LA JHISTORIA

Pío II (1458-1464)

...Pío II, de nombre de pila Eneas Silvio Piccolomini, Eneas Silvio su seudónimo literario, nació un 18 de Octubre del 1405. Como todos los que le precedieron y le sucederían, exceptuando algún paria de circo, Pío II era de noble cuna, mucha sangre azul y todo eso. Jesucristo dijo: es más difícil ver entrar un rico en el reino de los cielos que un mosquito tragándose un elefante - o algo así. No dijo que fuera imposible, porque para Dios todo es posible, pero sí que sería dificilillo. Sin embargo, por una operación misteriosa de los dioses romanos en cuanto los nombres de San Pedro y San Pablo se convirtieron en oro, por alguna transmutación alquímica con toda seguridad pues de qué forma entender que los que un día fueron tratados de bastardos al siguiente fueron adorados como dioses; en cuanto el milagro se produjo la dificultad se volatizó, al menos en Roma. Y con el paso de los siglos la iglesia romana le impuso a la Iglesia Católica, so pena de anatema, el dogma del mosquito tragándose al elefante.
...En efecto, para llegar a ser papa no había que ser rico, había que ser riquísimo. Y así fue cómo la iglesia romana se rió de Jesucristo. Los romanos no sólo se tragaban un elefante, también engullían mamuts, y hasta dinosaurios de los gigantes.

Lógicamente nadie esperaba de los obispos romanos otra cosa que ser lo que eran, déspotas, nepotes, tiranos, asesinos, fornicarios, hechiceros, ladrones, borrachos, en suma, encarnación de todos los vicios y males del género humano contra los que Jesucristo se alzara de la tumba diciendo: “Fuera perros, hechiceros, fornicarios, homicidas”.

...En este terreno el papa Piccolomini no defraudaría la esperanza de los romanos. Los romanos no elegían a un papa para que fuera santo, sino para excusar sus propias bajezas en las miserias del papado. Y la Iglesia Católica, como Eva en su inocencia, cayó en la trampa del Diablo, porque a ver, si se levantaba contra el sucesor de Pedro cometía contra Dios un pecado terrible al tocar a su elegido. Y los romanos, sabiéndolo, se rieron de la Esposa de Cristo haciéndole tragar por jefe de los pastores de su Esposo al peor y más miserable de todos los humanos.

El joven Eneas Piccolomini, italiano vero, descendiente de los legendarios romanos imperators, sabía lo que había y miró para otra parte. La carrera eclesiástica no era lo suyo.
...Así que al término de su carrera universitaria Eneas Piccolomini se buscó la vida dando clases. Pero la tentación de las riquezas fue más fuerte que la vida del hombre de la calle y en el 1431 aceptó entrar al servicio del obispo Domingo Capranica. Este, furioso por la injusticia que contra él había cometido el pérfido y malvado Eugenio IV negándole el cardenalato que antes de morirse le otorgara Martín V, acompañado de su secretario Piccolomini, el obispo Capranica llegó al concilio de Basilea echando humos por las narices y loco por echarle leña al fuego del infierno encendido por el propio papa Condulmero.
...Desde su posición de observador interino del concilio el escritor Eneas Silvio tuvo la oportunidad de ver la basura que se esconde debajo de la alfombra con los ojos de quien ve el teatro chino desde el lado de los creadores de las sombras. Fuese porque sabía más de la cuenta y su presencia de ojo que todo lo ve y todo lo calla empezaba a molestar en la corte de Roma, fuese porque su competencia le mereció la elección, el hecho es que el futuro papa Pío II fue desterrado de Roma a las antípodas británicas. Apareció en Escocia con una cierta misión secreta, de la que ni él mismo supo jamás el secreto, y fue el principio del mar de aventuras que, al ser tomado por espía papista, le sirvió de barco pirata con el que dar a conocer su talento de cronista y pintor de aquellos tiempos turbulentos a los reinos cristianos de la época.
...Su duda sobre la naturaleza de su misión secreta, por la que fuera enviado en misión divina a las antípodas extragalácticas de la república cristiana, nos es descubierta por el odio que arrasó su buena fe contra el papa Condulmero. A su regreso a la república cristiana se sumó a los cardenales apostólicos defensores de la doctrina universal de Constanza poniendo su afilada imaginación a sus pies. Excitado por la fiebre general firmó la elección legítima de Félix V, su torpedo contra el maléfico papa Condulmero. Pero cuando vio que su torpedo perdía fuerza y dirección y el barco del odiado Eugenio IV seguía a toda vela el futuro papa Piccolomini se retiró del escenario y dejó las aguas correr. Después de todo la vida de los papas era tan corta como la de una ramera noche y día al pie del cañón. Si Eneas Piccolomini un día se buscó la vida dando clases ahora podía buscársela de juglar en la corte del emperador Federico III.
...Y así fue. Con tan buena fortuna que Eneas Silvio se convirtió de pronto en una especie de afortunado Petrarca en la corte del rey Arturo. Hombre de su tiempo, ni más bueno ni más malo que nadie, ahí es donde hubiera debido quedarse, cantando los amores de los cortesanos y ganándose corazones de reinas de la noche. Pero el tiempo que lo cura todo borró las cicatrices que le causaran su relación con el papado. Y poco a poco, como la cabra tira al monte, el bardo Piccolomini hizo las paces con Roma, que es decir con su rey y señor Eugenio IV Condulmero. Circunstancias obligan.
...El caso es que el emperador lo envió a Roma con la misión especial de aconsejar al papa la apertura de un nuevo concilio. Eugenio IV, haciendo gala de su santa paternidad en Cristo de todos los cristianos del universo, buenos y malos, le perdonó todas sus piccolomínidas a cambio de aceptar otra misión especial, ni más ni menos que regresar a Alemania y romper el hielo entre el emperador y el papa a causa del Credo de Constanza.
...Olvidadas sus piccolomínidas y reconciliado con Dios en el papa y gracias al papa, el legado imperial pontificio ejecutó a la perfección su misión, en recompensa por cuya victoria, la reconciliación imperio-papado, recibió de Nicolás V, a la muerte de Eugenio IV, el título de Obispo. El bardo y juglar de la corte del emperador, el follarín Piccolomini fue ungido sacerdote en un plis plas y hecho obispo en un santiamén por obra y gracia del Papa.

...Obispo de Trieste, al servicio del nuevo papa Martín V, su primer trabajo de importancia fue hacer de celestina para el emperador. El siguiente encargo papal fue de más categoría, hacerle una visita al rey de Bohemia, de fe supersticiosa, y tratar de reconvertirlo en una ovejita al servicio del rey de Roma. Jorge de Podebray mandó al “perro papista” de vuelta a la casa de su amo, a hacer de celestina para su emperador, que se le daba mejor. Para celebrar la boda el emperador fue declarado Rey de los Romanos por el sumo pontífice de los Romanos en la ciudad eterna de los Romanos. Y después el papa se murió.
...El nuevo papa, Calisto III, rechazó de plano la sugerencia del rey de los Romanos de hacer cardenal al obispo Piccolomini. La propuesta no era mala, pero el elegido del César tenía que ponerse a la cola y esperar su turno, el papa de los Romanos tenía una legión de sobrinos, hijos secretos y nietos ocultos entre los que repartir los tesoros de la iglesia. De todos modos para no perder la amistad del César lo haría arzobispo.
...Y así fue. De bardo a obispo, de obispo a arzobispo. El siguiente asalto, la conquista del trono de San Pedro, ¡elemental, watson!.
...Calisto III se murió, los cardenales se reunieron, la feria subasta de la compra-venta a tiempo parcial del trono de San Pedro abrió su cónclave. Los apostantes se dejaron ganar al mejor postor y al final le fue adjudicada la gloria del Sucesor de San Pedro al bardo Eneas Silvio Piccolomini, que adoptó el glorioso nombre Pío Pío, en lenguaje vaticano Pío II.
...Su primer acto como papa fue vender Nápoles al rey Fernando de Aragón. El siguiente gastarse las treinta monedas de plata en una macro fiesta a beneficio de una cruzada contra los turcos, a celebrar en Mantua. Como era de esperar a la fiesta se apuntó todo el mundo. Pero ni uno de los príncipes se tomó en serio la cruzada. La macro fiesta era una excusa del papa bardo para seguir viviendo la vida a lo loco. De hecho el regreso a Roma fue épico y la pernocta interminable del papa en Siena de leyenda bucólica.
...Desgraciadamente en este mundo miserable hay siempre idiotas que no viven sino para amargarle la fiesta a los que han nacido para vivir en eterno carnaval. El idiota de turno se llamaba Tiburcio. El desgraciado se atrevió a echarle en cara al papa gastarse el dinero de todos los romanos en lo que le diera la gana. El papa le puso la mano encima, le dijo una palabra y, como aquellos esposos de los Hechos, Tiburcio cayó fulminado al suelo. En protesta por esta muerte o porque ya estaban protestando la cosa es que los Romanos se entregaron a una orgía de violencia sin freno. Molesto, pero dispuesto a acabar con el caos en su reino, con la ayuda de su aliado aragonés, Pío Pío no dudó en hacer lo que tuvo que hacer, segar cabezas, cortar "güevos".
...Famoso antes de ser papa por su capacidad y paciencia negociadora, en cuanto fue papa perdió las virtudes que le hicieron famoso y se dedicó a lanzar anatemas y maldiciones contra todos los reyes y personajes adversos a sus proposiciones. Prusianos y polacos conocieron su cólera.
...Hábil político manipuló la figura de santa Catalina de Siena, a la que elevó a los altares para borrar de la memoria la expresión de cólera que a todos se le había grabado a raiz de sus maldiciones contra los Teutones. Luis XI, rey de Francia, se dejó ganar por gesto tan hábil y capituló a favor del papa en contra de la Santa Doctrina Apostólica de Constanza.
...En realidad Luis XI no capituló. Simplemente hizo una transacción comercial. Yo te doy lo que quieres, el control de la iglesia galicana y tú me das lo que yo quiero, el reino de Nápoles. El astuto Pío Pío firmó la Capitulación a cambio de la Venta de Nápoles. Entonces el rey aragonés puso el grito en el cielo. Asustado, Pío Pío Piccolomini traicionó su palabra, dejó en ridículo al rey francés y éste regresó a la obediencia de Constanza, uno de los pilares de la doctrina que llamaban Galicanismo.

Volviendo su rostro sagrado hacia la cuestión bohemia, ahora como Pío Pío, Piccolomini excomulgó a Jorge de Podebrady. Y de nuevo, después de haberle mostrado sus cuernos a todo el mundo quiso hacer gala de su brillante aura invitando por carta al sultán de los turcos a convertirse al cristanismo. Y cuando el sultán lo mandó a freir espárragos él mismo, sacando la espada de Pedro -contra el Divino Decreto: “Vuelve la espada a su sitio, quien a espada mata a espada muere”- se lanzó a la cruzada seguido de un ejército que a su muerte, a los pocos días de viaje, se desvaneció en la nada.