...Pío
II, de nombre de pila Eneas Silvio Piccolomini, Eneas Silvio
su seudónimo literario, nació un 18 de Octubre
del 1405. Como todos los que le precedieron y le sucederían,
exceptuando algún paria de circo, Pío II era
de noble cuna, mucha sangre azul y todo eso. Jesucristo
dijo: es más difícil ver entrar un rico en
el reino de los cielos que un mosquito tragándose
un elefante - o algo así. No dijo que fuera imposible,
porque para Dios todo es posible, pero sí que sería
dificilillo. Sin embargo, por una operación misteriosa
de los dioses romanos en cuanto los nombres de San Pedro
y San Pablo se convirtieron en oro, por alguna transmutación
alquímica con toda seguridad pues de qué forma
entender que los que un día fueron tratados de bastardos
al siguiente fueron adorados como dioses; en cuanto el milagro
se produjo la dificultad se volatizó, al menos en
Roma. Y con el paso de los siglos la iglesia romana le impuso
a la Iglesia Católica, so pena de anatema, el dogma
del mosquito tragándose al elefante.
...En efecto, para llegar a
ser papa no había que ser rico, había que
ser riquísimo. Y así fue cómo la iglesia
romana se rió de Jesucristo. Los romanos no sólo
se tragaban un elefante, también engullían
mamuts, y hasta dinosaurios de los gigantes.
Lógicamente nadie esperaba de los obispos romanos
otra cosa que ser lo que eran, déspotas, nepotes,
tiranos, asesinos, fornicarios, hechiceros, ladrones, borrachos,
en suma, encarnación de todos los vicios y males
del género humano contra los que Jesucristo se alzara
de la tumba diciendo: “Fuera perros, hechiceros, fornicarios,
homicidas”.
...En este terreno el papa
Piccolomini no defraudaría la esperanza de los romanos.
Los romanos no elegían a un papa para que fuera santo,
sino para excusar sus propias bajezas en las miserias del
papado. Y la Iglesia Católica, como Eva en su inocencia,
cayó en la trampa del Diablo, porque a ver, si se
levantaba contra el sucesor de Pedro cometía contra
Dios un pecado terrible al tocar a su elegido. Y los romanos,
sabiéndolo, se rieron de la Esposa de Cristo haciéndole
tragar por jefe de los pastores de su Esposo al peor y más
miserable de todos los humanos.
El joven Eneas Piccolomini, italiano vero, descendiente
de los legendarios romanos imperators, sabía lo que
había y miró para otra parte. La carrera eclesiástica
no era lo suyo.
...Así que al término
de su carrera universitaria Eneas Piccolomini se buscó
la vida dando clases. Pero la tentación de las riquezas
fue más fuerte que la vida del hombre de la calle
y en el 1431 aceptó entrar al servicio del obispo
Domingo Capranica. Este, furioso por la injusticia que contra
él había cometido el pérfido y malvado
Eugenio IV negándole el cardenalato que antes de
morirse le otorgara Martín V, acompañado de
su secretario Piccolomini, el obispo Capranica llegó
al concilio de Basilea echando humos por las narices y loco
por echarle leña al fuego del infierno encendido
por el propio papa Condulmero.
...Desde su posición
de observador interino del concilio el escritor Eneas Silvio
tuvo la oportunidad de ver la basura que se esconde debajo
de la alfombra con los ojos de quien ve el teatro chino
desde el lado de los creadores de las sombras. Fuese porque
sabía más de la cuenta y su presencia de ojo
que todo lo ve y todo lo calla empezaba a molestar en la
corte de Roma, fuese porque su competencia le mereció
la elección, el hecho es que el futuro papa Pío
II fue desterrado de Roma a las antípodas británicas.
Apareció en Escocia con una cierta misión
secreta, de la que ni él mismo supo jamás
el secreto, y fue el principio del mar de aventuras que,
al ser tomado por espía papista, le sirvió
de barco pirata con el que dar a conocer su talento de cronista
y pintor de aquellos tiempos turbulentos a los reinos cristianos
de la época.
...Su duda sobre la naturaleza
de su misión secreta, por la que fuera enviado en
misión divina a las antípodas extragalácticas
de la república cristiana, nos es descubierta por
el odio que arrasó su buena fe contra el papa Condulmero.
A su regreso a la república cristiana se sumó
a los cardenales apostólicos defensores de la doctrina
universal de Constanza poniendo su afilada imaginación
a sus pies. Excitado por la fiebre general firmó
la elección legítima de Félix V, su
torpedo contra el maléfico papa Condulmero. Pero
cuando vio que su torpedo perdía fuerza y dirección
y el barco del odiado Eugenio IV seguía a toda vela
el futuro papa Piccolomini se retiró del escenario
y dejó las aguas correr. Después de todo la
vida de los papas era tan corta como la de una ramera noche
y día al pie del cañón. Si Eneas Piccolomini
un día se buscó la vida dando clases ahora
podía buscársela de juglar en la corte del
emperador Federico III.
...Y así fue. Con tan
buena fortuna que Eneas Silvio se convirtió de pronto
en una especie de afortunado Petrarca en la corte del rey
Arturo. Hombre de su tiempo, ni más bueno ni más
malo que nadie, ahí es donde hubiera debido quedarse,
cantando los amores de los cortesanos y ganándose
corazones de reinas de la noche. Pero el tiempo que lo cura
todo borró las cicatrices que le causaran su relación
con el papado. Y poco a poco, como la cabra tira al monte,
el bardo Piccolomini hizo las paces con Roma, que es decir
con su rey y señor Eugenio IV Condulmero. Circunstancias
obligan.
...El caso es que el emperador
lo envió a Roma con la misión especial de
aconsejar al papa la apertura de un nuevo concilio. Eugenio
IV, haciendo gala de su santa paternidad en Cristo de todos
los cristianos del universo, buenos y malos, le perdonó
todas sus piccolomínidas a cambio de aceptar otra
misión especial, ni más ni menos que regresar
a Alemania y romper el hielo entre el emperador y el papa
a causa del Credo de Constanza.
...Olvidadas sus piccolomínidas
y reconciliado con Dios en el papa y gracias al papa, el
legado imperial pontificio ejecutó a la perfección
su misión, en recompensa por cuya victoria, la reconciliación
imperio-papado, recibió de Nicolás V, a la
muerte de Eugenio IV, el título de Obispo. El bardo
y juglar de la corte del emperador, el follarín Piccolomini
fue ungido sacerdote en un plis plas y hecho obispo en un
santiamén por obra y gracia del Papa.
...Obispo de Trieste, al servicio
del nuevo papa Martín V, su primer trabajo de importancia
fue hacer de celestina para el emperador. El siguiente encargo
papal fue de más categoría, hacerle una visita
al rey de Bohemia, de fe supersticiosa, y tratar de reconvertirlo
en una ovejita al servicio del rey de Roma. Jorge de Podebray
mandó al “perro papista” de vuelta a
la casa de su amo, a hacer de celestina para su emperador,
que se le daba mejor. Para celebrar la boda el emperador
fue declarado Rey de los Romanos por el sumo pontífice
de los Romanos en la ciudad eterna de los Romanos. Y después
el papa se murió.
...El nuevo papa, Calisto III,
rechazó de plano la sugerencia del rey de los Romanos
de hacer cardenal al obispo Piccolomini. La propuesta no
era mala, pero el elegido del César tenía
que ponerse a la cola y esperar su turno, el papa de los
Romanos tenía una legión de sobrinos, hijos
secretos y nietos ocultos entre los que repartir los tesoros
de la iglesia. De todos modos para no perder la amistad
del César lo haría arzobispo.
...Y así fue. De bardo
a obispo, de obispo a arzobispo. El siguiente asalto, la
conquista del trono de San Pedro, ¡elemental, watson!.
...Calisto III se murió,
los cardenales se reunieron, la feria subasta de la compra-venta
a tiempo parcial del trono de San Pedro abrió su
cónclave. Los apostantes se dejaron ganar al mejor
postor y al final le fue adjudicada la gloria del Sucesor
de San Pedro al bardo Eneas Silvio Piccolomini, que adoptó
el glorioso nombre Pío Pío, en lenguaje vaticano
Pío II.
...Su primer acto como papa
fue vender Nápoles al rey Fernando de Aragón.
El siguiente gastarse las treinta monedas de plata en una
macro fiesta a beneficio de una cruzada contra los turcos,
a celebrar en Mantua. Como era de esperar a la fiesta se
apuntó todo el mundo. Pero ni uno de los príncipes
se tomó en serio la cruzada. La macro fiesta era
una excusa del papa bardo para seguir viviendo la vida a
lo loco. De hecho el regreso a Roma fue épico y la
pernocta interminable del papa en Siena de leyenda bucólica.
...Desgraciadamente en este
mundo miserable hay siempre idiotas que no viven sino para
amargarle la fiesta a los que han nacido para vivir en eterno
carnaval. El idiota de turno se llamaba Tiburcio. El desgraciado
se atrevió a echarle en cara al papa gastarse el
dinero de todos los romanos en lo que le diera la gana.
El papa le puso la mano encima, le dijo una palabra y, como
aquellos esposos de los Hechos, Tiburcio cayó fulminado
al suelo. En protesta por esta muerte o porque ya estaban
protestando la cosa es que los Romanos se
entregaron a una orgía de violencia sin freno. Molesto,
pero dispuesto a acabar con el caos en su reino, con la
ayuda de su aliado aragonés, Pío Pío
no dudó en hacer lo que tuvo que hacer, segar cabezas,
cortar "güevos".
...Famoso antes de ser papa
por su capacidad y paciencia negociadora, en cuanto fue
papa perdió las virtudes que le hicieron famoso y
se dedicó a lanzar anatemas y maldiciones contra
todos los reyes y personajes adversos a sus proposiciones.
Prusianos y polacos conocieron su cólera.
...Hábil político
manipuló la figura de santa Catalina de Siena, a
la que elevó a los altares para borrar de la memoria
la expresión de cólera que a todos se le había
grabado a raiz de sus maldiciones contra los Teutones. Luis
XI, rey de Francia, se dejó ganar por gesto tan hábil
y capituló a favor del papa en contra de la Santa
Doctrina Apostólica de Constanza.
...En realidad Luis XI no capituló.
Simplemente hizo una transacción comercial. Yo te
doy lo que quieres, el control de la iglesia galicana y
tú me das lo que yo quiero, el reino de Nápoles.
El astuto Pío Pío firmó la Capitulación
a cambio de la Venta de Nápoles. Entonces el rey
aragonés puso el grito en el cielo. Asustado, Pío
Pío Piccolomini traicionó su palabra, dejó
en ridículo al rey francés y éste regresó
a la obediencia de Constanza, uno de los pilares de la doctrina
que llamaban Galicanismo.
Volviendo su rostro sagrado hacia la cuestión bohemia,
ahora como Pío Pío,
Piccolomini excomulgó a Jorge de Podebrady. Y de
nuevo, después de haberle mostrado sus cuernos a
todo el mundo quiso hacer gala de su brillante aura invitando
por carta al sultán de los turcos a convertirse al
cristanismo. Y cuando el sultán lo mandó a
freir espárragos él mismo, sacando la espada
de Pedro -contra el Divino Decreto: “Vuelve la espada
a su sitio, quien a espada mata a espada muere”- se
lanzó a la cruzada seguido de un ejército
que a su muerte, a los pocos días de viaje, se desvaneció
en la nada. |