salvador, se inventan. ¿O acaso aquél buen hombre fue más y mejor cristiano que
aquel otro que glorificó a su Salvador entregándose a las autoridades romanas y
sufrió martirio? La tortilla a la que le estoy dando la vuelta no tiene que ver
tanto con la variedad de formas de vivir la Fe, cuanto con el origen de la
autoridad de aquéllos grandes hombres que, por virtud infusa de sus títulos
académicos, sí se creyeron capacitados para despojar a todos los demás de ese
derecho a la Libertad para vivir la Fe según el corazón de cada cual. Por Dios
santo ¿quién se creía Lutero que era para imponer su respuesta personal, su
forma de darle las gracias al mismo Salvador de todos, a todos los demás
cristianos? Esta es la primera cuestión.
La
segunda es esta: ¿De verdad fue eso lo que Jesucristo dijo cuando lo dejó todo
y se fue al mundo a anunciar su Buena Nueva, que el cristiano no debe alegrarse
ni regocijarse por ser contado como Familia de Dios, sino que debe vagar por el
mundo con el traje de los condenados a cadena perpetua?
Y
aquí va la tercera: ¿Quién se creía el R. P. Martín Lutero que era él para
saber lo que Jesucristo quiso decir o quiso dejar de decir? ¿Es que acaso
chateaba con Jesucristo y Jesucristo le respondía por la ventanita privada? ¿En
mil quinientos años todo el mundo fue tonto de nacimiento hasta que nació él,
el intérprete del Espíritu Santo, su confidente, su amigo íntimo? Agustín de
Hipona, Ambrosio de Milán, Anselmo de Canterbury, Antonio de Padua, Atanasio de
Alejandría, Basilio Magno, Beda el Venerable, Bernardo de Claraval,
Buenaventura, Catalina de Siena, Cirilo de Alejandría, Cirilo de Jerusalén,
Efrén de Siria, Francisco de Sales, Gregorio Nacianzeno, Hilario de Poitiers,
Jerónimo, Juan Crisóstomo, Juan Damasceno, Juan de la Cruz, Francisco de Asís,
Lorenzo de Brindisi, León el Grande, Pedro Damián, Tomás de Aquino, Pablo de
Tarso... ¿toda esta constelación de estrellas del firmamento cristiano, luces
divinas brillando en las tinieblas de los siglos para alegría de la creación
entera, interpretaron anticristianamente el Anuncio de Jesucristo?
Vamos
a ver si a la luz de “la razón clara” cerramos el debate sobre esta primera
tesis. Dios viene y nos libera de la penitenciaría en la que fuimos arrojados,
¿y todo lo que se nos ocurre es vivir la Libertad como quien sigue siendo
esclavo de la Muerte? Si la pena que nuestro mundo sufrió por la Caída de Adán
fue el desconocimiento de Dios, desde el momento que se viviera la libertad
cristiana como quien vive todavía en la penitenciaría de la que se fue
rescatado: lo que se haría sería elegir vivir libre pero permaneciendo en
aquella ignorancia, origen de todos los delitos por los que tuvo que morir
Cristo. ¿O no fue la condena que el pecado de Adán firmó sobre nuestras espaldas
vivir sin Dios? ¿Hay pena mayor que esta con la que un hijo de Dios, nacido
para vivir la vida eterna en el Reino de su Padre, pueda ser atormentado? Y sin
embargo esa pena fue la que se le impuso a nuestro Hombre Viejo. Así que
habiendo sido liberados y congraciados con nuestro Creador ¿debemos vivir como
quien no le conoce ni tiene Dios? ¡¿Esto es lo que quiso decir Jesucristo?! ¿Y
lo que quiso decir Jesucristo, ya que Lutero sabía tan bien lo que quiso decir
el Hijo de Dios fue lo que él, Lutero, dijera?: “Peca, es decir, adultera,
mata, roba, envidia, levanta falsa testimonio, odia a tus enemigos, corrompe,
destruye…Y sin miedo porque todos nuestros pecados los lava la Sangre de
Cristo”. Amén. Amén.
