LUTERO, EL PAPA Y EL DIABLO

PRÓLOGO

 

Sobre la Unidad del Cristianismo

 

I

 

La Victoria del Cristianismo contra el Imperio de los Césares y las Invasiones de los Bárbaros, por tanto Victoria de la Civilización, recibió su Corona de vida de manos de la Unidad de las iglesias. Perseguidas por judíos, romanos y bárbaros las iglesias tuvieron en la Unidad Universal el arma de defensa y contraataque pacífico que hizo posible la victoria de la revolución cristiana y puso a sus pies las fuerzas de sus enemigos.

Los pasajes de los Apóstoles hablando de la necesidad de la Unidad entre todos los hijos, siervos y pueblo de Dios llenan sus Cartas. (Trasladar a este espacio todas las citas escritas en el N.T. distraería la atención del lector y rompería la concentración del autor. La lectura de la Biblia al alcance de todos el lector puede por sí mismo repasar las Epístolas de los Apóstoles y apreciar por cuenta propia la trascendencia que sus espíritus les asignó a la Unidad Universal de las iglesias). De la Lectura se verá que los Apóstoles reaccionaron con la mayor rapidez posible contra cualquier foco de división, lo mismo cuando fueron detectados personalmente que cuando lo fueron por los obispos por ellos elegidos para pastorear los Rebaños del Señor de todas las iglesias.

Y lo hicieron por dos razones. O tal vez por muchas. Pero por dos especialmente. La primera porque la Victoria del Cristianismo dependía de la Unidad de las iglesias; y el Futuro de la Civilización dependía de la Victoria del Cristianismo. La segunda, y más importante, porque siendo el Cristianismo el Reino de los cielos en la Tierra su cuerpo está sometido a una Ley Universal, a saber: “Todo reino en sí dividido será destruido, y toda casa o ciudad en sí dividida no subsistirá”. La tentación de creer que porque el Reino sea de Dios su estructura está más allá de la Ley es una ilusión contra la que las iglesias tenían que luchar con todo su poder al alcance. Tenían, y tienen, pues Dios ni puede ir contra sí mismo ni puede ir contra las leyes sobre las que basa su Mundo.

 

II

 

Dejemos claro que el dominio de las leyes universales que le permiten a Dios transformar la Realidad se realiza desde el conocimiento de la naturaleza de esas leyes, leyes que no pueden dejar de actuar según su Naturaleza sin provocar en el universo un conflicto apocalíptico. Si pues “todo reino en Sí dividido” tiene por futuro su destrucción, no porque su fundador sea Dios ese futuro dejará de sobrevenirle a su Reino si se da la violación de la Unidad que la Naturaleza pide. (Ya sé que esta sentencia levantará ampollas en el cuerpo de quienes conciben a Dios al estilo absolutista de un monoteísmo idolátrico para quien la omnipotenica divina define su sobrenaturaleza cual si dijeramos contra natura. Basta invocar la estructura del Modelo a cuya Imagen y Semejanza ha sido formada nuestra Lógica Natural para desterrar al reino del absurdo tal enfrentamiento entre Dios y la realidad Cósmica. A su tiempo recuperaremos esta oposición y desataremos el nudo sin necesidad de espada).

Así que Dios es Todopoderoso, pero habiendo una ley universal que dice que de hacerse tal pasará cual lo natural es que la Ley se respete y se actúe en consecuencia. Lo otro, creer que porque El es Dios se puede en su nombre violar la Ley no es natural ni lógico. Es simplemente suicida. (En este terreno la ignorancia se presta al fanatismo, dirige su violencia contra la Sabiduría y ciega la inteligencia para entender que la Eternidad, el Infinito y Dios forman una Trilogía Increada cuya fusión en una sola Realidad implica la integración de las leyes de cada parte en el conjunto resultante. Esta conjunción fulgurante es la que recibe el nombre de Creación. La Eternidad tiene sus leyes, el Infinito las suyas, y Dios juega con ellas para desde mediante ellas transformar el Espacio, el Tiempo y la Materia en su propio Mundo, dentro de cuyas fronteras su Espíritu Omnisciente no conoce límites ni su fantasía creadora obstáculos a la hora de proyectar sobre el cosmos de las galaxias y el universo de las estrellas su genio y alegría.

Ya sé que es difícil explicarle a una criatura formada del barro de la Vida, acostumbrada a ver en Dios una Causa, un Ídolo, un Concepto, el Hecho Maravilloso natural que es la existencia del Dios Vivo. El bestialismo, el salvajismo, el barbarismo implican una visión del Todopoder y la Omnipotencia por la que la Omnisciencia se convierte en Magia y la Inteligencia Creadora en ciencia ficción, operando el Creador no por Ley sino por capricho.

Por defecto, la concentración del pensamiento en el aspecto de la Unidad Divina le dio de lado al Hecho de la estructura de la Realidad indisociable que forman la Eternidad, Dios y el Infinito. Olvidando así que la roca de fundación sobre cuya indestructibilidad se mueve y crece el Cosmos tiene su expresión en esa Unidad Increada.

Como en las asociaciones matemáticas donde un número limitado de factores da lugar a una serie infinita de probabilidades, Dios no crea destruyendo las leyes naturales. Lo que nosotros entendemos por Actos Sobrenaturales es la expresión visible del Dominio que Dios tiene de esas leyes. De este Dominio, origen de su Omnisciencia, surge su Todopoder y su Omnipotencia.

Lo dije y se ha dicho muchas veces por muchos sabios: El Poder sin el Conocimiento da lugar a la destrucción del objeto sobre el que el Ser proyecta la fuerza de su voluntad. De donde se ve que el Poder sin la Sabiduría se sujeta a la ley más vieja del universo, cito: "Tengo en mí esta ley, que queriendo hacer el bien es el mal el que se me apega pues no hago lo que quiero sino lo que no quiero, eso hago".

 

III

 

Así pues, cuando se habla de aquéllos primeros siglos de la Historia del Cristianismo se tiende a olvidar las luchas constantes y sin descanso que los obispos de las iglesias de aquéllos días tuvieron que librar contra una serie de Maestros en Artes -Filosofía: retórica, dialéctica, sofística, metafísica- y, cómo no, en Sagrada Escritura -Teología-.

Aquéllos Maestros en Artes y Sagrada Escritura predicaron doctrinas innovadoras cuyas semillas parecían buenas pero cuyos frutos demostraron ser la guerra civil (recuérdese la guera del arrianismo contra el catolicismo). Cegados por el orgullo e iluminados por el resplandor de sus inteligencias naturales aquéllos maestros en las ciencias del espíritu, inspirados por el amor a sí mismos, pretendieron poner a Dios contra las cuerdas obligándole a vivir de nuevo el Dilema de Satán, a saber: «¿Condenarás por el pecado de un sólo hombre a toda la Humanidad?». Dilema en la base de la división que enfrentó a Lutero y al papado, y que diera por resultado la condena de todo el mundo católico, pagando millones de cristianos la culpa de un sólo obispo.

(¿No es curioso que a fuerza de imágenes vivas quiera Dios abrirnos las puertas a la verdadera naturaleza del conflicto en que una parte de su propia Casa en su Día sumergiera a la Creación entera? La mala conciencia de una inteligencia predestinacionista, tipo calvinismo, interpoló un posicionamiento sanguinarias del orden descartiano entre el hombre y Dios -hablando de la naturaleza de la Caída-, pero el hecho es que el fruto de aquella situación no deseada se dejó sentir sobre nuestra visión del universo y obligó a nuestro Creador a servirse de ese mismo tipo de situación a fin de sacarnos de sus consecuencias.

La afirmación de su Hijo contra el líder de los Rebeldes: "Al Señor servirás y a El solo darás culto", se entiende perfectamente desde esta obligatoriedad en el origen de la Necesidad de la Muerte de Cristo.

No olvidemos que el propio Dios determinó la Liberación apocalíptica del Diablo. Profetizada de antemano y de viva voz por su Hijo mientras estuvo entre nosotros -recordemos la Parábola de la Cizaña- el hecho de dicha Liberación Anunciada nos pone delante de un Plan Histórico de Salvación Universal que daba por descontado la División de las iglesias.

No es fácil abrir esta puerta y menos aún confiar en que no se le pongan los cuernos de punta al diablo una vez abierta. Pero una vez abierta, la conexión entre la Liberación del Diablo en el Año Mil y la División de las iglesias itroduce el Enemigo de Cristo en la escena como acelerador de la mezcla que habría de acortar a su mínima expresión posible los tiempos naturales establecidos desde el principio de la prehistoria del cristianismo. Porque como ya declarara Pedro Apóstol: "La Fe, se corrompe".

En efecto, sabiendo Dios que el Maligno no doblaría sus rodillas ante su Gloria para pedir Misericordia en atención a su origen creado, y conociendo que la Sentencia de Destierro eterno de su Creación contra los Rebeldes podría parecerle a sus hijos una condena demasiado absoluta contra un delito tan en apariencia frágil, -pues Dios tiene el Poder de Resucitar toda carne-, quiso Dios que los Hechos hablaran por sí solos y expusieran su Causa ante el Tribunal de sus hijos. De manera que si el Condenado doblara sus rodillas hallara Misericordia, pero si al contrario doblase su cólera homicida contra Dios y su Reino: por los hechos se viera la Grandeza de su Juicio.

Desde este lado del Tribunal de los hijos de Dios, una vez que los acontecimientos de la División de las iglesias glorifican el Juicio Divino ante la Plenitud de las Naciones del Cielo, la voz del que tiene el espíritu de inteligencia se derrama en bendiciones al Altísimo y proclama la Belleza Incorruptible de su Sabiduría Salvadora ante todos los pueblos de la Tierra.

 

IV

 

Bien, no seré yo quien instruya a los nuevos Maestros en Sagrada Escritura sobre las peripecias que, en medio de las las tinieblas -siglos de crisis y persecuciones- los primeros obispos tuvieron que sortear para mantener la Unidad Universal.

Si el Arrianismo demostró ser el ejemplo por excelencia en el que contemplar cómo la División intereclesiástica había de conducir a ciencia cierta a la destrucción, guerra civil mediante, el hecho es que antes de la aparición de Arrio hubo una gran siembra, de la que el Arrianismo fue su fruto. (En este libro no vamos a repasar el número de doctrinas -todas santas, todas divinas- que roturaron el campo y le prepararon el terreno a la Cizaña de la división de las iglesias. A falta de manuales clásicos Internet es una buena fuente de contacto con las peripecias que el cristianismo vivió en su Infancia).

En su justicia omnisciente -volviendo al caso Arrio- Dios quiso que la parte rebelde pereciera y la parte fiel siguiera su camino adelante. Son los hechos los que cantan: El Arrianismo se disolvió en la niebla de los siglos y el Catolicismo siguió adelante. La cuestión sin embargo es cuántas veces tiene que tropezar el hombre en la misma piedra hasta que por fin abra los ojos. Si la primera mitad del primer milenio fue una epopeya revolucionaria que acabó en una victoria apoteósica, la segunda mitad del mismo milenio comenzó su andadura con un terremoto de naciones y pueblos en movimiento echando abajo todo lo conocido y dejando en pie sólo el edificio del que habría de volver la Civilización a recuperar su pulso.

Sobre este punto -la íntima relación entre la victoria de la Civilización y la Unidad del Cristianismo- los historiadores del materialismo dialéctico, embriagados por el ateísmo de una ciencia sin Dios, minimizaron, hasta aniquilarla, la existencia de cualquier conexión entre la Iglesia Católica y el Renacimiento de las Artes y las Ciencias. Nosotros, independientemente de nuestra condición de hijos de Dios, valorando más la Verdad que las opiniones de los sabios del mundo, declaramos en público la absoluta falta de verdad de semejante posición patológica en el origen de la tragedia del siglo XX.

Contra esos sabios mantengo que no fue la Fe, sino la Razón la que sufrió una neurosis demencial agresiva, a caballo del empeoramiento de cuyos cuyos síntomas se llegó a la degeneración que la Civilización experimentó en el siglo XX bajo el liderato del Ateísmo científico. De manera que si la Fe sola se corrompe y bajo la Iglesia la Civilización sufrió graves síntomas de decadencia, bajo la égida de la Ciencia la Civilización se sumió en un periodo de autodestrucción sólo comparable a un proceso esquizoide agudo, acompañado de graves tendencias paranoides suicidas. Resultando de aquí que la dirección imprimida por el Cristianismo a la evolución de la vida inteligente en la Tierra sufriera un cambio impresionante de timón bajo cuyo vuelco de rumbo la Bestia -dígase Stalin e Hitler- se convirtió en el horizonte que la Ciencia le diera por norte a la evolución de la especie humana. Y en uno como en el otro proceso, es decir, en la división de las iglesias como en la enemistad entre la Razón y la Fe, anduvo el Diablo envuelto. Pero sigamos adelante y ya tendremos tiempo de volver a este trauma oculto de nuestra Civilización.

 

 

V

 

A pesar de todos aquéllos problemas, el Cristianismo mantuvo su Unidad alrededor de dos iglesias, la de Roma y la de Bizancio. Iglesia ésta -la de Bizancio- que -contra lo que podía esperarse de un pueblo por antonomasia heredero del Mundo Clásico- fue experimentando una crecida imparable de orgullo a medida que el imperio en el que se apoyó fue disminuyendo en gloria y tamaño.

Todo el mundo sabe que al final del primer milenio el imperio de Bizancio era la sombra de aquella leyenda que Justiniano alzara hasta los confines del Oriente Medio. Al alba del segundo milenio Constantinopla era la sede de la corte de un rey que se creía emperador y se negaba a admitir la desaparición de su imperio fuera de las murallas de su ciudad. Sierva de aquél emperador sin imperio la iglesia de Bizancio tenía por lógica que resentirse de la locura de su amo y señor.

Y así sucedió. Perdida en los viejos días de gloria, en el 1054, la iglesia de Bizancio cometió el delito de romper la Unidad Universal Cristiana, delito que habría de llevarla, como llevara antes al Arrianismo, a su destrucción. ¿O por amor a la iglesia de Oriente hubiera tenido Dios que, en consideración a quien la violaba, permitir la violación de la Ley?

Es decir, ¿por amor a su hijo Adán hubiera debido Dios corromper su justicia, absolviendo al transgresor en razón del parentesco entre el delincuente y el juez encargado de juzgar el delito?

La respuesta es No. Dios no dice hoy sí y mañana no, sino que su Sí va a misa y su No permanece eternamente.

Así que rota Rota la Unidad, y no habiendo dado jamás la iglesia bizantina señales de arrepentimiento, independientemente del tiempo que pasase entre el delito y el cumplimiento de la sentencia, el Juicio de destrucción había de caer sobre el cuerpo del autor del delito.

Dios tardó cuatro mil años en hacer que se cumpliera la sentencia contra el autor de la Caída, y Cuatro siglos en cumplir su sentencia contra la iglesia bizantina. La lección es para todos: Dios es Padre, pero también es Juez, y si como Padre su Amor es infinito: como Juez su Incorruptibilidad es eterna. Quien lo tienta se condena a sí mismo.  

 

VI

 

Y por consiguiente no ha lugar a argumentar. La incorregibilidad y la negativa de la iglesia de Bizancio a reconocer su violación contra el Mandato de Unidad Cristiana se escribió en la Historia el día que los ejércitos musulmanes borraron del mapa la existencia de Bizancio, demostrándose mediante los hechos que la Ley es para todos la misma.

No tiene acepción. Independientemente de nuestro rango y posición todas las criaturas somos iguales ante el Tribunal Eterno. Y en este Poder para hacer que esta Igualdad se cumpla es donde tiene el Reino de Dios su garantía de Paz y Libertad.

La iglesia de Bizancio creyó que podía romper la Unidad del Cristianismo y burlar a Dios escondiéndose tras del altar. La burla le salió mal. La Ley pide la destrucción de la parte rebelde de existir negación invencible a dar marcha atrás. Y así se hizo.

Como quien está cultivando un árbol y va talando sus ramas para que su tronco se haga más alto y corta las que se pudren para mantener fuerte y sano el árbol, justamente así el Señor de todas las iglesias hizo con la iglesia de Bizancio. Un ay se escuchó entonces en el Cielo, y una lágrima roja cayó en la Tierra cuando los autores espirituales de la destrucción de Bizancio se escondieron de la ira de Dios en Moscú. Adonde llevaron con ellos la destrucción que habría de sacudir a Rusia el día que el pueblo ruso se alzara contra la que se escondió en su ciudad ocultando bajo sus sotanas la semilla del odio a Occidente. Pero para que se oyera este ay por la Caída de la Tercera Roma habrían de pasar aún muchos siglos.

Pero como se ve de los hechos porque la palabra de Dios mire siglos adelante nadie debe confundirse y creer que con el tiempo Dios se olvida de su Justicia. Lo dijo y lo hizo. Anunció la Caída de Roma cuando su Imperio parecía hallarse en el apodeo de su éxtasis autocontemplativo, y la Primera Roma cayó. También les aconsejó a todos los cristianos abandonar la idea de su reconstrucción.

El consejo exacto les pedía no hacer nada para evitar que cayera el imperio que tantos hijos de Dios entregara a sus fieras. Pero la iglesia de Bizancio no temió la cólera del Omnipotente.

Contra natura se alió con el emperador de Constantinopla, su amo y señor, que seguramente la defendería de la cólera del Todopoderoso. Incorregibles, hijos del orgullo de aquella Hélade de los mitos y las leyendas, los bizantinos vivían del recuerdo de los viejos días de gloria. Nadie sabe cómo ni porqué ni a cuento de qué, pero fueron ellos los primeros en enfrentarse al Dios que juró destruir el Imperio Romano y reducir su gloria a escombros. En su orgullo la iglesia de Bizancio retó a Dios a destruir lo que ella había creado. Asalvajados en virtud de la locura que viene del genio que un día fuera el orgullo de la Civilización, los obispos de la iglesia de Bizancio doblaron sus rodillas ante un rey humano, renegando del Rey de los Cielos.

Y otra vez la violación de la Unidad pedida por la Ley fue seguida de sus consecuencias. ¿En qué se quedó el orgullo de la iglesia arriana y sus acusaciones de “anticristo, anticristo” contra la Iglesia Católica? ¿Dónde está aquella iglesia bizantina que condenara a la iglesia católica al infierno? La antigua pregunta del Diablo: ¿Condenará Dios a toda la Humanidad por el pecado de un sólo hombre? -volvía a encontrar su respuesta: Sí.

 

 

VII

 

Así estaban las cosas en el mundo cuando una nueva semilla de División apareció misteriosamente colgada de la puerta de una iglesia. En un principio nadie podía conocer la naturaleza del fruto que contenía aquella semilla. Como cualquier semilla de un árbol desconocido que cae en las manos de uno lo lógico es plantarla y ver en qué clase de árbol se convierte.

Al principio aquella semilla en forma de 95 Tesis parecía tan inofensiva, tan incapaz de evolucionar y transformarse con el tiempo en un pueblo enloquecido hasta el punto de declararle la guerra al universo ¡¡hasta dos veces!!

Sin embargo en la semilla, toda pequeña y de apariencia tan inocente, es donde residen el árbol y su fruto. Si fruto de vida o de muerte no se sabe nunca hasta que echa raíces, saca tronco, extiende sus ramas, ofrece su fruto y es digerido. Si bueno o malo mientras la semilla esté viva lleva en su germen el fruto que ha de seguir provocando el efecto que le es natural. Pero claro, todo esto son palabras. Así que vamos a coger aquella semilla, orgullo de aquella Alemania que sin saber qué estaba haciendo con sus hijos le ofreció tierra donde ser plantada y crecer, la vamos a desmenuzar palabra por palabra y vamos a ver de qué árbol procedía y qué mano la dejó caer en los brazos de la iglesia alemana.